En el 22 aniversario de la mayor tragedia civil del Paraguay, el Ycuá Bolaños, compartimos la carta que escribió en aquel entonces una ciudadana de 17 años que buscaba entender lo que había pasado.
Ella no había perdido a familiares ni amigos en el incendio, pero fue atravesada brutalmente por el dolor colectivo que implica la muerte de 400 personas.
Esa misma noche, Yesica Vera Zarza escribió una carta para intentar entender lo que había pasado y para sobrevivir emocionalmente a lo que veía en televisión, escuchaba en la radio y percibía en el ambiente del país.
“Recuerdo aquel domingo. Estaba soleado y mi abuela de 82 años estaba sentada en su silla de ruedas. Junto a mi familia seguimos durante horas el desarrollo de una noticia que terminaría marcando a todo el país”, empieza contando a La Nación/Nación Media.
Agrega que escribió la carta intentando comprender una tragedia que dejó una huella profunda en el país. “Hoy sigo creyendo que la escritura es una forma de memoria. Por eso comparto estas palabras juveniles, que conservan intacta la conmoción de aquella fecha”, subraya.
Carta a un amigo
1 de agosto de 2004
Querido Amigo:
Te escribo esta carta para contarte algo extraño que ocurrió hoy. Al levantarme esta mañana, no tenía idea del regalo que mi papá tenía preparado. Fue una mañana como cualquier otra, pero ésta tenía un brillo especial
Me vestí y fui a visitarlo a su casa, como todos los domingos. Estuve allí durante una hora, escuchando sus palabras y teniendo una conversación genial. Al salir, decidí ir a almorzar al supermercado al cual iba habitualmente. Llegué al lugar y me encontré con amigos con quienes estuve conversando un momento. Mientras, observaba cómo los niños jugaban felices en la plaza de juegos.
Charlé con un amigo y me dijo que había ido con su familia a festejar el cumpleaños de uno de sus hijos y señaló dónde estaban sentados almorzando. Los saludé de lejos. Al igual que él, había familias enteras haciendo compras o almorzando. Otros estaban solos, comprando apurados algún ingrediente que les faltaba para preparar el almuerzo.
Fue al despedirme de él, cuando me di vuelta y vi cómo una parte del techo del supermercado estaba siendo consumido por las llamas. Todos empezaron a correr. El súper se venía abajo.
Apenas comenzó todo ese desastre, vi cómo mi papá venía junto a mí y me dijo: “Hijo, tenemos que salir de aquí”. Mientras yo le preguntaba qué ocurría, él hablaba con unos hombres altos, grandes, quienes supongo eran guardias, porque estaban junto con mi papá, ayudando a salir del lugar a las personas. No se escucharon gritos de desesperación o de auxilio, porque parecía que todos estaban tranquilos. Además todo fue muy rápido.
Cuando intentaron sacar a las personas del supermercado se dieron cuenta de que las puertas estaban cerradas. Fue al instante que nos llevaron por un largo y estrecho pasillo, donde había una claridad inconmensurable y un silencio desbordante. Yo me preguntaba, ¿si el súper contaba con tan bello lugar, por qué nunca lo habíamos visto?
Mi padre y los hombres, quienes por cierto vestían de blanco y transmitían una luz incesante, volvieron en busca de más personas pero ya no quedaba nadie. Todos habían logrado escapar, algunos con ayuda de hombres y mujeres con ropa amarilla, otros con ayuda de personas que habían colaborado. Gracias a mi padre fuimos muchas las personas que logramos salir por el pasillo, sin ninguna herida en el cuerpo. Al contrario, nos sentimos como si nos hubiesen quitado un gran peso de encima, como si voláramos.
Pero luego, indignado me sentí cuando vi a mi padre regresar solo, sin haber salvado más vidas. Tantas preguntas le hice, tanta fue la furia contra él que me atreví a cuestionarle: ¿Dónde estabas cuando ocurrió todo? ¿Cómo permitiste que tantas madres, padres, niños y abuelos hayan salido por ese pequeño hueco en la pared y no por el mismo pasillo como nosotros? ¿Por qué?
Me miró tiernamente, como entendiendo mi rabia y sonriendo me dijo: “No te preocupes, un día ellos también vendrán, yo los traeré. Ahora descansa, te curaré las heridas que traes contigo”.
Fue en ese momento cuando comprendí todo y confirmé lo increíble que es y que nunca lo debo cuestionar por lo que hace, al contrario, agradecerle por todo, porque él jamás haría algo que lastime a quienes ama.
Ahora te tengo que dejar porque hay quienes también quieren compartir esta historia con sus amigos. Aunque para mí no es una historia sino un regalo porque nos eligió para estar con él.
Saludos y un gran abrazo para tí.
Jesús.
Pd: Ah, mi papá envía bendiciones y fuerzas para todos, ya sabes cómo es él. Nos quiere a todos por igual.
Nuevo aniversario
“Mientras gran parte del país estaba procesando la indignación, el horror y la injusticia, mi yo de 17 años construyó una narración donde un padre rescata personas, hay un pasillo de luz, aparecen cuestionamientos y finalmente una búsqueda de consuelo para tratar de encontrar significado cuando algo parece insoportable”, explica.
Yesica refiere que desde siempre sintió la necesidad de narrar para comprender y esa fue la manera en la que intentó procesar una tragedia colectiva: a través de la escritura.
“No estoy segura de compartir textualmente todo lo que escribí hace 22 años, pero sí de que esa catástrofe sigue viva en la memoria de los paraguayos. Por eso, en un nuevo aniversario, me gustaría invitar a los lectores a compartir sus recuerdos: qué guardan de aquel día, cómo lo vivieron y de qué manera esa tragedia transformó sus vidas”, concluye.

