Fundada por un dibujante reconocido como introductor de la serigrafía al país, pasó de fabricar banderines a producir la identidad visual de instituciones y marcas.

En muchos hogares paraguayos sobre­vive aún algún bande­rín de los años del colegio, el escudo de un club que alguien colgó en la pared o una ban­dera que salió a la calle en un día de celebración. Son obje­tos que se conservan por lo que recuerdan y rara vez por quién los hizo, pero una parte de ellos tiene su origen en Estudio Benítez, la empresa que este mes cumple setenta años y que, a lo largo de ese tiempo, transformó un oficio artesanal en una industria dedicada a dar forma visible a la identidad de institucio­nes y empresas. La celebra­ción la encuentra con la ter­cera generación de la familia al frente y con una estructura que guarda poca semejanza con la de sus comienzos, aun­que conserva algo esencial de aquel primer taller.

Selene Benítez.FOTO: GENTILEZA

HISTORIA

De acuerdo al historial de la firma, Fernán Elizardo Benítez abrió su taller en 1956 sobre la calle Chile casi Haedo, en pleno centro de Asunción. Dibujante de ofi­cio, se ganaba la vida diagra­mando anuncios para los periódicos de la época, y de esa misma mesa de dibujo salió el primer producto que llevaría el sello de la casa: el banderín.

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El paso que cambiaría el rumbo del taller llegó de la mano de una técnica nueva para el país. A Benítez se le reconoce la introducción del sistema serigráfico en Paraguay. Gra­cias a ella, un trabajo que hasta entonces dependía de la pacien­cia de la mano pudo hacerse en serie, y los banderines y escu­dos de la casa comenzaron a cir­cular entre un público cada vez más amplio.

Poco queda en términos materiales de aquel taller de la calle Chile, lo que perdura es una forma de trabajar que alguna vez cupo en las páginas de un cuaderno y que tres generaciones supieron llevar.FOTO: GENTILEZA

DEL TALLER A LA PLANTA

Con el paso de las décadas, la serigrafía dejó de ser la única herramienta de la casa, aun­que nunca fue abandonada. A ella se fueron sumando la impresión de gran formato y el corte de precisión, y con cada incorporación la empresa amplió lo que era capaz de pro­ducir, hasta llegar a la señalé­tica de interiores y exteriores, las letras corpóreas y la carte­lería. Hoy el diseño, la fabrica­ción y la instalación de cada trabajo se resuelven dentro de su propia planta.

Lo que no cambió fue la natu­raleza del oficio, que sigue consistiendo en convertir la identidad de una institución o de una marca en algo que pueda verse y tocarse. Aque­llo que en los primeros años tomaba la forma del escudo de un club puede ser hoy la fachada de una empresa o el conjunto de señales que acompaña a quien recorre un edificio.

TRES GENERACIONES

La conducción de la empresa pasó del fundador a su hijo Fernán Benítez (h.), y hoy está en manos de Selene Bení­tez, su nieta. Es un recorrido poco frecuente, porque en las empresas familiares el traspaso de una generación a otra suele ser el momento complejo de sobrellevar, aquel en el que muchas his­torias se interrumpen. Desde las herramientas y los pro­cesos hasta la estructura y el modelo de negocio, todo se fue transformando cada vez que el mercado lo pidió, con la con­vicción de que una empresa no permanece repitiendo lo que hacía su fundador, sino com­prendiendo qué parte de esa herencia merece seguir en pie.

Setenta años después, poco queda en términos materiales de aquel taller de la calle Chile. Lo que perdura es una forma de trabajar que alguna vez cupo en las páginas de un cuaderno y que tres generaciones supie­ron llevar, sin perderla, a técni­cas cada vez distintas.

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