• Bruno Felix
  • Profesor, FDC, Brasil

Existe un momento bastante común en la trayectoria profesional en el que aquello que trajo éxito en el pasado deja de funcionar en el futuro.

Es el momento en que el analista brillante necesita convertirse en líder; en que el especialista técnico debe comunicar ideas complejas de forma sencilla; en que alguien acostumbrado a entregar resultados de manera individual pasa a depender del desempeño de otras personas.

En estas transiciones, se requieren nuevas habilidades. Lo curioso es que el mayor obstáculo rara vez es aprender esas nuevas competencias. El verdadero obstáculo suele ser abandonar las antiguas.

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Esto ocurre porque muchas de esas habilidades se han convertido en parte de nuestra identidad. No son solo cosas que hacemos bien. Son cosas que creemos que definen quiénes somos.

Por ello, cambiar puede parecer una forma de traición personal.

Considérese el caso de una ejecutiva responsable de liderar la recuperación de una empresa de transporte. Los resultados eran excelentes. La compañía volvió a crecer, se volvió nuevamente rentable y reorganizó sus operaciones. Aun así, existían tensiones constantes con el presidente del Consejo.

El problema no estaba en los números, sino en la comunicación.

Mientras el presidente defendía un liderazgo más inspirador y cercano, ella se mantenía fiel al estilo que siempre le había funcionado: presentaciones basadas en datos, hojas de cálculo detalladas y argumentos técnicos rigurosos. Para ella, cualquier intento de apelación emocional parecía una forma de manipulación.

En cierto modo, su postura era auténtica, pero también rígida.

Este es un dilema común en las transiciones de carrera. Con frecuencia interpretamos la necesidad de desarrollar nuevas competencias como una amenaza a nuestra integridad. Creamos una falsa elección entre eficacia y autenticidad.

Esta interpretación suele basarse en tres ideas muy difundidas sobre lo que significa ser auténtico.

La primera es la idea de que la autenticidad significa ser fiel a uno mismo. Pero ¿a qué versión de uno mismo? ¿A la persona que fuimos en el pasado? ¿A la persona que somos hoy? ¿O a aquella en la que todavía nos estamos convirtiendo?

La segunda definición común asocia la autenticidad con la sinceridad absoluta: decir exactamente lo que pensamos y comunicar las cosas de la forma más directa posible. Sin embargo, la comunicación eficaz siempre implica adaptación al público. Ajustar la forma del mensaje no significa necesariamente comprometer su contenido.

La tercera definición vincula la autenticidad con la fidelidad a los propios valores. Los valores son fundamentales, pero con frecuencia los confundimos con hábitos profesionales adquiridos a lo largo de la carrera. Aquello que funcionó en un contexto puede volverse limitante en otro.

Combinadas, estas interpretaciones crean un tipo particular de trampa psicológica. Al enfrentar una nueva etapa profesional, la persona cree que debe elegir entre dos opciones: o continúa siendo quien siempre ha sido, o se convierte en alguien artificial.

El resultado suele ser un comportamiento defensivo. La persona insiste en métodos antiguos, se siente moralmente justificada al hacerlo y termina bloqueando su propio desarrollo.

Curiosamente, salir de esta trampa rara vez ocurre solo a través de la reflexión. El cambio generalmente se produce mediante la acción.

A menudo es necesario experimentar comportamientos que inicialmente parecen incómodos o incluso artificiales. Un profesor introvertido puede descubrir el poder de ocupar físicamente el espacio del aula. Un líder extremadamente analítico puede percibir que las historias personales generan más compromiso que los gráficos. Un especialista técnico puede aprender que la simplicidad comunica más que la precisión excesiva.

Al principio, estas nuevas prácticas resultan extrañas. No forman parte de la identidad construida a lo largo de los años.

Con el tiempo, sin embargo, ocurre algo interesante. Al actuar de maneras diferentes, comenzamos a reinterpretar nuestro propio rol y a ampliar la forma en que nos vemos a nosotros mismos.

La autenticidad, en este sentido, deja de ser una característica fija y pasa a ser un proceso.

El propio origen de la palabra sugiere esta interpretación. El término deriva del griego authentikós, relacionado con la idea de ser autor de uno mismo. No se trata de preservar una versión inmutable de la identidad, sino de participar activamente en la construcción de quienes nos estamos convirtiendo.

Este proceso exige experimentación. Aprender implica hacer cosas que aún no dominamos. Significa probar comportamientos, observar resultados y ajustar el rumbo. Es una dinámica más cercana al juego que al trabajo en el sentido tradicional. En el juego, experimentamos sin la obligación de acertar de inmediato.

Tal vez sea útil pensar en la identidad profesional como un prototipo en constante evolución.

Cuando enfrentamos momentos en los que aquello que nos trajo hasta aquí no es suficiente para el siguiente paso, la cuestión central no es preservar la versión pasada de nosotros mismos.

La cuestión es decidir qué tipo de persona estamos dispuestos a llegar a ser. Ser auténtico no significa permanecer igual. Significa seguir siendo el autor de la propia transformación.