El langostino sale del mar argentino. Se pesca en aguas argentinas, se carga en camiones refrigerados y cruza la frontera rumbo a Paraguay. Allí se procesa, se empaqueta y se exporta a Estados Unidos, Canadá y Europa bajo el sello “Made in Mercosur”. Así narra el medio digital argentino Neura lo que hace días difundíamos: “Paraguay se proyecta como plataforma clave para procesar langostino argentino”.

La escena, que hace apenas unos años parecía improbable, hoy resume una transformación incómoda: Argentina produce el recurso, Paraguay captura el negocio. Y, exponen que la pregunta no es por qué Paraguay avanzó, sino por qué Argentina retrocedió.

Sostienen que el contraste es brutal. A pesar de que Paraguay no tiene mar y Argentina tiene más de 5.000 kilómetros de costa atlántica y uno de los recursos pesqueros más valiosos de la región, las plantas procesadoras, la inversión industrial y parte creciente de la cadena de valor comenzaron a mudarse río arriba.

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La explicación no está en una ventaja geográfica, sino en los costos, precisa el medio. Mientras en Paraguay el valor energético para la industria ronda los USD 41 por megawatt, en Argentina supera ampliamente los USD 100.

Del lado paraguayo, además, existe un esquema tributario simple, con un tributo único cercano al 1% para ciertas operaciones industriales bajo régimen maquila. Del lado argentino, las empresas enfrentan una presión que combina retenciones, impuestos nacionales, provinciales, cargas laborales y costos regulatorios que terminan asfixiando cualquier margen competitivo.

El resultado es conocido: cuando producir deja de ser rentable, la inversión migra, y aclaran que no se trata únicamente del langostino. Durante años, Argentina asumió que sus recursos naturales garantizaban riqueza automática. Pero la experiencia reciente demuestra lo contrario: los recursos sin competitividad terminan generando valor en otro lugar.

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Paraguay entendió que para atraer industria no alcanza con tener materia prima; hay que ofrecer estabilidad, energía barata, baja carga impositiva y reglas previsibles. Allí donde Argentina levantó barreras, Paraguay abrió incentivos.

El verdadero negocio nunca estuvo solamente en extraer el recurso, sino en procesarlo, industrializarlo y venderlo con valor agregado. Concluyen que el caso del langostino funciona como símbolo de una economía donde el capital huye de la presión y busca refugio donde los números cierran.

Aseguran que Paraguay no ganó por tener ventajas naturales, sino porque entendió que actualmente la competitividad también se construye con impuestos razonables, energía accesible y menos obstáculos para producir.

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