• Juan Carlos Dos Santos G.
  • X: @juancads
  • Columnista y analista internacional
  • Fotos: Archivo / Gentileza

Al Qaeda, los talibanes y el grupo terrorista palestino Hamás silenciaron para siempre a compatriotas que migraron en busca de una vida mejor para ellos y para sus seres queridos.

Detrás de los escombros de Manhattan, las ráfagas en un hotel de Kabul o el asalto sangriento a un kibutz en un desierto de Israel, las víctimas de la violencia extremista con trasfondo religioso y de odio tienen nombres, apellidos y rostros con acento guaraní.

Son compatriotas que salieron del país persiguiendo la superación personal, el desarrollo profesional o el compromiso democrático. Viejas maletas cargadas de sueños que terminaron sepultadas por la intolerancia radical.

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Sus historias revelan cómo el radicalismo islámico no distingue banderas ni fronteras y cómo el dolor de sus familias en varios rincones del Paraguay permanecen como una herida abierta en la memoria nacional.

LA BÚSQUEDA DEL SUEÑO AMERICANO

El martes 11 de setiembre de 2001, el mundo cambió para siempre cuando células de Al Qaeda estrellaron aviones secuestrados contra las Torres Gemelas del World Trade Center.

En el corazón financiero de Nueva York, dos paraguayos iniciaban su jornada laboral sin sospechar que quedarían atrapados en el epicentro del mayor atentado en suelo estadounidense.

Carlos Alberto tenía solo 20 años cuando dejó Asunción en 1992, para radicarse en Flushing, Queens. Con una combinación de disciplina y ambición saludable, logró abrirse paso en el competitivo mercado financiero neoyorquino hasta convertirse en asistente de broker para la prestigiosa firma Cantor Fitzgerald.

A los 29 años, Carlos representaba el éxito de la emigración paraguaya. La mañana del 11S se encontraba trabajando en el piso 104 de la Torre Norte (WTC 1).

Los ataques en Nueva York, Kabul y el sur de Israel truncaron decenas y hasta miles de vidas, entre ellas la de 4 profesionales compatriotas

El impacto del vuelo 11 de American Airlines ocurrió justo por debajo de su posición, entre los pisos 93 y 99, anulando toda vía de escape y dejándolo sepultado en las alturas de la estructura.

Mientras que Obdulio Ruiz Díaz era un arquitecto paraguayo de 44 años que había emigrado a los Estados Unidos en 1986.

Tras años de esfuerzo, se desempeñaba como dibujante y gerente de proyectos para la empresa Bronx Builders.

Aquel inicio de mañana, la rutina de Obdulio lo llevó al emblemático restaurante Windows on the World, ubicado en los pisos 106 y 107 de la Torre Norte.

Supervisaba trabajos de remodelación y diseño interior cuando la torre fue sacudida. Ninguna de las personas presentes en las plantas superiores al impacto sobrevivió.

VOCACIÓN POR LA DEMOCRACIA

La violencia yihadista no solo golpea en los centros del capitalismo mundial; también acecha en las zonas donde la comunidad internacional intenta reconstruir instituciones devastadas por la guerra.

Con 34 años, el abogado y analista político paraguayo Luis María Duarte poseía una prolífica carrera en el ámbito de las relaciones internacionales.

En marzo de 2014, viajó a Afganistán contratado por el National Democratic Institute (NDI), una organización independiente con sede en Washington dedicada al fortalecimiento institucional.

Duarte llegó a Kabul como observador electoral internacional para supervisar las complejas elecciones presidenciales afganas.

La noche del 20 de marzo de 2014, mientras se encontraba en el restaurante del Hotel Serena –un recinto con estrictas medidas de seguridad donde se hospedaba la delegación internacional–, un comando de cuatro jóvenes terroristas del Talibán logró burlar los controles introduciendo armas ocultas en sus calzados.

Los atacantes abrieron fuego de manera indiscriminada contra los comensales. Luis María Duarte fue ejecutado junto a periodistas, diplomáticos y civiles inocentes.

LA IRRUPCIÓN DEL TERROR EN EL PROPIO HOGAR

El patrón de la violencia radical volvió a golpear a la comunidad paraguaya el 7 de octubre de 2023, durante la incursión masiva ejecutada por la organización terrorista Hamás desde la Franja de Gaza hacia el sur de Israel.

David Schvartzman era un experimentado consultor agrícola con casi dos décadas de residencia en suelo israelí. Su vinculación con el Paraguay se mantenía viva no solo por sus lazos afectivos y familiares, sino por su permanente predisposición a analizar el contexto sociopolítico del Medio Oriente para medios nacionales.

David residía junto con su esposa, Orly Pinko Schvartzman, en el kibutz Kfar Aza, una comunidad agrícola e industrial situada a menos de dos kilómetros de la valla perimetral con Gaza.

Al amanecer del sábado 7 de octubre, bajo una lluvia de cohetes, comandos fuertemente armados irrumpieron en las viviendas del kibutz. David y Orly fueron masacrados y sus cuerpos incinerados en el interior de su propia casa durante el ataque, en una jornada donde la violencia extremista arrasó con familias enteras en sus espacios de intimidad.

Los compatriotas víctimas del terrorismo eran trabajadores que buscaban prosperar, profesionales dedicados al arte y la construcción, analistas comprometidos con la transparencia democrática y consultores que aportaban su conocimiento técnico a la tierra.

Su asesinato a manos del extremismo violento impone una tarea prioritaria: evitar que sus nombres queden reducidos a meras cifras en las crónicas de guerra extranjeras y preservar su memoria como un testimonio de dignidad frente a la barbarie.

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