Tres madres artesanas de nuestro país, Lida Candia (ñandutí), Fidelina Burgos (poncho para’i) y Hermenegilda Maqueda (cerámica), en conversación con La Nación, utilizaron la palabra “orgullo” en el momento de explicar qué sentimientos afloran en ellas cuando ven que su trabajo, su oficio, su talento, es valorado en el interior de su hogar, al punto de que sus hijas buscaron aprender el arte con el que se embanderaban, para hoy convertirse en sus compañeras, colegas, colaboradoras y, fundamentalmente, herederas de un saber de la cultura nacional.
- Por Jimmy Peralta
- Fotos: Gentileza
La artesanía es un saber fundamentalmente heredado en la práctica, es decir, es un saber hacer, no un saber restringido a lo teórico reflexivo, es un conocimiento que históricamente pertenece a los colectivos y que se comparte desde el respecto a su propio sentido. En Paraguay, al igual que en otras latitudes, el trabajo artesanal es una salida laboral para las mujeres encargadas de las tareas de cuidado, como la crianza o la asistencia a adultos mayores. Es una fuente de ingresos que es central o complementaria para la canasta familiar, y que no solo aporte a las economías locales, sino que también son, en muchos casos, un canal para el acceso de divisas.
Como anticipo del Día de la Madre se desarrollan en estas páginas tres historias que unen a mujeres de familias humildes del interior del país. Tramas que tienen como guía a la artesanía, en un amplio sentido del término, la artesanía como crear, como dar forma, como hacer con el otro, como heredar, como fascinar, como trabajo y como un pasamanos generacional de saberes ancestrales.
APORTE INVALUABLE
Fidelina Burgos, tejedora de ponchos para’i; Hermenegilda Maqueda, ceramista; y Lida Candia, tejedora de ñandutí, son reconocidas figuras de la artesanía paraguaya, y en su desarrollo como creadoras lograron ser paradigmas dentro de su propio seno familiar. Estas artesanas son madres y maestras de su arte. Al enseñar a sus hijas sus modos y sentidos de hacer artesanía, encarnan interpretativamente las historias de miles de familias paraguayas donde el vínculo madre-hija permite en bienestar material para el hogar y, fundamentalmente, realizan un aporte cultural invaluable, como custodias vivas de saberes colectivos, como madres, maestras y herederas.
“Estoy superorgullosa”
“Yo aprendí de pequeña con la guía firme de mi bisabuela y mamá. De pequeña era como un juego, veía a mi bisabuela trabajando y quería imitarla. A medida que crecí fui viendo que podría ser rentable y seguí aprendiendo”, comenta Lida Candia (57), tejedora de ñandutí, arte que aprendió de su bisabuela y que hoy enseña a sus nietas, en su Itauguá.
Lida trabaja en la técnica tradicional, los diseños clásicos y también elabora diseños bajo pedido. Esa fue, desde hace mucho tiempo, su forma de producir dinero para la casa. “Tejer ñandutí es un arte que me apasiona pero, por sobre eso, aportó muchísimo a toda la familia y a nuestro sustento. Desde que mamá falleció fue como un salvavidas que nos mantenía a flote”, explica.
“Como el ñandutí es herencia familiar y yo lo trabajé toda la vida, claro que me hace sentir muy orgullosa que hasta ahora pueda trabajar y seguir con el legado que me dieron a mí y a mis hermanas. Pudimos poner una tienda y trabajar de manera independiente, participamos en ferias donde han estado muchos extranjeros y mis trabajos recorren el mundo”, agrega.
Su hija Lea Carolina (22) también abrazó ese saber hacer. Ella es la menor de cuatro hermanos y tiene una hija de 6 años que ya teje con Lida. “Desde chiquita me empezó a gustar el ñandutí. Crecí viendo a mamá con su bastidor en mano siempre. Trataba de aprender mirando, peleábamos para que no desperdiciara sus hilos y, como trabajaba mucho, no podía prestarme mucha atención para enseñarme, pero de a poco fui aprendiendo. Luego ya empezó a darme trabajo”, comenta Lea.
EN LA SANGRE
Para Lida enseñar a las mujeres de su familia no fue algo difícil, ya que ellas llevan “impregnado en la sangre” este saber que les constituye. “Las mujeres de mi familia han aprendido como yo, desde pequeñas, y mis hijas, al igual que todas, empezaron imitando mi trabajo y de allí en más cada vez mejorando su técnica hasta llegar a trabajar a la par conmigo. Estoy superorgullosa, aparte de que me ayudan en el día a día, ellas aprendieron un oficio que le servirá para toda la vida”, refiere Lida. Para Lea, este trabajo compartido fortalece los vínculos de la familia y le permiten ver al ñandutí no solo como un medio de vida, sino que le hace pertenecer a una historia que la excede. “Me da alegría ver crecer a mi familia gracias al ñandutí, doy gracias a mamá por enseñarme y me doy cuenta de que soy parte de una gran historia familiar que sigue conociéndose a través de nuestro trabajo”, concluye.
Mis 5 hijas saben y conocen de esta profesión familiar”
Yo empecé a trabajar con la cerámica cuando me casé. Desde el principio, lo usamos como fuente de trabajo. Es así que la cerámica aportó mucho siempre en nuestra casa, pagó el estudio de mis 5 hijas y hasta el día de hoy nos aporta mucho en la economía”, comenta Hermenegilda Maqueda (63), ceramista de Areguá, conocida por sus trabajos realizados con técnica tradicional, enfocados en planteras en forma de animales, además de juegos de pesebre.
Es un orgullo y felicidad enorme ver que mis 5 hijas saben y conocen de esta profesión familiar. Ellas prácticamente nacieron entre el barro, primero empezaron a relacionarse con el barro modo de juego y luego fueron perfeccionando sus trabajos”, explica Hermenegilda.
ceramista, que ha logrado varios reconocimientos del IPA, de Cámara de Senadores y de la Gobernación de Central, comenta que enseñar a sus hijas estos saberes no representó un problema, porque ellas siempre expresaron interés. “Al principio fue más como un juego, luego sí, fui desarrollando más y buscando más ideas para crear. Desde, los 10 años más o menos que mi mamá y papá si ya me fueron mostrando la forma correcta de hacer”, explica Abigail Ortega (21), hija de Hermenegilda que en 2024 ganó el Premio Pesebre, organizado por el Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA).
cerámica es hoy para la joven su principal ingreso económico, y es a la vez un espacio donde puede mezclar lo tradicional con aportes y experimentaciones propias. Para ambas, compartir el trabajo no necesariamente es algo sin idílico, pero les permite generar una conexión personal viva. Al final siempre nos unirá el arte y la cerámica”, afirma la hija.
“Fui su maestra y ese es mi orgullo”
“Yo aprendí a hacer los ponchos de una artesana quien era mi vecina. Al ver la primera vez, cuando tenía 15 años, me quedé encantada mirando como hacía la señora. Le pedí a mi padre que me ayudara para hablar con la artesana para aprender. Se convirtió en mi trabajo unos años después”, comenta desde Piribebuy Fidelina Burgos, maestra artesana, tejedora del poncho para’i de 60 listas, cuyo saber de creación fue reconocido en 2023 como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.
La complejidad y la particularidad de esta pieza la conquistó desde temprana edad, y este saber adquirido de su vecina ella la comparte actualmente con su hija, Jazmín.“Seguramente le nació amar esto porque yo trabajaba cuando ella estaba en mi panza y un día me pidió que le enseñe, y para mí fue el mayor logro de mi vida, porque a ella le nació querer hacer”, explica Fidelina. “Fui su maestra y ese es mi orgullo, porque ella es la única hija entre 3 varones, y no costó nada, porque aprendió rápidamente”, agrega.
Tejer este poncho tiene sus complejidades, por lo que según explica Fidelina, ya en la urdimbre ellas trabajan en colaboración. A pesar de que su hija tenga un trabajo y estudie, su compromiso con el tejido la hacen destacar. “Primero se hace la urdimbre, luego se clasifica para formar el diseño y se coloca el lizo, para tejer la guarda, luego el cuerpo y, por último, trabajamos con mi hija para tejer el fleco, para lo cual ella es imprescindible. El fleco si o si hacemos juntas”, narra la artesana al compartir los detalles del proceso de elaboración del emblemático poncho para’i.

