- Ricardo Rivas
- Periodista
- X: @RtrivasRivas
Eran tiempos –aquellos– de presuntos buenos y presuntos malos. El cine nos mostraba sin descanso las “diferencias” entre dos modelos políticos: capitalismo y socialismo.
Lentamente llegué –aquella tarde de diciembre– hasta Le Rock, en 50 entre Quinta y Sexta Avenidas en NYC. Unos cuantos pasos atrás quedaron el Radio City Music Hall, los teatros, los neones y el MoMA (Museo de Arte Moderno). Recorrer las grandes tiendas me agotó. Sentado a una de las mesas, mientras esperaba, mis ojos se extraviaron sobre el Rockefeller Plaza.
“Vesper Martini”, ordené a la mesera que puso fin a mis abstracciones. “Shaken, not stirred with two olives”, precisé sonriendo cuando advertí que por el tono que puse para expresar mi comanda simpatizamos. “Agitado, no revuelto”, replicó amablemente en perfecto español. Claramente, ambos sabíamos de qué hablábamos. Reímos.
DB (54), querido amigo, académico y colega periodista, llegó en ese momento aterido de frío. Como a mí, el clima fresco y húmedo de cada atardecer en aquella ciudad en la que anochece temprano también lo convenció de buscar refugio. Sin embargo, desde la calidez en Le Rock, ambos lamentamos que la nieve que –como miles– imaginamos que habríamos de encontrar para transitar una Navidad blanca, como en las pelis pochocleras, no quería llegar.
UN BRINDIS
Recibí mi martini. “Lo mismo para mí”, ordenó DB. Levantamos nuestras copas. “Por Bond… por James Bond” … y por Ian Fleming (1908-1964), respondí. La primera de las novelas de la saga de Bond que leí fue Casino Royal (1953). Me atrapó. El comandante Fleming, periodista, escritor y agente de la inteligencia británica durante la Segunda Guerra Mundial, con aquellas aventuras disparó mi imaginación. No cumplía todavía los doce años. Tal vez haya sido noviembre de 1962. Unos pocos días antes había finalizado la Crisis de los Misiles en Cuba que, durante trece días, puso al mundo muy cerca del abismo nuclear.
Pero el caso es que, mientras que John Fitzgerald Kennedy (1917-1963), trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos; Nikita Jruschov (1894-1971), premier de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS); y el papa Juan XXIII (1881-1963) agotaban buena parte de sus horas en diálogos telefónicos para bajar las tensiones prebélicas, las historias de espías y las operaciones de espionaje circulaban a destajo en las páginas de la prensa mundial.
Se calentaba la Guerra Fría. Después de aquella lectura, a lo largo de varios años siguieron siete más. “Los diamantes son eternos” (1956); “Dr. No” (1958); “Operación trueno” (1961); “Desde Rusia con amor” (1957); “Goldfinger” (1959); “La espía que me amó” (1962); y “Moonraker” (1955).
¿Se entrelazaban aquellos relatos literarios con la vida real de Fleming? ¿Por qué no? De todas formas, imaginar que sí me encantaba. Hasta tal punto que, en la adolescencia, aquello que leí e imaginé tuve la alegría de verlo en el cine. “James Bond es parte de nuestras vidas”, comenté con los amigos y las dos amigas de la siempre esperada tertulia de cada viernes que suele finalizar cuando el sábado clarea.
ENCUENTRO
“Bond también es parte nuestra”, replicó rápidamente Delia G. Luego de anunciar que esperábamos a un viejo amigo “al que no veo desde largo tiempo”, comenté que unos pocos días atrás el –5 de octubre– se celebró el Día Mundial de James Bond. Fue sorpresa para todos y ellas. Así sucede desde 2012. La efeméride se instituyó después que lo propusiera Twentieth Century Fox Home Entertainment junto con las empresas EON Productions, Metro-Goldwyn-Mayer Studios y Sony Pictures Entertainment.
Por esos días la franquicia que lleva el nombre de la creación literaria de Fleming cumplía medio siglo. A partir de aquellas obras que –cuando se iniciaban los 60, en el siglo pasado– supimos que se encontraban entre las lecturas preferidas del presidente Kennedy, se hicieron veintiséis películas dentro de la franquicia cuyos derechos pertenecen a EON– y dos por fuera de ella.
La historia del cine registra que media docena de actores compusieron al 007 y tuvieron en cada oportunidad actoral, como él, “licencia para matar”. Barry Nelson (1917-2007), australiano, en 1954, fue el primero en hacerlo. Compuso el personaje en “Casino royale”, que se produjo para la tele norteamericana. Sin embargo y pese a que primereó, sir Sean Connery (1930-2020), que lo interpretó después en siete oportunidades, es el que más recordamos varias generaciones que, también con él trashumamos la Guerra Fría.
Y, aunque otros como el australiano George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierre Brosnan, Daniel Craig y hasta el mismísimo David Niven (¡actorazo!), preferido de Fleming, también lo intentaron, no son, no fueron ni serán Bond como lo fue y lo sigue siendo sir Sean Connery, al que fue muy difícil luego percibirlo –en 1990– como el capitán Marko Ramius, comandante del Octubre Rojo, un poderoso submarino soviético de clase Typhoon, indetectable, con el que procuraba llegar sumergido y silencioso hasta la costa este de los Estados Unidos para desertar.
CHOQUE DE MODELOS
Eran tiempos –aquellos– de presuntos buenos y presuntos malos. El cine nos mostraba sin descanso las “diferencias” entre dos modelos políticos: capitalismo y socialismo. Por allí transitan nuestros diálogos y recuerdos cerca de la medianoche de este viernes. Por si algún condimento faltara para aderezar la memoria, recordé que desde “algunos meses atrás la productora Barbara Dana Broccoli (66) busca a un nuevo actor para que protagonice a Bond (para que el veterano espía sea) reinventado en el próximo capítulo”.
JT, con los ojos clavados en su teléfono inteligente, agrega que Broccoli apuntó que “cuando el mundo decía que ‘la Guerra Fría ha terminado, que el Muro (de Berlín) ha caído, que Bond está muerto, que no hay necesidad de resucitarlo poque el mundo está en paz y ahora no hay villanos’, ¡estaban tan equivocados! (porque) hicimos ‘Golden eye’ con Pierre Brosnan y fue un éxito”.
El último Bond fue Daniel Craig (58), que en 2021 protagonizó “Sin tiempo para morir” con éxito de taquilla. El tertuliano que llega desde lejos, finalmente, enriqueció el encuentro. Cinéfilo y también seguidor de James Bond, no se demoró para poner en común una opinión que escuchamos con silenciosa atención.
ARQUEOLOGÍA DE LO PASADO
“El cine también es –acaso– la arqueología de lo pasado, pero también, por qué no, de lo reciente y de lo actual”. ¿Arqueología? “Sí. Rubén Montoya, doctor en arqueología español, sostiene que ‘lo emocionante’ de esa disciplina es como el puzle de la historia siempre violenta; de luchas continuas; pero también de la cruel dominación de una mínima elite sobre la inmensa mayoría de esclavos y de la plebe’... y, justamente, por esa característica, es que permite ver que todo se repite, como si nos moviéramos sin ir a ninguna parte en una interminable Cinta de Moebius (Möbius) pero, desde algún tiempo, todo pareciera ser un poco más complejo”, agregó y remató: “Tengo la convicción más profunda de que esto –la cotidianidad de nuestra tan maltratada aldea global– no viene fácil ni mucho menos sencilla”.
SN (48), de quien solo puedo revelar sus iniciales porque todas nuestras charlas son –por llamarlas de alguna manera– “privadas”, aunque tanto los temas como las consecuencias que suponemos que cada uno de ellos acarrea, finalmente, y aún sin ser públicos, en sus efectos, sí lo son.
Largo ha sido, hasta estas primeras horas de un sábado que aún no se enciende, el tiempo que pasó sin vernos. Corresponsal de prensa internacional desde muy joven (que aún lo es), viajero incontenible, las historias que atesora son claramente deliciosas. Atrapantes y, vale admitirlo, en ellas también guarda celosamente el recuerdo de situaciones dramáticas, trágicas, desoladoras que presenció y narró con formato periodístico.
FRATERNA AMISTAD
Aunque no las priorice ni destaque, sé no son pocos los momentos en que su vida peligró. Como en los tiempos lejanos, trajo –“para ofrendar a la fraterna amistad”– dos botellas de Tenuta Delle Terre Nere Etna Rosso del 2022. “Y… ¿cómo va la vida, S…?”, preguntó JM. “A veces pienso que el mundo entero se divide en dos”, respondió. Lacónico y con tristeza en sus ojos. ¿Y cuáles son los polos de ese binarismo?, quise saber. “Sencillo, hermano tan querido: se agrupan, respectivamente, entre los que dividen el mundo en dos y los que no”, respondió en tono doctoral.
Alguna levantó su copa en aprobación. Nos envolvió un breve silencio en apariencias reflexivo. Carraspeó, rió y, rápidamente, reímos. Mucho. “Lo dicho, debo confesarlo, no es mío. Es palabra de Gloria Steinem (1934-2026), colega periodista que vio el sol por vez primera en Ohio y cerró sus ojos en NYC cuando el sol ya se había marchado un puñado de días atrás. Su partida me afectó”, confesó.
Los copones, en esa incipiente madrugada de sábado, se cargaron con la ofrenda que este amigo-hermano trajo desde el sur de Italia para celebrar este flamante reencuentro. Con el suave sabor de las Nerello Mascalese en nuestros paladares estalló la fuerza incontenible del Etna. En tan respetuoso como litúrgico silencio dejamos que volaran recuerdos y pensamientos sin asociarlos con la palabra. Brindamos “por la vida, la amistad y la paz”.
“Es que los tiempos de Bond –y de alguna forma los nuestros– fueron los de la bipolaridad, los dos bloques, los del Estado Nación, los inmediatamente después del Holocausto, de los dos bombardeos nucleares en Hiroshima y Nagasaki, los de las batallas por la liberación, los de Vietnam, Argelia, Indochina, el Concilio Vaticano II…”, comenzó lentamente a explicar JT, estudioso de la ciencia política y de las relaciones internacionales.
PRODUCCIÓN DE SENTIDOS
“Los intereses de quienes lideraban la industria cinematográfica estaban totalmente asociados con las emergencias de la posguerra y, en aquel contexto, con sus productos procuraban producir sentido y a Bond lo plantaban con todo aquello por lo que era posible matar o morir. El mundo libre, no a la opresión, el libre comercio. ¡Bond era presentado como poseedor de todo lo bueno!”, agregó.
“Spectre, los agentes soviéticos, los empresarios megalómanos voraces, los capitalistas inescrupulosos, antiéticos, SMERSH, los chinos eran todo lo malo, lo despreciable y… a todos era necesario vencerlos y era ese el momento en que aparecía Bond… James Bond para hacerlo”, añadió.
¿Quiénes son hoy las y los buenos y/o quiénes las y los malos? “Allí, justamente, está la más relevante de las complejidades para reinventar a Bond y a sus enemigas y/o enemigos…”, apuntó SN. “¡Dilemático y dicotómico…!”, expresó JM.
“El dilema principal a resolver para un ‘agente del mundo libre con licencia para matar’, como lo es Bond, es saber dónde está parado, cuáles son sus instrucciones, tener claro quiénes son sus enemigos, sus blancos potenciales. Tendría que observar con mucha atención para entender a líderes presuntamente libres que públicamente destacan y elogian que sus homólogos –tradicionales adversarios (como lo son China y Rusia, en el cine de los tiempos de Bond)– sean crueles, opresores, que ataquen países aliados”.
OTROS OJOS
Durante el verano que pasó, en Netflix, pude volver a ver las veintiséis películas de James Bond. Las vi “con otros ojos”, como se solía decir algunas décadas atrás. A James lo percibí machista y hasta casi misógino. Sus presuntos enemigos no se diferenciaban demasiado de sus mandantes. Sus armas y herramental secretos de alta complejidad por estos tiempos actuales han dejado de serlo porque devinieron en dispositivos de uso personal, doméstico y/o profesional.
Espiar parece cosa de casi todos los días. En 1966, Umberto Eco, en un ensayo magistral al que llamó “El caso Bond” que incluyó en “Apocalípticos e integrados” –una de sus obras más conocidas y reconocidas– se adelantó a estos tiempos y desveló los patrones repetitivos que contiene cada historia literaria y cinematográfica; decodificó y caracterizó con precisión a los villanos arquetípicos a los que perseguía y enfrentaba; y encuadró aquellos elementos en el esquema binario del entramado narrativo.
Eco describió el mito creado, pero sin haberlo hecho ni mucho menos intentado en forma explícita, también permite pensar que se trata de un producto epocal para un mundo que ya no es. En aquella bipolaridad, el agente secreto Werner Bredebusch, quien en algunas oportunidades decía llamarse Achim Detjen, para trabajar mucho más encubierto fue interpretado por Armin Mueller-Stahl (95).
ANTAGONISTA
La industria del entretenimiento de la televisión en la República Democrática Alemana (RDA) lo creó con notable éxito para confrontar a Bond con parámetros argumentales ideológicos bien opuestos. La serie que fue llamada “La visera invisible” (Das unsichtbare Visier). Holitz no trashumaba por exclusivos hoteles cinco estrellas, ni se asomaba por casinos lujosos y elitistas, cultivaba la sobriedad, era un intelectual orgánico (como se autodenominaba Antonio Gramsci [1891-1937]), defendía a ultranza a la clase obrera, era leal al Partido Comunista y poseía una muy sólida e internalizada conciencia de clase.
¿A quiénes perseguía para terminar con ellos, ellas y sus conspiraciones contra los pueblos? A villanos capitalistas. A diferencia de Bond, el agente Bredebusch (también Detjen) se derrumbó con el paso del tiempo. Mueller-Stahl devino en disidente. La RDA, en 1976, lo agregó a un listado de artistas vetados por el régimen del presidente Erich Honecker (1912–1994), también secretario general del Partido Socialista Unificado de Alemania entre 1971 y 1989.
El “fin de la bipolaridad”, las “deconstrucciones ideológicas”, el “multilateralismo”, la “posmodernidad”, la “posverdad”, las “comunicaciones en red”, los “permanentes desarrollos tecnológicos”… son algunas de las hipótesis que sin argumentos sólidos ni mucho menos únicos o, por lo menos, consensuados ampliamente, con los que se intenta explicar estos fenómenos que se verifican cuando se analizan los consumos culturales. El amanecer se hace presente. Coincidimos para despedirnos en un brindis “por la vida y la paz”.

