Paraguay y Argentina promueven actividad académica que analizará el campo de batalla buscando profundizar el conocimiento histórico.

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El Centro Cultural de la Embajada del Paraguay en Buenos Aires fue sede de una con­memoración por el 160.º aniversario de la batalla de Curupayty con la presenta­ción oficial de un proyecto de investigación binacional que analizará el campo de batalla desde la historia, la arqueología y la biología.

La actividad, que fue reali­zada con la coordinación de la profesora Viviana Civi­tillo y el agregado cultural Rodolfo Serafini, fue orga­nizada por la Embajada del Paraguay en Argentina y la Cátedra Libre de Estudios Paraguayos de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

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Durante la apertura, la embajadora Helena Felip Salazar afirmó: “Han pasado 160 años, las armas fueron silenciadas. Los uniformes quedaron convertidos en piezas de museo y los prota­gonistas de aquella jornada descansan desde hace mucho tiempo. Pero las trincheras permanecen”.

ESPACIO DE DIÁLOGO ACADÉMICO

Recordó que la victoria de Curupayty paralizó durante casi diez meses las operacio­nes aliadas y hoy convoca a revisar el pasado con herra­mientas científicas nuevas. “Agradezco a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA por sostener año tras año este espacio de diálogo académico entre Paraguay y Argentina”, señaló y des­tacó la importancia de reunir a historiadores de distintos países en torno a una histo­ria común.

Promueven espacio de diálogo académico entre Paraguay y Argentina buscando reunir a historiadores en torno a una historia común

La profesora Viviana Civi­tillo inició las palabras de bienvenida con la lectura de un pasaje de Augusto Roa Bastos, en el que el general Mitre le dice al pintor Cán­dido López que “el arte es el arma para corregir la reali­dad”. Con ese texto, explicó, se propuso el espíritu del encuentro: recuperar la memoria de la guerra más allá de las versiones oficia­les. Al finalizar las exposicio­nes, compartió un fragmento del explorador británico Richard Francis Burton, que describió un asenta­miento de desertores de todos los bandos en el Gran Chaco, conviviendo al mar­gen del conflicto. “Ese espa­cio –señaló– nos recuerda que también hubo quienes eligieron la hermandad por encima de la guerra”.

EL PROYECTO

La iniciativa “A 160 años de la batalla de Curupayty” es desarrollada por la Univer­sidad Nacional de Pilar, el Instituto de Investigacio­nes Geohistóricas (Conicet–UNNE) y la UBA, con apoyo de Conacyt. Su directora, la investigadora María Viviana Paglialunga, explicó que el trabajo tendrá una dura­ción de 24 meses y busca delimitar el sitio, protegerlo del saqueo, comprender su impacto ambiental y difun­dir los hallazgos mediante materiales educativos y señalética turística.

El equipo lo integran Daniel Chao, historiador: recopila cartas, diarios y prensa de la época para reconstruir cómo vivieron y percibieron el espacio y la naturaleza los protagonistas.

Alejandra Raies, arqueó­loga: usará prospección terrestre y aérea con tecno­logía LIDAR para localizar trincheras, caminos y res­tos materiales, registrarlos científicamente y preser­varlos.

Eduardo Schaefer, biólogo: evalúa cómo ha cambiado el entorno natural desde 1866 hasta la actualidad.

EXPOSICIONES

El encuentro contó a su vez con exposiciones de Carlos Aleksy von Horoch Bení­tez: describió la ingeniosa defensa paraguaya –falsas trincheras, fosas ocultas, abatíes– y despejó mitos sobre cifras de víctimas y responsabilidades en la estrategia. Destacó que la victoria no detuvo la guerra, pero sí fortaleció la identi­dad nacional de forma per­durable.

Thomas Whigham, desde Estados Unidos, propuso nuevas líneas de investiga­ción y compartió recursos documentales para profun­dizar el estudio del conflicto.

Esteban Chiaradia cerró el evento analizando las reper­cusiones políticas internas en Argentina tras la derrota aliada: el aumento del reclu­tamiento, la represión a pro­vincias disidentes y el endu­recimiento de la postura de guerra.

En el cierre, las autoridades coincidieron en que, a dife­rencia de lo que ocurrió hace 160 años, hoy los pueblos de la región se unen desde la ciencia para comprender el pasado, honrar la memoria de los caídos y cuidar juntos el patrimonio de Ñeembucú.

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