- Paulo César López
- paulo.lopez@nacionmedia.com
- Fotos: Matías Amarilla
En un rincón de la plaza de las Américas, un busto de Pablo Neruda recuerda una relación que nunca necesitó de la presencia física del poeta en el Paraguay. Entre una carta escrita en París, la amistad con escritores paraguayos exiliados y una polémica en torno al Dr. Francia, permanece la historia de un vínculo construido en la distancia.
Hay algo paradójico en el busto de Pablo Neruda que, casi inadvertido, permanece en un rincón de la plaza de las Américas. Allí donde las avenidas Mariscal López y San Martín concentran buena parte del movimiento comercial y corporativo de Asunción, el poeta chileno parece contemplar, desde su silencio metálico, una ciudad que acaso poco sabe de las razones que lo llevaron hasta ese lugar.
Neruda nunca estuvo en Paraguay. No recorrió sus calles, no conoció sus paisajes ni pudo experimentar directamente nuestra geografía que, sin embargo, evocó con palabras de particular intensidad. Su relación con el país fue otra: una relación hecha de literatura, amistad, solidaridad política, exilio y memoria.
La escultura, realizada por Hugo Pistilli e inaugurada el 14 de mayo de 2004, tiene precisamente el propósito de hacer visible esa historia. Aquel día estuvo presente el entonces presidente de Chile, Ricardo Lagos, en un gesto que también otorgaba una dimensión diplomática y cultural al homenaje. En la placa que acompaña la obra puede leerse un fragmento de “Vámonos al Paraguay”, un texto que Neruda escribió en París en 1950.
“La vida me reserva el Paraguay un recinto profundo, una cúpula incomparable, una nueva sumersión en lo humano”, reza el fragmento.
PRESAGIO
La frase tiene algo de presagio. Neruda escribía desde la distancia, pero Paraguay ya formaba parte de su universo afectivo y político. El texto fue publicado originalmente en la revista Pro Arte, de Santiago de Chile, el 30 de noviembre de 1950, y muchos años después sería recogido en sus memorias, “Para nacer he nacido”, publicadas en 1977.
Pero detrás de esas palabras estaba también una historia menos visible: la de los paraguayos que, expulsados por la persecución política, encontraron en otros países un espacio para continuar escribiendo, pensando y resistiendo.
Entre ellos estuvo Elvio Romero, con quien Neruda mantuvo una estrecha amistad durante los años del exilio en Buenos Aires. La literatura se convertía así en territorio de encuentro. No hacía falta compartir una frontera para compartir una causa. En aquellos años, la poesía podía ser también una forma de solidaridad.
Y quizás sea allí donde haya que buscar el verdadero significado de aquella frase escrita en París. El Paraguay de Neruda no era solamente un territorio geográfico. Era también el Paraguay de sus amigos, de escritores perseguidos, de una historia marcada por conflictos y autoritarismos. Era un país conocido a través de las voces de quienes habían tenido que abandonarlo.
POLÉMICA
La relación entre Neruda y Paraguay tuvo también su faceta polémica. Existe un episodio particularmente significativo alrededor de su poema “Doctor Francia”, dedicado a José Gaspar Rodríguez de Francia. En él, el poeta construyó una imagen sombría y crítica del gobernante paraguayo, calificándolo como “rey leproso” y “espantajo negro entre ratas asustadas en la noche”.
Para una sociedad que durante décadas había construido alrededor de Francia una poderosa imagen histórica –entre la admiración, la reivindicación nacionalista y la controversia historiográfica–, aquellos versos podían resultar, cuando menos, incómodos.
El episodio resulta revelador porque muestra que la relación entre Paraguay y Neruda no estuvo construida sobre una admiración uniforme. También hubo discusión, desacuerdo y confrontación intelectual.
La poesía, después de todo, no siempre está obligada a coincidir con la historia. Neruda podía convertir al Dr. Francia en una figura sombría mientras otros paraguayos lo consideraban uno de los grandes protagonistas de la independencia y de la construcción del Estado nacional. Entre ambas miradas existe un territorio de debate que pertenece tanto a la literatura como a la historia.
VÍNCULO HUMANO
Lo que permanece, más allá de las imprecisiones que pueda contener aquella mirada sobre Francia, es el vínculo humano que Neruda estableció con el Paraguay a través de sus escritores y exiliados.
Es imposible comprender esa relación sin recordar el contexto latinoamericano de aquellos años. Las dictaduras, la persecución política y la llamada doctrina de la seguridad nacional habían convertido las fronteras del continente en fronteras relativas. El exilio era una experiencia compartida por miles de hombres y mujeres. Los escritores paraguayos que vivían fuera del país no dejaron de ser paraguayos; llevaron consigo una memoria, una lengua y una historia que encontraron eco en otros escritores latinoamericanos.
Neruda perteneció a esa red de solidaridades. Desde Chile, desde Buenos Aires o desde Europa, el Paraguay podía aparecer no como una abstracción geográfica, sino como una herida latinoamericana.
SIGNIFICADO
Por eso aquel busto de la plaza de las Américas adquiere un significado que va más allá de la escultura. En medio del tránsito apresurado de la ciudad, representa una pausa. Obliga –aunque pocos se detengan a mirarlo– a recordar que los países también pueden relacionarse a través de sus poetas, que una nación puede entrar en la imaginación de otra sin que medie siquiera una visita.
Neruda no llegó físicamente al Paraguay, pero el Paraguay llegó hasta Neruda a través de sus escritores, sus exiliados y sus tragedias históricas.
En una ciudad que cambia rápidamente y que muchas veces parece olvidar sus propias huellas, aquella escultura de metal continúa mirando el movimiento de Asunción. Tal vez su presencia silenciosa nos recuerde que la memoria no siempre necesita de quienes estuvieron presentes. A veces también se construye con quienes, desde lejos, supieron mirar un país, quererlo y hacerlo entrar en sus palabras.

