• Fotos: Mariana Díaz

Con más de cuatro décadas de trayectoria internacional, el arpista Ismael Ledesma está pasando una temporada en Paraguay para promocionar su último disco y brindar algunos conciertos, aunque también impulsado por la nostalgia, la música y el deseo de reencontrarse con sus raíces. En conversación con Augusto dos Santos para el programa “Expresso”, del canal GEN/Nación Media, habla de su formación, su vida en Francia y el vínculo inseparable con un instrumento que considera “el sonido de todo un país”. También reflexiona sobre el presente del arpa paraguaya, la necesidad de respetar sus etapas de aprendizaje y los planes de volver definitivamente al país.

–Si tuvieras que volver a tu pasado, ¿cuál sería tu primer recuerdo de niño?

–Recuerdo de niño tengo muchos, pero pienso que la primera imagen que me viene es la imagen de mi madre, porque veo la imagen de mi madre con la guitarra y cantando.

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–¿Tocaba guitarra y cantaba?

–Ella cantaba y tocaba la guitarra y era su cotidiano.

–¿Qué cantaba tu madre?

–Mi madre cantaba música folclórica del Paraguay. Entonces, en nuestra casa era música todo el tiempo. Al despertar ya mamá cantando.

–¿Tenía alguna canción favorita?

–Muchísimas. Hay un tema de Demetrio Ortiz que se llama “Rohechajeývo”, que es una obra que ella cantaba siempre y acompañada de mi padre, que era arpista.

ARPISTA DE CUNA

–Naciste en un nido de artistas donde las posibilidades de que sigas con el legado eran importantes…

–Era prácticamente inevitable y una obligación digamos porque estaba el arpa, estaba la guitarra, los amigos de mis padres que venían a ensayar en la casa. Entonces, evidentemente yo estaba muy atraído por la música.

–¿Y cómo empezó la música en tu vida?

–Empezó a la edad de 5 años en la ciudad de Fernando de la Mora, donde vivíamos. Yo tenía 5 años, era en 1967 me acuerdo y yo detrás de mi papá. Él estaba tocando el arpa y yo le insistía para que me enseñe y una tarde calurosa de 1967 me puso el arpa en el hombro y me empezó a enseñar las primeras notas.

–Y ahí empezó un camino, ¿no? Nunca te divorciaste del arpa.

–Ya no. Fue a partir de ahí que el arpa me acompaña como me acompaña hoy, ¿verdad? Es algo ya como un miembro más de mi cuerpo, un órgano más mío, ¿verdad? Es un brazo más o es algo de mi cuerpo desde ese momento. Tuve lógicamente mi periodo de rebeldía en mi adolescencia, en donde quise dejar, pero ahí intervino mi mamá nuevamente para decirme “esto te puede llevar lejos”. Y se cumplió.

–¿En algún momento migraste a otros instrumentos también o te centraste en el arpa desde siempre?

–Fue el arpa. Cuando llegué a Francia en 1982, ahí me sentí en la obligación de tocar la guitarra y cantar, porque con el arpa solamente no iba a tener mucho trabajo. Entonces, me aconsejaron tomar la guitarra y cantar. Entonces a los 19 años empecé con la guitarra.

–¿Y ellos tenían una agrupación musical?

–Ellos trabajaban en dúo. El dúo se llamaba Madrigal y ellos cantaban más en Argentina y en Uruguay. O sea, íbamos muy seguido allá. Íbamos en tren. Yo tengo esa suerte de haber vivido esas etapas del tren. Lo que yo recuerdo más es que yo no dormía. Yo miraba el paisaje, la luna, el trayecto, el ritmo. Para mí el ritmo del tren era muy agradable. Y yo compuse cuatro temas pensando en esos momentos.

CAMINO AL ANDAR

–¿Cuándo es que te independizás y empezás a mirar un camino?

–A los 6 años, cuando mis padres se separaron, ya me sentí muy independiente porque yo tenía que arreglármelas. Mi mamá iba a trabajar y yo tenía que estar solo. Y tomé conciencia de que el destino de mi vida iba a ser una vida solitaria, una vida con la música. Entonces, empezó todo así mi independencia a partir de los 6 a 7 años.

–Ya tenías la seguridad de que este camino del arpa iba a ser para siempre.

–Prácticamente sí porque era lo que sabía hacer, yo sabía tocar el arpa y ya muy rápido mi madre me instaló en el mundo de los adultos. Yo participaba con ella en actuaciones primeramente privadas, los cumpleaños, serenatas. Entonces, después ya en festivales escolares, colegiales. Entonces muy rápido me acostumbré a estar en ese mundo del arte.

–¿Cuándo es que empezás a actuar en forma independiente?

–En la adolescencia a partir de los 14, 15 años ya podía tocar como solista. Yo tocaba las músicas que yo aprendí y ya tenía acompañantes como mi madre. Antes yo acompañaba a mi madre, después a partir de los 14 años ella me acompañaba en los festivales. Entonces, digamos que a partir de los 14 años.

–Parece que hay planes muy serios para que dentro de 200 años empecemos a poblar Marte. Aparentemente estamos medio renunciando a esta superficie tan contaminada. ¿Qué perdería el mundo si en esa nueva colonia se olvidaran de llevar un arpa?

–Y creo que perderían la espiritualidad, porque pienso que el arpa incita a la reflexión, a la espiritualidad, a la calma, también a la alegría. Pienso que el arpa es bastante espiritual.

–De hecho que también sus raíces tienen que ver con eso.

–Es un instrumento muy antiguo. Se dice que David tocaba ya el arpa, o sea que la lira, pero la lira es el origen del arpa. Entonces, ya es un instrumento antiguo y bastante celestial porque era lo que escuchaban los reyes para calmarse un poco.

EL SÍMBOLO DE UN PAÍS

–Hay mucho orgullo en Paraguay al respecto del arpa, ¿no? Voy a hacerte una pregunta bien en paraguayo. ¿Qué lo que es el arpa paraguaya?

–El arpa paraguaya es prácticamente todo un símbolo, todo el sonido de un país. Yo me di cuenta de eso porque la gente paraguaya o sobre todo paraguaya que está afuera escucha el arpa y ya totalmente se identifica con su país. Entonces, es un instrumento que sale del alma del paraguayo, es un instrumento que tiene una sonoridad muy especial, muy clara y tiene elementos, digamos, partes muy importantes, los agudos, los medios, los graves y en el arpa paraguaya se puede expresar poesía, se puede expresar música.

–¿Esa es una diferencia con la morfología del arpa clásica? ¿Qué diferencias encontrarías?

–El sonido es totalmente diferente. El arpa clásica se toca con la yema del dedo y es un sonido diferente, el sonido es un poquito más opaco. El arpa paraguaya tiene una claridad que le diferencia y la fabricación también es diferente, la madera es de pino o cedro o yacarandá, depende de las épocas. Cada vez el arpa va evolucionando más.

–Y el luthieres del arpa paraguaya, ¿cuál es su estado del arte?

–Está muy bien, porque cada vez se están haciendo arpas más sofisticadas. Los luthiers y los arpistas ya trabajan juntos. Antes los luthiers proponían sus instrumentos y el arpista tocaba. Pero como las épocas van evolucionando y cambiando, ahora el arpista, el maestro ya pide ciertas condiciones, más claros en los agudos, más medios en los medios, más graves, sonido más voluminoso, etc. Entonces de esa manera el luthier va experimentando nuevas arpas que gusten a los maestros.

UN ERROR

–¿Cómo ves las divisiones inferiores del arpa en Paraguay?

–Hay una etapa que están salteando. Los nuevos arpistas ya se están volviendo maestros muy rápido. Y ahí está el error. Tienen que primeramente foguearse muchísimo, tienen que aprender de los demás, formarse como arpista paraguayo, tocando música tradicional, folclórica. Después, a medida que uno va logrando experiencia, puede experimentar nuevas cosas, ¿verdad? Pero veo que hay un salto muy rápido de un niño que ya está tocando música moderna o cosas así. Entonces no está bien.

–Son signos de este tiempo también, todo es vertiginoso, ¿verdad? Nadie quiere esperar 10 minutos por nada.

–Ese es el problema, pero no van a tener durabilidad. Tienen que pasar por las etapas obligatorias de un arpista paraguayo.

–Estaba meditando lo siguiente, qué productiva es la nostalgia.

–Así es, eso hace parte también de mi vida, ya que hace 44 años que estoy afuera y creo que es mi motor como compositor, porque la nostalgia hace parte de la creación, digamos, hace parte de mí querer crear en lugar de aburrirme o de sufrir.

–La distancia, muchas veces obligada, es un motor de inspiración que finalmente se transforma en un puente permanente.

–Sí, realmente es paradójico. Es algo curioso porque yo ahora que vengo a mi país me siento totalmente feliz aquí, o sea que acá no siento nostalgia. Estoy aquí ya hace un mes, un mes y medio y te puedo decir que soy el hombre más feliz del mundo porque estoy logrando estar en el lugar donde quiero estar. O sea, yo estoy en Europa por mi trabajo, por mi profesión, pero añoro todo lo que sea mi país. Entonces, a veces la gente dice ¿por qué no volvés? Y no es simple. Una vez que uno ya empezó una carrera hay que continuar hasta que se termine. Entonces, yo trato de vencer justamente y siempre digo que quiero ser un abuelo feliz, porque quiero dejar de lado esa nostalgia y esa melancolía que tuve durante toda mi vida, durante 44 años, volviendo al Paraguay en algún momento y disfrutar nuevamente de lo que yo quisiera disfrutar.

UNA AÑORANZA

–¿Dónde estás viviendo y desde cuándo?

–El proyecto de vida futura para mí es la ciudad de Areguá, donde ya por fin pude terminar una casa que con muchos sacrificios lo hice y ahí quisiera volver. Ahí me siento bien, es una región aún verde, con la tierra roja presente, entonces todo eso yo busco. Y la gente aún sencilla.

–¿Cuáles fueron tus etapas en esa región tan competitiva del mundo?

–Yo volví a nacer allá porque llegué a un mundo totalmente diferente y estuve perdido durante un tiempo porque tenía que aprender la lengua y es lo que hice, estudié la lengua. Yo salía de los estudios acá en Paraguay, entonces estaba todavía en el ritmo de estudiante y asimilé la lengua muy rápido y asimilé también la idiosincrasia francesa. Aprendí a conocer al francés, aprendí el sistema, tuvo su proceso, pero primeramente conocí a paraguayos, toqué con grupos paraguayos, haciendo dúos en boliches, después también viajé en otros países. Yo llegué con polquitas paraguayas, yo no sabía tocar otra cosa hasta que yo mismo me di cuenta de que tenía que progresar. Entonces pedía consejos para que me enseñen nuevo repertorio. Integré primeramente un círculo latinoamericano. Aprendí primeramente la música latinoamericana y más música paraguaya aún y la música latinoamericana en general, y también músicas que se escuchaban en esa época en Europa. Entonces, tenía que estar yo en onda, como se dice, y aprender la música que se escuchaba en esos momentos.

–¿Quiénes son tus referentes históricos?

–Mis referentes principales son Luis Bordón, por su claridad en las interpretaciones, también adoro cómo tocaba Lorenzo Leguizamón. Después lógicamente Nicolasito Caballero, que era un innovador ya hace muchísimo tiempo. También admiré a Enrique Samaniego, que también hizo buenísimas obras, Cristino Báez Monges. No quiero olvidar a otros. En Francia tuve como referencia a Andreas Ollenweider, que es un arpista suizo, a quien escucho prácticamente cotidianamente, es como mi dios. Si no lo escucho, no me siento bien. Él es mi guía principal y en la actualidad, pues no me está gustando nadie. Porque no es lo que yo espero.

–¿Te parece que hay demasiada inversión en el show y menos en la profundidad?

–Y sí, lo que se está haciendo ahora es más ruido y la gente se está embruteciendo, están embruteciendo los oídos, un poco duro lo que digo.

–¿No te gustan los malabares con el arpa?

–Respeto a todos los arpistas que hacen eso y yo respeto a todos, no voy a criticar a nadie, pero no es mi manera de interpretar la música. Para mí la música tiene que ser clara, tiene que ser precisa y audible. Entonces lo que noto ahora es mucha espectacularidad, mucha potencia en los bafles, entonces ya no se aprecia.

UN CONSEJO

–Si tuvieras a un niño de la edad que tuviste cuando empezaste con el arpa, ¿qué consejo le darías?

–Primeramente, le diría que ame la música y que ame su instrumento y que lo integre a su vida, porque de eso se trata. Cuando uno es artista, el instrumento lo tiene ya integrado. Entonces, lo que le diría al niño es que vaya a su ritmo, que con dulzura integre el instrumento a su vida.

–¿Te satisface o no la enseñanza del arpa en Paraguay?

–Hay varios buenos maestros en Paraguay, está un primo mío que se llama Marco Lucena, que ha formado a muchísimos chicos en Luque, está también Martín Portillo, que es un gran maestro del arpa, enseña, un gran pedagogo. Después existen otros músicos que están en Villarrica, Roberto Brítez, después en Encarnación también. O sea que está bien esparcida el arpa por Paraguay. Escuela no falta y creció muchísimo.

–¿Ya tenés preciso en cuánto tiempo se daría tu transferencia definitiva a Paraguay?

–Creo que estoy en las últimas temporadas, tengo las dos rodillas ya bastante usadas y creo que estoy pensando si juego todavía este año o no, pero ya me duele bastante. Entonces creo que el momento se acerca.

Los compañeros a veces me llaman pero ya hasta me estoy negando porque como tengo tantos dolores entonces…

–Inmael podemos despedirnos con una musiquita como se merece este encuentro agradeciéndote muchísimo por el tiempo y nada, esperando tu retorno para otra charla por supuesto.

–Ha sido un placer y muy agradecido. Y termino con esta obra que se llama “La balada del indio”.

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