- David Velázquez Seiferheld
- Historiador
- Fotos: Gentileza
A pesar del paso del tiempo, el aula aparece ante nuestros ojos como un paisaje natural, casi inmutable, de filas de bancos, una maestra, o un maestro, al frente y, dominando el muro principal, una superficie negra, verde o blanca, esperando las palabras.
Comencemos a desnaturalizar la imagen: durante siglos la escuela funcionó de manera radicalmente distinta. La escena más común era la de un preceptor atendiendo individualmente a un alumno en su mesa, mientras el resto de la clase, apiñada en un rincón, repasaba en voz baja o se perdía entre el aburrimiento y la indisciplina.
Pero en los inicios del siglo XIX, una serie de fenómenos en Europa y el resto de Occidente –la revolución industrial, la urbanización acelerada y la urgencia de los Estados por alfabetizar masivamente a la población– plantearon un problema de gran escala. ¿Cómo enseñar a cientos de niños al mismo tiempo, sin que las aulas cayeran en el caos y con presupuestos exiguos?
LA INTUICIÓN MONITORIAL Y SUS LÍMITES
La primera respuesta a este desafío fue el sistema monitorial de Andrew Bell y Joseph Lancaster (en realidad, ambos eran deudores de antiguos sistemas monitoriales, entre ellos de la India, pero eso merece otro artículo): inmensos salones donde un solo maestro dirigía a cientos de alumnos apoyándose en niños aventajados (monitores o fiscales) y en carteles impresos colgados de las paredes. Los estudiantes practicaban el abecedario en bandejas o cajas de arena o en pequeñas pizarritas individuales de mano.
Era una ingeniería creativa y compasiva, pero con límites infranqueables: el cartel mural era estático e inalterable, servía para la decodificación mecánica, el silabeo o la recitación de pasajes bíblicos, pero resultaba incapaz de mostrar cómo se construye un razonamiento complejo en vivo.
En estos marcos rígidos, de amplios galpones, uso de silbatos para marcar los tiempos, y carteles para estandarizar los aprendizajes, cartillas con orientaciones mecanizadas para la lectoescritura, Lancaster introducía modificaciones que la experiencia aconsejaba para las legiones de niños que concurrían a su casa en busca de aprendizajes.
LA GENIALIDAD DE PILLANS: UNIR LA PIEDRA Y AMASAR EL COLOR
En ese escenario de experimentación irrumpe James Pillans (1778–1864), rector de la Royal High School de Edimburgo y más tarde catedrático en la Universidad de Edimburgo. A inicios de 1800, al enfrentarse a cursos multitudinarios de más de 140 alumnos a los que debía enseñar geografía clásica y griego, descubrió que los diminutos mapas de los libros dificultaban el aprendizaje de un número tan grande de alumnos.
Pillans tuvo una intuición tan elemental como disruptiva: si cada alumno disponía de una pizarra individual de mano, ¿por qué no ensamblar varias láminas de piedra sobre un bastidor de madera y fijarlas en la pared frente a toda la clase? Nacía así el gran pizarrón mural.
El nuevo dispositivo tropezó de inmediato con un obstáculo visual: al dibujar sobre la superficie oscura con simple tiza blanca, el mapa se convertía en una maraña incomprensible de líneas uniformes, sin matices que distinguieran con precisión a un río de una frontera, a una montaña de una ciudad.
Entonces, dado que la industria y el comercio escolar no existía como tal, el propio Pillans asumió el rol de químico aficionado en su hogar. Mezcló polvo de yeso fino y carbonato con pigmentos minerales y vegetales, como el azul de Prusia y el carmín, moldeando en pequeños cilindros las primeras tizas de colores de uso escolar.
Como el propio Pillans dejó registrado en su correspondencia de 1814 y más tarde en su obra fundamental “Contribuciones a la Causa de la Educación”, de 1856:
“Coloqué ante mis alumnos, en lugar de un mapa atestado y desconcertante, un gran pizarrón negro de superficie opaca y no reflectante, sobre el cual inscribí en trazos vivos el relieve del territorio, con sus montañas, ríos, lagos y ciudades notables. Esta delineación fue ejecutada con tizas de diferentes colores [...] La sola novedad de mirar todos a una misma tabla, en lugar de cada uno a su propio libro, produjo un efecto inmediato para sostener la atención”.
En sus memorias y en “La lógica de la disciplina”, escrita en 1852, Pillans describe con precisión erudita el código cromático que ideó: tiza blanca para los contornos costeros, azul para los ríos, verde o marrón para las cadenas montañosas y rojo para los límites políticos. Con certeza, ante los ojos asombrados de los jóvenes, el espacio cobraba volumen y profundidad en tiempo real.
UNA MUTACIÓN EN LA MENTE DEL MAESTRO Y DEL ALUMNO
La aparición del pizarrón y la tiza no constituyó una simple mudanza de mobiliario; alteró la arquitectura cognitiva de la enseñanza:
La pedagogía del proceso: el cartel o el manual impreso entregan el conocimiento ya acabado. El pizarrón inauguró la curiosidad, y, con buenos docentes, la fascinación, por el devenir: el maestro modela ante la mirada colectiva una división, una declinación latina o demuestra un teorema.
Borrador y el error: la naturaleza deleble de la tiza sentó las bases para arrebatar a la equivocación su carga de punitividad. El trazo erróneo se borra con un paño o una esponja en un segundo y se rectifica; el aprendizaje se convierte en un ensayo visible y corregible frente a los pares.
La sincronización de la mirada: frente a la dispersión de los pupitres y al uso individual de las pizarritas, el pizarrón operó como un imán de la atención colectiva. El docente dejó de ser un mero examinador de recitaciones individuales para transformarse en una especie de director de escena capaz de articular preguntas, modulaciones y debates al ritmo que juzgare conveniente.
Cuando hoy contemplamos al docente frente a una pizarra –o interactuando con las pantallas digitales, herederas de su exacta disposición espacial–, resuena el eco de aquella modesta epifanía que aconteció en Escocia: la de un maestro que unió piedras y amasó coloridos pigmentos para asegurarse de que nadie quedara fuera del campo visual del saber.
Es cierto que los carteles amplios y pizarras se utilizaron también en diversos momentos y distintas culturas y sociedades a través de la historia, pero Pillans fue, sin dudas, el que le dio la forma y los usos didácticos contemporáneos y la popularizó en el mundo educativo.

