¿Es inteligente la IA como lo somos las y los humanos? ¿Son inteligentes todas las inteligencias que nos ofrece el mercado?

  • Por Ricardo Rivas Periodista X: @RtrivasRivas
  • Fotos Gentileza

La noche se hizo larga unos pocos días atrás en un lugar donde un grupo de hombres y mujeres dialogábamos sobre inte­ligencia artificial (IA). No era nuestro propósito abor­dar ese tema. Pero con fre­cuencia nos reunimos para escucharnos y escuchar. Cla­ramente varias de las perso­nas que convergieron en esta tertulia me excedían en cono­cimientos y sabiduría. ¿Qué hago aquí?, me preguntaba en silencio.

Todos y todas sostenía­mos cuidadosamente sen­dos copones cargados con un poético Gran Enemigo Gualtallary Single Vineyard Cabernet Franc 2023 que oxigenábamos con cuidados movimientos. Buenos amigos y amigas. Con algunos y algu­nas de ellas somos colegas en el periodismo o en la acade­mia y, con un par, desde largo tiempo construimos relacio­nes más intensas, casi fami­liares.

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Ninguno de quienes conmigo se encuentran me autoriza­ron para que publique sus nombres. De allí que, justa­mente, la preservación de estas fuentes será, más que nunca, una de las razones que coadyuvarán a la incertidum­bre que siempre encierran estas historias. Por momen­tos las conversaciones se des­ordenan.

“La revolución de la inteli­gencia artificial apenas ha comenzado. Nos enfrenta­mos a cambios y disrupcio­nes continuos durante las próximas décadas. ¿Cómo lidiarán la sociedad y los gobiernos con un mercado laboral en constante cam­bio? ¿Contamos con la resi­liencia psicológica para el camino que tenemos por delante?”, interpela Yuval Noah Harari (50).

Dejé de leer en alta voz en la pantalla de mi terminal inteligente. Las miradas se amontonaron sobre mí.

“Elon Musk (55), uno de los hombres más ricos en este mundo, le dijo a The Eco­nomist que ‘la inteligen­cia artificial podrá hacer cualquier trabajo mejor que cualquier persona y eso ocurrirá muy rápida­mente’”, apuntó –también en alta voz y leyendo en la pantalla de su celu– AC, un querido amigo-hermano altamente capacitado en desarrollos tecnológicos que, sin aguardar respuesta alguna, precisó que “no es prudente ni recomenda­ble plantear situaciones contrafácticas o, más aún, imaginar lo que todavía no sucede, aunque tal vez sea posible”, añadió.

“No hay que lograr que la máquina piense como un humano (sino que) hay que construir la arquitectura correcta”, sostiene Hugo Miguel, uno de los expertos más importantes de la región especializado en IA y precisa que “no” le gusta “el marketing tecnológico porque se cuentan un montón de cosas que no son así en la práctica”

IMITACIÓN

En tono doctoral opinó luego que “no es razonable conceder ni otorgar entidad a la inteli­gencia artificial (IA) ni men­cionarla como un genérico”. Inquietante, por cierto, pero acuerdo porque sé (y consi­dero tener muy claro) que las inteligencias artificiales son, en verdad, múltiples sis­temas que se construyen con grandes paquetes o modelos de lenguajes (LLM, por sus siglas en inglés) que debida­mente entrenados con enor­mes volúmenes de textos parecen entender y generar respuestas con lenguajes de voz que sintetizados tecnoló­gicamente imitan la forma de hablar de las y los humanos.

La voz de GAM también se hace oír. “Desarmar la tecno­logía, servir a la paz. La polí­tica como responsabilidad preventiva”, es la más reciente exhortación de León XIV, dice pausadamente. Tam­bién tiene el móvil entre sus manos y el copón sobre una mesa ratona delante de sí. “El papa León exhorta en ese sen­tido”, agrega y comenta que aquel será el lema de la sexa­gésima Jornada Mundial de la Paz que se desarrollará el venidero 1 de enero de 2027.

Nos invadió el silencio. “León quiere llamar la aten­ción sobre la responsabilidad moral de quienes están llama­dos a actuar en la esfera polí­tica e insta a toda la humani­dad a promover la dignidad de la persona humana y a con­tribuir a la construcción de la paz, comenzando –justa­mente– por ‘desarmar la tec­nología’”, reitera GAM, que asegura tener poca batería y por esa razón aleja su mirada de la pantalla del celu.

Inmediatamente, alguien recuerda que en la carta encíclica “Magnifica huma­nitas”, que el pontífice firmó el pasado 15 de mayo, sen­tenció que “no hay algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable” y advirtió sobre los riesgos de “confiar las decisiones milita­res a la inteligencia artificial”.

El jefe del Estado Vaticano añadió también que “al igual que la energía nuclear, (la IA) debe estar al servicio de todos y del bien común” y, desde esa perspectiva, enfatizó en que “las decisiones sobre la tec­nología nunca deben sepa­rarse de la conciencia y la responsabilidad”. Acuerdo y me sumerjo en el pasado reciente. El 23 de agosto de 1983 el mundo –que toda­vía era mundial y para nada global– supo de la existencia del programa IDE (Iniciativa para la Defensa Estratégica, por su sigla en inglés) con el que los estrategas estadou­nidenses procuraban proveer de seguridad a su país.

“La inteligencia artificial podrá hacer cualquier trabajo mejor que cualquier persona y eso ocurrirá muy rápidamente”, sostiene Elon Musk, el hombre más rico del mundo según Forbes

GUERRA FRÍA

La Guerra Fría –una disputa política e ideológica entre el capitalismo y el comunismo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en 1945– aún estaba en desarrollo. La tec­nología junto con la investi­gación científica ocupaba un lugar relevante en el trans­curso de aquel conflicto. Los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas operaban intensa­mente. Las tensiones geopolí­ticas iban en aumento.

El cine, la tele, la radio, las revistas y los periódicos epo­cales daban cuenta de aquello y, al mismo tiempo, produ­cían sentido para que unos 4.700 millones de habitantes supieran (e imaginaran) que un devastador holocausto nuclear –enormemente más destructivo que los bombar­deos atómicos norteamerica­nos sobre Hiroshima y Naga­saki en 1945– era inminente.

El fin de la vida –como posibilidad– sobrevolaba el mundo. La memoria de plazo medio nos ponía una y otra vez delante de nues­tros ojos la llamada Crisis de los Misiles, en Cuba (octu­bre de 1962) cuando durante trece días los cuatro jinetes del Apocalipsis (capítulo seis de aquel libro bíblico que, en 1916, Vicente Blasco Ibáñez [1867-1928] lo creó novela que más tarde, adaptada por June Mathis [1887-1927], fue película en 1921) impiado­sos se aprestaban sobre sus cabalgaduras.

El jinete que debía montar en el caballo blanco –alego­ría de la conquista, del triunfo o del engaño– durante aque­llos días de tensiones extre­mas, hasta entonces inimagi­nables y siempre indeseados, incansable preparó su arco y la corona que habría de lle­var para imponerse. Quien debía montar el corcel rojo –alegoría de la guerra– afilaba su espada para destruir la paz como idea y realidad. El que montaba el equino negro –sím­bolo del hambre– aprestaba la balanza que lleva en una de sus manos para anunciar simbóli­camente la inminente escasez de alimentos y la expansión de la desigualdad extrema.

La muerte, finalmente, mon­tada en un caballo pálido al que Hades vigila muy de cerca sim­bolizaba el inevitable (y siem­pre posible) fin de la vida que llegaría con pestes, plagas y fie­ras. Eso es la guerra. Por enton­ces, Estados Unidos, Rusia, el Reino Unido, Francia y China guardaban en sus arsenales unas sesenta y cinco mil ojivas nucleares. “No sé qué armas habrá en la Tercera Guerra Mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”, advirtió Albert Einstein (1879-1955) y su premonición (que parecía en desarrollo) retumbaba en todas partes.

Creador de la teoría de las inteligencias múltiples, Howard Earl Gardner (83), sostiene en su libro “Frames of mind” que existen numerosas inteligencias humanas que clasifica y caracteriza en su obra

OTRA GUERRA

La internet –heredera de la red Arpanet desarrollada como secreto militar y diseñada para la guerra, aunque con expresados sueños de masi­vidad… y democratización– comenzaba a poblarse de vio­lencias. Otra guerra estaba a la vuelta de la esquina. “Paren el mundo, me quiero bajar”, gri­taba la pequeña Mafalda a voz en cuello.

“Alguna vez tendremos que sincerarnos en estas cuestio­nes de inteligencia artificial”, me dijo enfáticamente poco tiempo atrás Big Guy, como lla­mamos a un entrañable amigo desde varias décadas del que siempre aprendo y cuya luci­dez y conocimientos tecnoló­gicos me deslumbran, en un diálogo telefónico que sostuvi­mos cerca de una medianoche en que coincidimos en el dis­frute del silencio reflexivo que la nocturnidad con frecuencia –en mi caso– suele arrasarme.

¿Entonces? “Es preciso saber y comprender cuando escu­chamos hablar de IA qué es posible, qué es real, qué es marketing y qué es hasta el momento y en el estado actual de esos desarrollos mentira o verdad”. Sus palabras aún resuenan en mis oídos. En ese contexto interrogué a la teo­ría. “La inteligencia, clara­mente, es un concepto polisé­mico, a la vez que complejo y si se quiere, multifacético”, me explicó con enorme dedica­ción y vocación docente JCM, un querido amigo-hermano técnico electricista devenido en abogado y especialista en educación superior.

Con impostada entonación, durante una extensa sobre­mesa, definió: “Inteligencia es tener capacidad cognitiva general. Es ser habilidoso para aprender, comprender, razo­nar, comprehender, resol­ver situaciones problemáti­cas y adaptarse a ellas”. Con simpleza –y en ese contexto informal– JCM precisó que, en la inteligencia, como pro­ceso, convergen e intervienen la memoria; el razonamiento lógico; la aptitud para resolver problemas; el pensamiento abstracto –“porque no todo es posible de vincular con la realidad física”–; y, la capaci­dad de adaptarse a lo nuevo, a lo inesperado y aprender en, de, desde y con ello.

Luego recordé que, en la Universidad de Salamanca, donde desde hace algunas semanas curso a distancia para obtener un diploma en IA (para abordar con res­ponsabilidad estos desarro­llos) que Howard Earl Gard­ner (83), en su libro titulado “Frames of mind”, en 1983, dio a conocer la teoría de las inteligencias múltiples que, en ese trabajo, las clasifica y caracteriza. En sus estudios distingue que las inteligen­cias “lingüista; lógico-ma­temática; espacial; musi­cal; corporal-cinestésica; intrapersonal; interperso­nal; naturalista; y, quizás, la existencial”. En 1990, otros dos académicos, Peter Salo­vey (68) y John Mayer (73), después de exhaustivos estu­dios dieron a conocer la “inte­ligencia emocional”.

EMULACIÓN FUNCIONAL

¡Joder! La reflexión se dis­para. La misión esencial del periodista profesional es preguntar. Mientras las amigas y los amigos discu­rren consulto a Gemini: ¿La IA incorpora en sus proce­sos operativos las inteligen­cias múltiples de Gardner y la inteligencia emocional de Salovey y Mayer? La res­puesta llega en menos de veinte segundos: “La rela­ción entre la inteligencia artificial y los marcos teó­ricos de Howard Gardner (inteligencias múltiples) y Peter Salovey y John Mayer (inteligencia emocional) se basa en la emulación fun­cional y el procesamiento estadístico de patrones, más que en una réplica bio­lógica o cognitiva de la mente humana”, responde y agrega: “ A nivel operativo, la IA no ‘posee’ estas inteligencias en el sentido ontológico o sub­jetivo, pero sí ha diseñado arquitecturas que modelan muchas de sus dimensiones”.

¿Es inteligente la IA como lo somos las y los humanos? ¿Son inteligentes todas las inteli­gencias que nos ofrece el mer­cado? Alguna vez me ofrecie­ron comprar una “almohada inteligente”. De solo pensarlo tengo la convicción de que me hubiese inducido al insomnio.

Alan Turing (1912-1954), matemático de élite que con­siguió durante la Segunda Guerra Mundial descifrar el que históricamente se conoce como Código Enigma que apli­caban los ejércitos del Tercer Reich a sus comunicaciones más secretas, volvió con fuerza inusitada a mis pensamientos.

Aquella hazaña histórica –en 2014– llegó al cine con un título que –como significante oculto bien a la vista– lo dice todo: “The imitation game”. “No me gusta el marketing tecnológico porque se cuen­tan un montón de cosas que no son así en la práctica”, dijo el pasado miércoles el inge­niero Hugo Miguel –uno de los consultores más relevan­tes en tecnología en la región– a la colega periodista Patricia Fernández Mainardi que lo entrevistó para la revista DEF.

En ese mismo contexto, Miguel advirtió que “no hay que lograr que la máquina piense como un humano (sino que) hay que construir la arquitectura correcta” para las aplicaciones que se pretenden. (https://defonline.com.ar/defensa/hugo-miguel-en-la-un­def-entre-la-defensa-y-la-in­teligencia-artificial-el-solda­do-galactico-dura-48-ho­ras/#google_vignette).

Etiquetas: #IA#la máquina

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