- Jorge Zárate
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- Fotos: Gentileza
Signos de una experiencia que es fuente de nuevos estudios, Santísima Trinidad del Paraná, Jesús de Tavarangüé y San Cosme y Damián siguen proyectando una obra conjunta entre evangelizadores y pueblo guaraní que continúa deparando asombros y descubrimientos.
La admiración por el trabajo organizado, la temporalidad de esos muros de unos 400 años de solidez se proyectan en la mirada, en el gesto de asombro de los visitantes de las misiones jesuíticas guaraníes de Itapúa.
Comprenderlas un poco más parece ser una deuda que se va saldando de a poco. El sacerdote jesuita Simón Martínez Jara entiende que “la educación del Paraguay debería rescatar más su historia como parte de nuestra identidad, patrimonio de la vida y la cultura guaraní”.
Lo hace recordando que “la enseñanza de las misiones son muchas. Primero destacar la opción preferencial y creativa por los más vulnerados. Segundo, promover la inculturación para poder hablar el lenguaje de las nuevas culturas y aprender de ellas. También situarse al lado de los más pobres y construir en sinodalidad espacios de vida y plenitud humana”, sintetiza del legado de estos sitios considerados Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, su sigla en inglés).
INTERÉS CRECIENTE
Isabelino Martínez preside el comité académico del Congreso Internacional de las Misiones Jesuíticas Guaraníes, que en junio de este año tuvo su cuarta edición reuniendo a más de 40 expositores de 12 países. “Esta fue la primera edición iberoamericana y estamos muy satisfechos con los resultados”, comenta de la experiencia.
Realizado este año en Posadas, Argentina, el evento viene probando la curiosidad que siguen despertando en todo el mundo. “Imaginen que, como decía Bartomeu Melià, el vocablo ‘reducción’ en el castellano de los años 1500/1600 tenía una connotación de comunidad”, apunta.
Vale recordar que fueron unas 30 misiones, ubicadas en lo que hoy son territorios de Paraguay, Argentina y Brasil que llegaron a organizar a más de 150.000 indígenas guaraníes en su momento de esplendor.
Arqueología, arquitectura, la lengua guaraní, historia, sociología fueron las diversas materias de las ponencias que fueron desde una intervención de la antropóloga francesa Capucine Boidin, de la Universidad de la Sorbona, hasta la charla de una indígena guarayo de Bolivia.
“La provincia jesuítica fue una gran experiencia de vida religiosa, por un lado, discutiendo los matices de sometimiento o no, pero por otro lado desde la comprensión del mundo guaraní fue un resguardo ante la esclavitud. Allí surgieron expresiones excelsas del arte, en particular en la música y la parte escultórica. Santa María de Fe fue el sitio del primer gran colegio escultórico en América Latina, por ejemplo”, cita Martínez, también director del Museo Jesuítico Diocesano de esa ciudad misionera.
“Es fundamental el valor que se le dio a los modelos indígenas en una propuesta de vida social, basados en la solidaridad, en el ‘jopói’, esa expresión que implica las manos abiertas, la entrega hacia el otro, un modelo económico que sirvió para poder dar vida a las misiones jesuíticas y democrático en el sentido de lo que los líderes hacían en favor de sus pueblos. Porque un verdadero líder guaraní tenía que ir creciendo en sus cualidades para cuidar a su comunidad. Y esto mismo fue implementado en las misiones jesuíticas y la manera en que los jesuitas descubrieron ese nivel de convivencia entrelazando la religión cristiana con el misticismo guaraní son aspectos que nos tienen que llamar la atención hoy para poder proyectarnos en este siglo XXI”, considera.
EN CLAVE MUSICAL
Isabelino Martínez recuerda que la música en la tarea de brillantes maestros como Martin Schmid y Domenico Zipoli jugó un rol clave en la conjunción. “El guaraní tiene alma musical, sabe escuchar el mundo y los jesuitas rápidamente lograron descubrir esto y pudieron encontrar una forma propia que, entiendo, Enio Morricone interpreta de muy buena manera en la película ‘La misión’, donde puede verificarse aquello que decía Melià en torno a que los guaraníes también evangelizaron a los jesuitas”.
Para el padre Simón, “la producción musical en las reducciones fue importante aliada en la evangelización del pueblo guaraní. Los instrumentos eran elaborados por indígenas artesanos en los talleres de las misiones”, destaca. “El barroco guaraní es un estilo musical solemne que acompañaba las grandes celebraciones litúrgicas y procesiones. La obra literaria ‘La música en las reducciones jesuíticas’, de Guillermo Furlong (S. J.), cuenta cómo los guaraníes con los jesuitas crearon una de las escuelas de música más grandes de América en el siglo XVII”, indica.
“Las orquestas tenían violines, oboes, fagotes, arpas, órganos. Además, la obra narra sobre las composiciones de músicas inclusive por el cacique Domingo Céspedes y sobre la imprenta de la misión de San Javier, donde se imprimían las partituras”, añade.
DEFENSA MILITAR
La cuestión militar aparece como un elemento estructural, la disposición de la plaza y las viviendas rodeadas por muros de importante grosor, la elevación de torretas para campanario y avistamiento, la erección de las misiones en colinas que permitían, como en el caso de Trinidad y Jesús, una conexión visual que permitía alertar algún ataque, dan cuenta de una sofisticada estratagema militar en la concepción de estas edificaciones.
Expone Isabelino Martínez: “Tenemos que tener en cuenta que las misiones se asientan después de un largo proceso de persecución resultante de la guerra entre españoles y portugueses. Esto hace que la formación militar haya cumplido un rol muy importante para la defensa. Entonces no solo legó la fe, sino también la seguridad para los guaraníes, la seguridad de que la vida continuaba, que el mundo guaraní podía reproducirse”.
A su turno, el padre Simón cuenta: “En las reducciones había como una pequeña defensa militar para prevenir y cuidar de los ataques de los bandeirantes portugueses, los otros pueblos que no eran reducidos o para protegerse en ocasiones del propio sistema de encomienda. Antonio Ruiz de Montoya con un permiso especial de la Corona española acompañó la creación de una defensa militar debido al ataque constante de los bandeirantes en las misiones del Guairá”, recuerda.
Expone luego que constituyen “una memoria histórica donde se respira el Reino de Dios en la tierra y que para la época colonial supuso una respuesta creativa para la evangelización y la defensa de la vida de los guaraníes. Es importante visitar las misiones jesuíticas porque son parte de nuestra historia, un patrimonio de la humanidad de un modo de vida solidario. Nos puede inspirar para la creación de una nueva nación donde todos podamos tener un lugar y nos sintamos dignos en el trato y el cuidado de unos con otros”, concluye señalando.
UNA ASTRONOMÍA DESCOLLANTE
La precisión del reloj solar de San Cosme y Damián es conmovedora, así como la historia de Buenaventura Suárez, ese sacerdote astrónomo que no solo ayudó a revelar la mirada guaraní del cielo del sur, sino que pudo anticipar en años la marcha de la luna con sus telescopios desde aquella selva de ensueño de principios de los años 1700.
La ponencia de Viviana Silvia Piciulo –“Mirar al cielo desde la frontera imperial. Buenaventura Suárez y el conocimiento astronómico en las misiones jesuitas del Paraguay (siglo XVII-XVIII)”–, dada en el IV Congreso Internacional de las Misiones Jesuíticas Guaraníes, reveló datos importantes.
La historiadora recordó que Buenaventura era descendiente de Juan de Garay y que pertenecía a una élite ilustrada y que al llegar a las misiones se abocó a realizar la tarea más difícil de la astronomía en ese tiempo: “Seguir a los satélites de Júpiter”. Explicó que ese estudio del cielo era también parte de la organización de tiempo y territorio que los jesuitas fueron perfeccionando hasta su expulsión por la Corona española en 1767.
Asimismo, remarcó que con la ayuda de los artesanos guaraníes se fabricaron maravillosos instrumentos astronómicos, puliendo lentes excepcionales en las piedras de cuarzo que ofrecía la tierra.
Piciulo apuntó que “la Compañía de Jesús tuvo una infraestructura transcontinental de movilidad del conocimiento”, al explicar cómo las observaciones de Suárez en San Cosme y Damián llegaron a otros astrónomos en centros de prestigio en Madrid, Roma, San Petersburgo, Pekín, París y Upsala.
También que fue Anders Celsius, el de los grados centígrados, el que publica en Suecia los escritos sobre los satélites de Júpiter de Buenaventura que fueron “un boom editorial científico, por así decirlo”. Esa red hace posible a su vez la edición de “Lunario de un siglo” en Lisboa en 1748.
En la mirada de la científica, “América no era una receptora pasiva de ciencia desde Europa, sino que esa ciencia moderna se construyó en procesos complejos que incluyeron a los espacios misionales americanos… Ya no es cómo pudo un jesuita aislado en la selva producir astronomía de calidad, sino qué infraestructura intelectual, material y relacional hizo posible que se observara el cielo como en los grandes centros es la pregunta que nos ocupa”, expuso.
LA AGRICULTURA, FUENTE FECUNDA
La pasión jesuita por los textos es fundamental en el desarrollo agrícola. Así lo expuso el lingüista Leonardo Cerno en su ponencia “Sánchez Labrador y el manuscrito Gülich/Luján: nexos posibles”, en la que planteó la posibilidad de que la obra “El Paraguay cultivado” y las “Instrucciones familiares” (1772/76) de Sánchez Labrador se hayan basado en un manuscrito en guaraní de 1725 atribuido a Gülich/Luján.
Allí se da “una transferencia de conocimientos, un saber agrícola transmitido al agricultor en un lenguaje adaptado a los campesinos en el marco de las reducciones”, en el que se explica quiénes, cómo y cuándo plantar en un afán de “volver a los indígenas buenos agricultores”.
El texto en guaraní incorpora historias naturales de la gente, la tierra, la vida, etc., que se ven o reproducidos o imitados por la obra posterior que será de gran importancia en la evolución de los campesinos criollos, destacó el expositor.

