- David Velázquez Seiferheld
- Historiador
- Fotos: Gentileza
En este texto, que es una síntesis de la biografía intelectual de la profesora Nidia Sanabria de Romero, a ser publicada próximamente por la Universidad Iberoamericana, el autor aborda el legado de una docente visionaria que demostró que la escuela debe ser, ante todo, un espacio de inclusión y transformación social y humana.
Al conmemorarse hoy 2 de agosto el centenario del nacimiento de Nidia de los Ángeles Sanabria de Romero (1926-2023), fundadora del Taller Artístico Literario, el Colegio Iberoamericano, el Instituto de Formación Docente del mismo nombre y la Universidad Iberoamericana, es imprescindible una revisión profunda de su contribución a la educación paraguaya. Recordarla hoy es adentrarse en la vida de una mujer visionaria que demostró que la escuela debe ser, ante todo, un espacio de inclusión y transformación social y humana.
Esta frase, de una entrevista en el año 2004, sintetiza las dimensiones más importantes de su filosofía y praxis educativas: “Tengo por filosofía fomentar el cambio social y, por ende, nacional, a través de la educación permanente, dentro y fuera del aula, creando espacios y comprometiendo a la comunidad a esa acción formadora. El respeto a la vida más allá de la subsistencia, esencialmente en la educación como derecho primario, sin distinción de niveles socioeconómicos”.
Los cimientos de su vocación se forjaron en su niñez, en Carapeguá, bajo la temprana influencia de la maestra Leonarda Páez de Sánchez. Fue en el patio de doña Leonarda, convertido en el ateneo del pueblo, donde la niña Nidia descubrió su amor por el teatro y experimentó el crecimiento que proviene del potencial educativo del arte.
Sobre este momento de su niñez, esencial para el surgimiento y consolidación de su doble vocación de artista y maestra, nuestra autora recuerda, en su cuento “Velada”, de 1984: “Doña Leonarda era la gran maestra que con paciencia modelaba nuestra voz, nuestro gesto, nuestra manera de ser (…). Todas las tardecitas nos encontrábamos en la casa de “nuestra maestra” para penetrar en el mágico mundo del arte, ese mundo que nos maravillaba cada vez más, porque nuestra guía sabía conducirnos con la expectativa propia de encontrarnos con lo que imaginábamos y algo más para seguir soñando (…). Su hogar fue nuestro Ateneo, el salón de espectáculo del pueblo. Allí llegaban elencos artísticos de Asunción para hacernos gustar del teatro y música (…)”.
EDUCACIÓN ARTÍSTICA
Años después, en 1997, Nidia Sanabria de Romero también se refirió a la trascendencia fundamental que tuvo aquella maestra y aquella temprana educación artística, no formal diríamos hoy, en su vida y su trayectoria profesional: “(…) éramos las artistas improvisadas de una maestra que le gustaba el teatro y formábamos parte de ese elenco teatral (…). De esa manera, entonces, lo trasladé como docente en las escuelitas en que me tocó trabajar y me hizo diferente a las otras maestras, porque no era solamente la exigencia o el miedo al examen lo que nos iba a unir con los alumnos, sino otras cosas que sean comunes en ellos. Y como la sensibilidad es una cosa humana tan importante, los niños perciben (desde chiquitos) por la piel, por los ojos, lo que es bello, lo que es alegre, lo que les gusta”.
La influencia familiar fue también significativa, ya que sus padres apoyaron esta temprana incursión teatral, a la cual además sumaron clases de piano. Su sensibilidad artística se potenció aún más ya en su juventud, al graduarse con honores del magisterio y el profesorado normalista, en 1947.
De esta rigurosa formación, Sanabria heredó un espíritu emprendedor, educativo, cívico y cultural del normalismo, convencida de que el rol docente no debía limitarse a la simple instrucción en el aula, sino extenderse a la formación integral del ciudadano, objetivo para el cual todo docente debía protagonizar la vida de comunidades, pueblos y ciudades en sus diversos ámbitos. Su acción educativa temprana no se limitó a la dirección de la Escuela de su ciudad natal, cargo que asumió apenas egresada del curso de magisterio. En su misma ciudad promovió la creación de comisiones vecinales, como vehículos de “actividades recreativas y de integración familiar y social con el arte y el deporte como vehículos eficaces de esa integración que tendía a fomentar la participación extraescolar de la sociedad”.
Precisamente, la convicción sobre el valor educativo del arte le impulsó a fomentar iniciativas pedagógicas en esa línea. Para ella, el cuento, la dramatización y la expresión artística no eran actividades circunstanciales ni limitadas al goce estético, sino poderosos recursos metodológicos y didácticos, y fines en sí mismos. Esto quedó plasmado en su prolífica labor en el teatro, la literatura y en la explícita intencionalidad pedagógica de sus libros de cuentos y poemas infantojuveniles, que utilizaba para enriquecer la vida interior de los niños.
PEDAGOGÍA DEL LUGAR PÚBLICO
Asimismo, su visión trascendió las paredes de los edificios escolares mediante lo que hoy podríamos caracterizar como una verdadera pedagogía del lugar público, anticipándose a la pedagogía urbana e, incluso, al relevante informe de Édgar Faure, “Aprender a ser”, publicado por la Unesco en 1972, en el que se sistematiza por primera vez el concepto de la ciudad educadora. A lo largo de toda su trayectoria docente y artística, se apropió del espacio público para democratizar la cultura desde la educación: organizó “Domingos de arte”, lecturas de cuentos, teatro y actividades lúdicas que tomaron las calles, plazas, parques y atrios.
Para la maestra, ocupar el espacio público, común, con fines pedagógicos, era vital para tejer un vínculo estrecho entre el ciudadano, el arte, la escuela y el aprendizaje. En el educando, se convertía en un instrumento para el desarrollo de capacidades y habilidades como imaginación, creatividad, técnicas artísticas, autoestima, así como de convivencia, respeto, cooperación, conciencia del espacio común. En fin, ciudadanía, haciendo real el concepto de educación expandida.
Quizás su batalla más loable fue la instauración de una educación inclusiva. En una época donde el sistema educativo era rígido y expulsivo, ella superó valientemente el paradigma segregacionista de la educación especial. Para acoger a quienes no encajaban en los modelos tradicionales, estableció estrategias innovadoras de aprendizaje tanto formales como no formales, desde clases de apoyo hasta el emblemático Taller Artístico Literario, fundado en 1972, pasando por academias y clubes con distintas finalidades (artísticas, literarias, históricas, científicas), destinados a integrar y potenciar las diversas capacidades de niños y jóvenes que la sociedad marginaba. El suceso profesional y personal de los egresados del Colegio Iberoamericano quizás sea la mejor expresión del éxito de esta desafiante experiencia pedagógica.
Una adecuada conceptualización de la visión inclusiva de Nidia Sanabria de Romero, y su importancia histórica para la educación paraguaya, se refleja en las siguientes palabras del destacado artista Toni Roberto, quien pasó por las aulas del Colegio Iberoamericano: “Todos aquellos ‘adolescentes problema’ de esas décadas, que pasaron por sus aulas en el legendario Ibero, fueron encaminados uno a uno por ella, llegados de una educación expulsiva que no comprendía los retos de la contemporaneidad que ella sí asimiló, cuando no se hablaba de una educación inclusiva y del aprendizaje desde las diferencias”.
“RIGOR Y DULZURA”
En el trato diario, su actitud magisterial se definía por una fórmula que ella misma exigía a sus docentes: la combinación de “rigor y dulzura”. La dulzura se traducía en paciencia, empatía y esperanza, mientras que el rigor aportaba la disciplina y fortaleza necesarias para formar individuos capaces de enfrentar los desafíos de la vida.
Finalmente, el motor que impulsó cada una de sus obras fue el profundo humanismo de su pedagogía del amor. En el modelo educativo de Nidia Sanabria de Romero, los programas académicos quedaban en un segundo plano frente a lo verdaderamente importante: el ser humano y su inalienable dignidad como centro absoluto y razón de ser de todo el proceso educativo.
A cien años de su nacimiento, revisar su legado nos permite no solo examinar las ideas de calidad y excelencia educativa a la luz de sus iniciativas pedagógicas, sino que, además, permite reivindicar para estas el haber nacido a la luz de la reflexión y la praxis situadas, es decir, basadas en la observación y un profundo conocimiento de la realidad. Su apropiación del contexto, su comprensión, permitió a Nidia Sanabria de Romero construir una pedagogía situada en la que la mediación pedagógica transformó los elementos socioculturales y ambientales (especialmente los espacios públicos) en espacios al servicio de la intencionalidad educativa.

