• David Sánchez
  • Fotos: Gentileza

Con 35 hoteles (12 de cinco estrellas), 125 restaurantes, 400 km de pistas y una clientela 60 % extranjera, este pueblo de la Alta Saboya es mucho más que un destino de esquí: es un universo donde conviven ciencia, arte, gastronomía y patrimonio arquitectónico único.

Megève no es solo un pueblo francés. Es un ecosistema alpino donde el lujo discreto se funde con la tradición savoyarda, donde la vanguardia arquitectónica de los años 30 convive con la ciencia de los premios Nobel y donde la gastronomía alcanza cotas que rivalizan con las mejores capitales europeas.

Ubicado en el corazón de la región Evasion Mont-Blanc, a solo pasos del Mont Blanc –el techo de Europa–, este destino recibe cada año a miles de visitantes internacionales que buscan algo más que esquí: buscan una experiencia total.

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Con 400 km de pistas y una altitud máxima de 2.487 metros, Megève ofrece uno de los dominios esquiables más extensos y prestigiosos de los Alpes.

Pero su atractivo no se limita al invierno. En verano, las mismas pistas se transforman en senderos para caminar, hacer mountain bike o simplemente contemplar paisajes que quitan el aliento. El pueblo cuenta con 35 hoteles –12 de ellos de cinco estrellas–, 125 restaurantes y bares, y más de 37.900 camas turísticas.

Hay 19 centros de wellness, un casino, 2 pistas de patinaje sobre hielo y hasta 12 carruajes tirados por caballos que recorren el centro peatonal, donde 143 tiendas y galerías de arte atraen a una clientela 60 % extranjera.

Pero detrás de estas cifras impresionantes, Megève esconde capas de historia, arte y cultura que merecen ser exploradas con calma.

1. EL PUEBLO PEATONAL: UN ESCENARIO ATEMPORAL

El corazón de Megève late en su centro peatonal, donde edificios de arquitectura tradicional savoyarda se mezclan con boutiques de lujo y galerías de arte.

Aquí, el tiempo parece detenerse mientras las campanas de la iglesia marcan el ritmo de un pueblo que ha sabido crecer sin perder su alma. Es el lugar perfecto para observar cómo la modernidad y la tradición conviven en armonía.

2. PIERRE MARGARA: EL ESCULTOR QUE DESNUDA EL ALMA DEL BRONCE

En el Espace d’Arts moderne et contemporain Edith Allard, el escultor Pierre Margara –Caballero de las Artes y las Letras– presenta L’intuition des Cimes, una retrospectiva que celebra más de 50 años de residencia en Megève. A sus más de ochenta años, Margara defiende la talla directa, la intuición y la emoción humana frente a la era de los algoritmos.

“Un escultor de talla directa es como un actor de teatro: no tienes derecho a fallar”, explica el artista mientras observa sus moldes de bronce. Su obra, que incluye monumentos como el Memorial a las víctimas del túnel de Mont Blanc, es un testimonio de que el arte verdadero trasciende el tiempo. Recientemente, celebró su cumpleaños invitado por Emmanuel Renaud, chef del Flocon de Sel (tres estrellas Michelin), quien cocinó para los líderes del G7 en Evian.

3. ADRIANA MUFFAT JEANDET: EL RESCATE DE LA VANGUARDIA ALPINA

La artista y fotógrafa Adriana Muffat Jeandet ha tejido un puente entre el pasado y el presente con Faire Montagne, una exposición monumental que rinde homenaje al arquitecto Henri-Jacques Le Même. Cuando Le Même llegó a Megève tras la Primera Guerra Mundial, solo había granjas oscuras con ventanas minúsculas.

Una dama Rothschild, buscando aire de montaña, se negó a ir a Suiza y eligió este rincón francés. Con ella llegó la alta sociedad y la necesidad de un nuevo hábitat.

Le Même inventó entonces el “chalet del esquiador”: planta baja de piedra para los esquís, piso intermedio de hormigón armado con grandes ventanales para aprovechar la luz, y último piso de madera para dormitorios.

De los 200 chalets que construyó a lo largo de su casi centenaria vida (y de los 1.000 proyectos que firmó), apenas 50 permanecen en su estado original. La exposición de Muffat Jeandet, con 22 paneles a lo largo de la Montée du Calvaire, es una oportunidad única para redescubrir este patrimonio olvidado.

“Le Même se preguntó cómo hacer para que sus edificios ‘fueran montaña’ sin traicionar a sus clientes. Nosotros seguimos haciéndonos la misma pregunta”, admite la artista, cuya fotografía minimalista en blanco y negro se está convirtiendo en un archivo fúnebre de la nieve que desaparece.

4. LOS JOLIOT-CURIE: LA CIENCIA EN LA CIMA

El Museo Curie presenta la exposición De científicos en la cima. Irène y Frédéric Joliot-Curie en Megève (1925-1931), un recorrido íntimo por las estancias del matrimonio que ganaría el Premio Nobel de Química.

A través de fotografías y archivos, se revela un aspecto poco conocido de su biografía: entre el esquí, la montaña y su círculo de amigos del Instituto del Radio, los Joliot-Curie encontraron en Megève un espacio donde ocio y ciencia se entrelazaban.

5. LA FERME DU GOLF: AUTENTICIDAD SAVOYARDA CON SERVICIO ROTHSCHILD

Para una experiencia auténtica, La Ferme du Golf en el Mont d’Arbois es la elección perfecta. Esta auténtica granja savoyarda, con solo 18 habitaciones, combina el encanto de una casa de familia con el servicio del grupo Edmond de Rothschild Heritage.

Ubicada frente a las pistas, cuenta con ski-room directo para salir con las botas puestas, sauna, bar con after-ski y vistas panorámicas espectaculares sobre Megève y el valle. Es el equilibrio perfecto entre tradición y lujo discreto.

6. PULPO DORADO EN LA TABLE DES COCHERS

La gastronomía es uno de los pilares de Megève, y La Table des Cochers lo demuestra con su tentáculo de pulpo dorado con mantequilla noisette, puré de maíz y chermoula.

Un plato de ejecución impecable donde la intensidad tostada del pulpo dialoga con la suavidad dulce del maíz, mientras la chermoula aporta frescor y complejidad especiada. Es cocina refinada de montaña contemporánea: sabrosa, precisa y pensada para disfrutarse sin prisas.

7. MOUSSE DE CHOCOLATE CON PAPRIKA AHUMADO EN 45 LA BONNE LATITUDE

El postre estrella de 45 La Bonne Latitude es su mousse au chocolat con crumble de paprika ahumado, crème montée y aceite de oliva. Un final elegante donde la intensidad del cacao se equilibra con la ligereza de la nata y el toque graso del aceite de oliva.

El crumble aporta una nota ahumada y ligeramente picante que rompe la dulzura clásica, creando un contraste moderno y muy agradable en boca. Imposible no pedir bis.

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