Desde el 11 de junio último en Canadá, Estados Unidos y México se disputa el Mundial FIFA 2026. Casi con exclusividad los canales informativos en todos los soportes priorizan la cobertura del megaevento que cada cuatro años parece capturar la atención global.
- Por Ricardo Rivas
- Periodista
- X: @RtrivasRivas
Se asegura que 1.200 millones de personas vieron la ceremonia inaugural que se desarrolló en el Estadio Azteca de ciudad de México. La matemática pone claridad. Sobre unos 8.200 millones de habitantes en la aldea global, poco más de un octavo del total sintonizaron la iniciación. El dato podría adquirir mayor trascendencia si aquel número lo contrastáramos contra unos 5.350 millones que son quienes se calcula que tienen conectividad y acceso a la Internet. En ese caso, el inicio del Mundial FIFA 2026 lo vio casi un cuarto de los eventuales conectados. La significación del número. Dicho esto, para unos 2.870 millones de personas –por las razones más diversas– desconectadas, la copa del mundo es algo lejano, ajeno y, por qué no, desconocido.
Se estima que en lo que corre de la gran competencia poco más de 14 millones de camisetas de las escuadras de México, España, Brasil, Inglaterra y Alemania se vendieron en los países anfitriones y, hasta el partido final, coincidentes proyecciones dan cuenta que ingresarán a la organización unos 4.100 millones de dólares por la comercialización de esos recuerdos. Se dice que –hasta cuartos de final– 6,25 millones de espectadores concurrieron a los distintos estadios donde se disputaron los partidos que, en promedio, tuvieron una ocupación de 99,7 % del total de butacas disponibles. La información cuantitativa apabulla.
Mientras, “el mundo sigue andando”, como cantaba don Carlos Gardel desde 1933. En tiempos de inteligencias artificiales, al parecer, la filosofía vuelve a los primeros planos en las búsquedas de profesionales entre algunas de las más exitosas tecnológicas que incubaron –con yerros y aciertos– en el Valle del Silicio. Unos pocos días atrás el periodista Benjamin Wallace -en The New York Times- reveló que “los laboratorios de IA están contratando a sabios inconformistas” y, en ese contexto, menciona a David Chalmers, Dillon PLunkett, Rosie Campbell y Robert Long, licenciados en filosofía, como parte de los expertos y expertas cuyas prestaciones requieren esos conglomerados porque “encajan en una tendencia que se está consolidando discretamente (porque) los laboratorios de IA, y las organizaciones sin fines de lucro relacionadas con ellos” los contratan.
Como suscriptor del NYT el último 7 de junio supe que David Chalmers, profesor de filosofía en la Universidad de Nueva York (NYU), dijo creer que “en este momento la demanda de filósofos con formación en IA está, de hecho, superando la demanda”. No me sorprende. De hecho, en la tapa del libro titulado “La República Tecnológica”, sus autores –Alexander C. Karp y Nicholas W. Zamiska, confundadores de Palantir Technologies– desarrollan y presentan en sociedad una propuesta política que les es propia a la que definen como la construcción de un modelo de “poder duro, (y) pensamiento débil” sobre el que desarrollan “el futuro de Occidente” al que –después de leer las trescientas quince páginas del texto– intuyo que lo imaginan (¿y proyectan?) como un viaje de regreso al Estado-nación y debilitamiento del multilateralismo.
Con claridad, sin eufemismos, Karp y Zamiska –inmediatamente después del prefacio– enuncian que “Silicon Valley ha perdido el rumbo”. Seis acotadas palabras, apenas treinta y cuatro caracteres con espacios, para desarrollar y proponer –como estrategia política– la idea del economista Thomas Schelling (1921-2016), Premio Nobel de Economía 2005 junto con su colega matemático Robert J. Aumann (96), quien sostiene que “el poder de hacer daño es poder de negociación” y, desde esa base conceptual (y dañina) prescribe que “explotarlo (ese poder) es diplomacia; diplomacia cruel, pero diplomacia”. Siento que graduadas y graduados en filosofía –inesperadamente– serán convocados y se les asignará un rol sustancial en la nuevas Ágoras virtuales. Tal vez, los grandes modelos de lenguaje (LLM, por su sigla en inglés) que las IA aplican para intentar comprender las interacciones humanas, para procesarlas y generar con ellas nuevas operaciones lingüísticas comienzan a encontrar escollos inesperados para los desarrolladores que procuran dilucidar operativamente las redes neuronales con las que entrenan a los algoritmos para que interactúen con textos, audios, imágenes y vídeos para generar nuevos contenidos.
IMITAR LA INTELIGENCIA
Claramente y desde una simple perspectiva humana y fisiológica, el proceso de comunicación entre las neuronas –la sinapsis– no aparece hasta hoy como posible de imitar como lo procuran analistas e investigadores de este tipo de sistemas. Con las IA me explican relevantes investigadores que prefieren preservar sus identidades, “no se reproducen todavía procesos de sinapsis química ni eléctrica como los que se verifican en las y los humanos”. Filósofos y filósofas aparecen como imprescindibles entonces para dar los pasos que siguen y seguirán para avanzar en este tipo de desarrollos. La creación y realización de ejercicios de imaginación moral en procura de alternativas éticas (y resilientes) ante situaciones dilemáticas, conflictivas y/o educativas serán algunos de los diseños investigativos que deberán abordar esos profesionales de las ciencias sociales. No son tareas menores.
Tecnologías e ideologías no parecen ser suficientes para imitar la inteligencia natural porque cada decisión humana inteligente estuvo, está y estará sesgada por la cultura. De hecho –y a modo de ejemplo– una docena de años atrás en la película titulada “The imitation game” –también llamada “Código enigma”– formidable producción estrenada el 28 de setiembre de 2014, el cineasta Morten Tyldum, su director, nos introdujo en las investigaciones que el matemático Alan Turing (1912-1954) desarrolló durante la Segunda Guerra Mundial para dilucidar el lenguaje que utilizaban las máquinas con las que las que las fuerzas del nazismo encriptaban los mensajes con los que ordenaban atacar convoyes aliados en el mar. “Juegos de imitación (Imitation games)”, como tituló Tyldum aquella producción se alzó con un Premio Oscar al mejor guion. “Una máquina es diferente de una persona. Por lo tanto, piensa de una manera diferente (y) nuestros cerebros piensan de manera diferente”, responde en un pasaje del filme Turing (Benedict Cumberbatch), cuando un policía le pregunta: “¿Podrían las máquinas pensar como los seres humanos?” Hoy falta faltan seis días para que finalice el Mundial FIFA 2026. Solo tres encuentros para conocer que selección se llevará el trofeo y cincuenta millones de dólares a casa. Mi corazón estuvo con la Albirroja y con la Albiceleste. Cientos un encuentros quedaron atrás hasta este domingo. Hasta la tarde del viernes pasado los futbolistas convirtieron doscientos ochenta y tres goles. Catorce de ellos –sobre un total de veinte– desde el punto penal. Seis de esas oportunidades para convertir fueron malogradas. Dos de ellas por Lionel Messi (39), de Argentina; y una por Kyllian Mbapé (27), de Francia. Curioso, por cierto. Porque son ellos quienes lideran (también hasta el viernes) la nómina de los goleadores con ocho conversiones cada uno. Detrás se alinean el noruego Erling Haaland (25), con siete; el británico Harry Kane (32), con seis; y el francés Ousman Dembélé (29), con cinco… También hasta el amanecer del pasado viernes catorce futbolistas fueron expulsados del campo de juego con tarjeta roja. Notable aumento. En 2018 y 2022, cuando disputaron en Rusia y en Catar, los árbitros solo exhibieron cuatro rojas en cada uno de esos campeonatos. Aunque, de este Mundial quedará para siempre en la historia que a uno (exclusivamente uno) de los deportistas sancionados con la máxima penalización –Folarin Jerry Balogun (25), centrodelantero del seleccionado de los Estados Unidos– fue indultado porque el presidente norteamericano Donald Trump (80) se lo pidió (¿exigió?) al titular de la FIFA, Gianni Infantino (56). El propio mandatario hizo público el asunto. Millones de opiniones negativas oscurecieron por algunos días el cielo del planeta fútbol. Legalidad y legitimidad puestas en duda.
LAS MÁQUINAS BÉLICAS
“El deporte más popular ha dejado de ser del pueblo, como lo dijo alguien, y se lo ha apropiado ‘por usucapión’ una élite de dirigentes que se han vuelto multimillonarios y totalitarios a costa del mismo”, afirma enfáticamente el colega periodista, jurista, académico y amigo José María Pepe Costa (https://pepecosta.home.blog/2026/07/10/es-solo-futbol-pero-tambien-negocio-y-poder/). Los sistemas de medios –públicos y privados– de nuestra tan maltratada aldea global dan cuenta de todo estoy y mucho más. Por momentos pareciera que –en algunas regiones– no pasa más que el Mundial FIFA 2026 que, desde algunos años va más allá –en atracción– de los y las consumidoras masivas de deportes en Europa y las Américas con la presencia de formaciones africanas. Sin embargo, “el mundo sigue andando”. Y las maquinarias bélicas no se detienen. Ucrania, Israel, Irán, Líbano, Gaza, el estrecho de Ormuz continúan en llamas. Otros conflictos invisibilizados como los que suceden desde largo tiempo y varios Mundiales FIFA en Sudán, en el África Subsahariana, en Burkina Faso, en el Sahel tampoco cesan. En los últimos treinta días, estima ACLED, sigla en inglés del Proyecto de Datos sobre Ubicación y Eventos de Conflictos Armados (https://acleddata.com/) “aunque no existe (aún) una cifra única oficial, las estimaciones globales de las distintas agencias de monitoreo sugieren que varios miles de personas (tanto combatientes como civiles) han perdido la vida (fueron asesinadas) en situaciones de conflicto armado”. No escasean las lideresas y líderes de lo efímero que justifican cada misil (cada asesinato, cada recorte de las libertades que durante décadas supimos conseguir), cada atropello y, para hacerlo, farfullan sobre patria, grandeza, moral, creencias, descreencias. ¡Uff! Conjuras de necios, matrices mediáticas o… agenda setting o… framing (encuadre) o… explicaciones absurdas, hegemonías o mediatizaciones. Llámalas como mejor te plazca, pero… “El mundo sigue andando”.
Para la parca –caracterizada como ejércitos regulares, organizaciones de combatientes irregulares, mercenarios, operadores de drones, asesinas y/o asesinos varios a distancia o de cercanía– pareciera que no existen las tarjetas rojas, ni amarilla, ni el VAR (Árbitro Asistente de Vídeo, por su sigla en inglés), ni un árbitro que tenga fuerza suficiente y voluntad para la pitada final. Nada nuevo. Sin embargo, preocupa que todavía que haya quienes se autoperciben grupalmente como élites y, desde ese lugar, tengan la convicción de que no solo el fútbol, –por debajo o por arriba de la mesa– todo puede ser deseable, posible y, por sobre todo, rentable. ¿Legitima la rentabilidad? No lo creo. ¿Por qué habría de ser así? Una muerte –solo una muerte– desde donde quieras mirarla es una tragedia.
“EKECHEIRIA”
Aunque el Mundial FIFA 2026 (aún en desarrollo) o muchos otros mundiales en la imaginación de muchas y muchos pretendan que opere o haya operado como un indeseable o imperdonable distractor por encima de millones de corazones futboleros, es preciso que sepan que no alcanzarán ese objetivo imposible porque millones saben que un mundo mejor, siempre es posible. “I see trees of green, red roses too / I see them bloom for me and you / And I think to myself / What a wonderful world…” La voz aguardentosa de Louis –aquel “enormísimo cronopio”, como decidió categorizarlo Cortázar (Julio [1914-1984], periodista y escritor) en París, en 1952– suena en mis oídos. Siento que desde largo tiempo canta, con esperanza, con ilusión, para que un puñado de necias y necios poderosos que decidieron ignorar, no ver y avanzar monetizando cada minuto de la vida cotidiana, reflexionen. Que entiendan que “el poder de hacer daño…”, es inaplicable.
En la Antigua Grecia, cuando se disputaban los Juegos Olímpicos, las guerras cesaban. Se aplicaba la “ekecheiria” (tregua) para que “los atletas, artistas, y sus familiares, así como los peregrinos, supieran que podían viajar en total seguridad para participar de las competencias y luego regresar a sus respectivas polis”, me explicó en mayo 2023 un alto funcionario de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en Nueva York. La paz es el único golazo que no sucedió.

