El modo en que usamos el celular en la actualidad afecta nuestro cerebro, nuestra comprensión de las cosas, de la vida, y moldea de alguna manera nuestro cerebro. Perdemos a veces el hilo del significado de los acontecimientos y nos cuesta adaptarnos a un mundo real donde la vida es más lineal, donde los procesos llevan tiempo.

  • Por Raúl Manuel Nieto
  • Psicólogo

Nuestra especie siem­pre ha tenido una cualidad única: la capacidad de habitar un mundo inventado y com­partido. Desde la revolución cognitiva, los seres humanos coordinamos nuestras vidas a través de narrativas y fic­ciones colectivas —como las leyes, las naciones o el valor del dinero— que requieren de una mente secuencial para sostenerse en el tiempo. Esta arquitectura mental se forjó históricamente al ritmo de los libros, un formato que estructuraba el pensamiento de forma lineal, permitiendo la reflexión profunda y la con­solidación de la memoria.

Sin embargo, hoy asistimos a una veloz mutación bioló­gica y cultural. El teléfono inteligente y, muy especial­mente, la dinámica del scroll infinito están alterando la neuroplasticidad de nues­tros hijos. Como advierten expertos como Nicholas Carr, el cerebro adolescente está debilitando los circuitos de la concentración profunda y potenciando los de la multi­tarea superficial. El resultado es lo que los clínicos denomi­nan “atención puntillista”.

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EL MOSAICO DE LA MENTE DISPERSA

Inspirada en la conocida corriente pictórica, la atención puntillista transforma la realidad en una veloz suce­sión de puntos atómicos e inconexos. En las pantallas, un video humorístico de diez segundos es seguido de inmediato por una tragedia bélica, un anuncio de moda o un baile viral. Al carecer de orden causal, el cerebro recibe descargas intermiten­tes de dopamina sin procesar conceptualmente nada. La memoria de trabajo colapsa y la información se evapora antes de pasar al almacén de largo plazo.

Las alarmas estadísticas saltaron hacia el año 2012, coincidiendo con la masifi­cación de los smartphones y las redes sociales. Psicó­logos como Jonathan Haidt y Jean Twenge documentan desde entonces un declive sin precedentes en la salud men­tal de la llamada generación iGen. Pasamos de una infancia basada en el juego libre a una infancia enclaustrada en el teléfono. Esta transición pro­voca privación de sueño y un aislamiento social crítico. Al carecer de interacciones sín­cronas presenciales —donde operan las neuronas espejo, motores biológicos de la empa­tía—, el desarrollo social se ve seriamente alterado.

EL IMPACTO EN LA IDENTIDAD Y EL AMOR

El principal riesgo de esta fragmentación cognitiva es que coloniza la propia iden­tidad, dando paso al “Yo-Mo­saico”. Al perder el sentido de historicidad, a los jóvenes les cuesta unir sus vivencias en un relato coherente; viven en un eterno presente. Esto genera el síntoma del “chispo­rroteo emocional”: una ansie­dad difusa provocada por un procesador mental traba­jando al cien por cien de su capacidad, pero saturado de estímulos contradictorios flotando sin un programa con sentido. Incluso la inti­midad se altera. El consumo masivo de estímulos rápidos acostumbra al cerebro a una “sexualidad algorítmica”. El encuentro real con otro ser humano genera entonces frustración porque el cuerpo físico es irremediablemente “lento”: no tiene edición, no permite hacer fast-forwardni cambia de escenario con un solo clic.

¿CÓMO PODEMOS AYUDAR DESDE CASA?

Frente a este escenario, los padres no deben imponer un ascetismo radical, sino actuar como un “ancla analógica”. Inspirándonos en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), existen pautas clave para reconfigurar el día a día:

1. Tratar la mente como un algoritmo: ayude a sus hijos a entender que los impulsos y el miedo a perderse algo, son solo “notificaciones menta­les” enviadas por el cerebro para capturar su atención. Enséñeles que, al igual que en una aplicación, ellos son los usuarios y pueden elegir hacer scroll mental y dejar pasar ese pensamiento sin obedecerlo.

2. Entrenar la tolerancia al aburrimiento: el smar­tphone suele usarse como un bálsamo inmediato contra el vacío experiencial. Es fun­damental pactar micro-me­tas en casa (como comer sin pantallas o dejarlas en modo avión 30 minutos al llegar) para que aprendan a habi­tar los ritmos pausados del mundo físico.

3. Tejer con el “hilo dorado”: el antídoto a la fragmentación son los valores genuinos (la lealtad, la familia, el deporte o el arte). Los valores no cam­bian según las tendencias de internet. Ayudar a nues­tros hijos a identificar lo que de verdad les importa actúa como un hilo conductor esta­ble, dándole sentido, direc­ción y abrigo a sus vidas en un entorno cada vez más virtual.

*Basado en su ensayo “El Con­sultante Puntillista: Recons­truyendo la Identidad en el Mundo Imaginario Digital”

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