A medio siglo de la mítica operación Entebbe, Shay Gross, el rehén más joven del histórico secuestro en Uganda con solo seis años, revive en primera persona el terror y el milagro de su liberación.
- Por Juan Carlos Dos Santos
- Fotos: Oren Cohen
El sábado 4 de julio se cumplió exactamente medio siglo de una de las hazañas militares más audaces del siglo XX: la operación Entebbe. El 4 de julio de 1976, comandos de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) recorrieron más de 4.000 kilómetros en un vuelo furtivo hasta Uganda para liberar a los pasajeros del vuelo 139 de Air France, secuestrado por terroristas palestinos y alemanes. Entre los rehenes se encontraba Shay Gross, quien tenía apenas seis años. Hoy, al conmemorarse el 50.º aniversario de aquel suceso, su testimonio en primera persona revive el terror de la captura, la angustia de la espera y el milagro de una salvación imposible.
DEL VIAJE SOÑADO AL HORROR EN EL AIRE
El destino original de la familia Gross era Los Ángeles, donde sus padres trabajarían como maestros. En una época sin vuelos directos, la ruta incluía escalas en Tel Aviv y París. Para el pequeño Shay, subir al avión era una aventura, pero la ilusión se transformó en pesadilla tras despegar de la escala intermedia.
“Recuerdo que mi mamá estaba jugando conmigo. De repente, escucho gritos. Veo a los terroristas alemanes corriendo por los pasillos con pistolas y granadas”, rememora. Ante sus preguntas, su madre desnudaba la total incertidumbre: “Shay, no lo sé”.
Los secuestradores ordenaron a los pasajeros sentarse con las manos en la nuca y las ventanillas cerradas. Para evitar rebeliones, separaron a los niños. “Mi mamá me metió debajo de su falda, pero un cuarto de hora después se la llevaron a ella también. Me quedé completamente solo. Fue un miedo paralizante”.
UN CUMPLEAÑOS ENTRE CARAMELOS Y EL TEMOR A LA MUERTE
Tras reabastecerse en Nairobi, el avión aterrizó en Entebbe, Uganda, bajo la complicidad del dictador Idi Amin. “Ahí comenzó la semana más difícil de mi vida”, afirma Shay. La tensión era extrema; recuerda ver cómo golpeaban a un científico secuestrado. En ese panorama, el 2 de julio, Shay cumplió seis años. Su madre rescató un fragmento de normalidad: “Celebré mi cumpleaños allí con unos caramelos toffee que ella tenía”. Debido a esto, hoy celebra su nacimiento tres veces al año: en la fecha hebrea, el 2 de julio y el 4 de julio, día de su liberación.
Con los días, la esperanza se desvanecía. “El viernes, en vísperas de Shabat, mi mamá nos llevó a mi papá y a mí hacia la ventana. Miró dos estrellas y encendió unas velas improvisadas. Mis padres comenzaron a llorar. Al crecer, entendí la verdad: ellos sabían que íbamos a morir allí. Nadie soñaba que alguien vendría desde 4.000 kilómetros a buscarnos”.
EL ASALTO Y EL “MILAGRO” DE LA ÚLTIMA PALABRA
La noche del sábado 3 de julio, la acción militar se puso en marcha. Michel Bacos, el capitán francés que se negó a abandonar a los pasajeros judíos, había advertido al padre de Shay que se refugiaran en una oficina adyacente si algo ocurría.
“Me desperté con el sonido de los disparos. Sonaba como si miles de botellas se rompieran al mismo tiempo”, relata Shay. Escondidos y aislados, no escucharon los megáfonos del comando israelí ordenando tirarse al suelo. Convencidos de que los terroristas venían a ejecutarlos, sus padres tomaron una decisión extrema: “Me acostaron en el suelo, me pusieron un colchón encima y mi padre se acostó sobre mí como escudo. Se despidieron recitando el Shemá Israel y me besaron. Yo temblaba”.
Minutos después, los disparos disminuyeron y su padre entreabrió la puerta. Al otro lado, un soldado israelí apuntaba con una linterna táctica. “Mi padre reaccionó y le gritó: ‘¡Israel, Israel!’. Eso nos salvó en el último segundo”.
LAS SECUELAS INVISIBLES
El soldado que entró era Amir Dialoach. Tomó al niño en brazos, lo cubrió con una manta para que no viera los cuerpos ni la sangre en los pasillos, y lo llevó al avión de evacuación. “Hasta hoy nos mantenemos en contacto. Hace diez años nos encontramos, nos abrazamos y me confesó que yo le había mordido la mano con fuerza debido al estrés”, revela Gross. El regreso a la normalidad no fue sencillo. “Mis padres regresaron al trabajo al día siguiente, pero yo no podía dormir en la oscuridad. Tuve problemas de habla y pesadillas por muchos años. Soy el único de los rehenes reconocido oficialmente por el Ministerio de Defensa como afectado de guerra por el trauma sufrido”.
LA INTRAHISTORIA POLÍTICA: LA FURIA DE PERES
Años más tarde, Gross mantuvo una estrecha relación con el entonces ministro de Defensa, Shimon Peres, quien le confesó la trastienda política de la operación.
“Peres me confesó que el verdadero motor para presionar por la opción militar fue enterarse de la selección”, explica Gross, refiriéndose al momento en que los terroristas separaron a los pasajeros judíos del resto. “Peres se enfureció y dijo: ‘Es la segunda vez en la historia que se le hace una selección a los judíos; una vez en el Holocausto y ahora otra vez aquí. Tenemos que hacer una operación’”. Peres presionó al estamento militar, que veía la misión como una locura por la falta de inteligencia táctica. “Hubo muchos milagros y decisiones valientes por parte de Rabin y Peres para actuar por los nuestros”, reflexiona Shay.
La hazaña dejó héroes como Yonatan Netanyahu (hermano del actual primer ministro), líder del asalto y único comando fallecido, cuyo nombre lleva hoy el hijo menor de Shay Gross. A 50 años de aquella gesta, las palabras de Shay resuenan como un recordatorio del valor inquebrantable de una nación por no abandonar a sus ciudadanos y del trauma imborrable que la violencia deja en los ojos de un niño.

