• Gonzalo Cáceres
  • Periodista
  • Fotos: AFP / Gentileza

El mundo se topa con viejos fantasmas. Los incendiarios discursos autoritarios resurgen con fuerza en distintos puntos del globo, amplificados por las redes sociales, al apelar a la frustración generalizada y prometiendo soluciones mágicas a problemas complejos. Como en los capítulos más oscuros del siglo XX, actualmente pululan los nacionalismos que dividen, populismos que polarizan y las campañas que proyectan enemigos internos y externos.

La democracia enfrenta un dilema: ¿hasta dónde se puede tolerar la intolerancia? En este contexto, el filósofo, politólogo y docente austriaco –nacionalizado británico– Karl Popper abordó la cuestión en su obra “La sociedad abierta y sus enemigos (1945)”.

“La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada incluso a aquellos que son intolerantes… entonces los tolerantes serán destruidos y la tolerancia con ellos”, escribió.

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La frase plantea lo siguiente: ¿cómo defender la democracia sin caer en la ingenuidad de tolerar a quienes intentan destruirla? Popper, quien vivió en carne propia el ascenso y descenso del nazismo y del comunismo, afirmó que la “sociedad abierta” debía entenderse como un espacio donde las ideas “pudieran discutirse libremente”, sin que “ninguna doctrina fuera intocable”.

Karl Popper sostenía que cuando la intolerancia recurre a la agresión o busca suprimir el debate, la sociedad está en su derecho de poner límites

La clave de semejante nivel de comprensión está en la crítica racional: las personas merecen respeto por su dignidad, pero “las ideas deben estar siempre bajo examen”, lo que desvirtúa la confusión de crítica con agresión. Sí, se puede rechazar una ideología intolerante sin deshumanizar a quienes la sostienen.

PARADOJA

Y aquí aparece la paradoja: si damos espacio “sin límites” a quienes promueven odio, polarización y exclusión, corremos el riesgo de que la tolerancia misma desaparezca. La historia lo demuestra.

Hoy, en pleno siglo XXI, toman fuerza los partidos políticos que ondean la bandera de la xenofobia, el negacionismo climático y científico o atacan a las minorías. Si se les da “espacio”, pueden erosionar las instituciones democráticas desde dentro.

Por su parte, las redes sociales se convirtieron en plataformas donde estos discursos circulan sin ningún tipo de moderación, produciendo la radicalización de sus receptores. Entonces, ¿debe permitirse que alguien difunda mensajes de odio en nombre de la libertad?

Popper explicaba que “la discusión racional es bienvenida”, pero “cuando la intolerancia recurre a la agresión (en cualquiera de sus formas)” o “busca suprimir el debate”, la sociedad está en su derecho de poner límites.

RESPONSABILIDAD CON EL BIENESTAR GENERAL

No se trata de censura indiscriminada, sino de responsabilidad para con el bienestar general. La libertad de expresión es vital, pero “no puede ser utilizada como arma para destruir la propia libertad”.

En América Latina, y particularmente en Paraguay, esta cuestión aparece en debates sobre educación, diversidad y política. Cuando se intenta censurar contenidos sobre diversidad sexual en las escuelas en nombre de “proteger valores”, se está negando derechos básicos a una parte de la población.

Cuando sectores políticos buscan restringir derechos de mujeres o minorías apelando a la tradición, en realidad promueven intolerancia. Y cuando programas de televisión difunden mensajes discriminatorios ponen a prueba el equilibrio entre libertad de prensa y protección contra el odio.

La paradoja, sin embargo, también puede ser manipulada. Líderes autoritarios tienden a justificar la censura diciendo que “los intolerantes” son sus opositores. Por eso, aplicar el argumento de Popper requiere criterios sólidos: solo se limita aquello que amenaza directamente la convivencia democrática, la crítica racional debe seguir siendo posible y las personas no deben ser perseguidas por sus creencias, aunque sus ideas sean rechazadas.

¿TOLERAR LA INTOLERANCIA?

La postura de Popper es comparable con la de otros filósofos. John Rawls defendía tolerar a los intolerantes “mientras no representen una amenaza concreta”. Michael Walzer reconocía que incluso grupos intolerantes pueden “beneficiarse de la tolerancia en sociedades pluralistas”. Popper, en cambio, era más tajante: advertía que “la tolerancia ilimitada es suicida”. Su enfoque es preventivo: no esperar a que la intolerancia destruya la democracia, sino contenerla, regularla y/o combatirla “antes de que sea demasiado tarde”.

Con el auge de movimientos radicales, se evidencia la polarización política que divide a las sociedades en “ellos contra nosotros”. La desinformación propaga y legitima la intolerancia, y la globalización exige un compromiso firme con la diversidad cultural. En este contexto, el supuesto de Popper da certeza de que “la tolerancia no puede ser ingenua”.

Ser tolerante no significa aceptar todo sin cuestionar; sino defender la convivencia incluso poniendo límites. La paradoja de la tolerancia no es sinónimo de censura indiscriminada, sino de responsabilidad.

Popper sostenía que “la democracia necesita defenderse: respetar a las personas, debatir las ideas y frenar a los intolerantes cuando amenazan con acabar con la libertad”. Y tiene mucha razón.

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