• David Velázquez Seiferheld
  • Historiador
  • Fotos: Gentileza

Para comprender el impacto del normalismo, resulta útil alejarnos de los juicios absolutos y observar nuestras aulas históricas como ambientes complejos. No fue un bloque uniforme: el normalismo llegó a ser un vibrante proyecto cultural y cívico que dejó legados profundos, los cuales convivieron, se transformaron y a menudo entraron en tensión, configurando la “estratigrafía pedagógica” de nuestro presente.

El legado pedagógico y el apostolado cívico del modelo normalista experimentó una rica evolución teórica. Sus orígenes estuvieron anclados en el positivismo y el higienismo, donde el maestro operaba como el “médico social”, “civilizador”, que imponía orden y disciplina. Luego transitó hacia perspectivas filosóficamente espiritualistas y técnicas, expresadas en obras fundamentales como “Organización escolar y misceláneas paidológicas”, de María Felicidad González, alcanzando su cima renovadora con “La pedagogía de la escuela activa”, de Ramón I. Cardozo.

A través de estos cambios, se estableció una “forma de ser”, un ideal docente que perdura en el imaginario social: el educador como un apóstol cívico y referente moral de la comunidad.

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Esta actitud ciudadana impulsó a los maestros a promover la cultura, fundando asociaciones y revistas emblemáticas como Ysoindy en Yaguarón, El Maestro en Villarrica, y La Enseñanza, La Nueva Enseñanza y El Hogar Normalista en la capital.

Este mismo ímpetu de construcción de ciudadanía legó a nuestro calendario escolar efemérides perdurables, como el Día de la Bandera y el Día del Maestro.

Antes de la guerra del Chaco, en el contexto del agravamiento de la crisis con Bolivia, el alumnado normalista se movilizó también en las manifestaciones de octubre de 1931. Incluso, en la primera línea de la manifestación del 22 y 23 de octubre, al lado de los estudiantes del Colegio Nacional, marchaban las estudiantes líderes del centro estudiantil de la Escuela Normal.

EL DESPERTAR FEMENINO

El mayor legado sociológico de la Escuela Normal fue el cambio radical de la condición de la mujer. Ante la catástrofe demográfica de la posguerra, las necesidades económicas y las nuevas tendencias pedagógicas, la profesión se feminizó. A pesar de un entorno adverso, las maestras se convirtieron en agentes político-culturales de primer orden.

Al profesionalizarse y asumir un rol protagónico en la esfera pública, desarrollaron una aguda conciencia de sus derechos, siendo normalistas como Serafina Dávalos y María Felicidad González las pioneras indiscutidas de los primeros movimientos feministas en el Paraguay.

Luego, ya durante la guerra del Chaco, el normalismo propició el surgimiento de nuevas profesiones femeninas relacionadas con las empresas y organizaciones, fuera del hogar, cambiando para siempre el panorama laboral femenino.

Las normalistas Serafina Dávalos y María Felicidad González son las pioneras indiscutidas de los primeros movimientos feministas en el Paraguay

CULTURAS MAGISTERIALES EN TENSIÓN

A mediados del siglo XX, convivían en el sistema educativo múltiples paradigmas pedagógicos y culturas magisteriales. En las aulas interactuaban los egresados normalistas y los “maestros asimilados”, educadores idóneos que sostenían las escuelas de gran parte del país con su experiencia empírica.

Una tensión profunda se dio en la educación secundaria. Hasta la década de 1940, la Escuela Normal de Profesores (creada en 1921) formaba a los docentes de este nivel. Sin embargo, los intentos de modernización impulsaron la “universitarización” de la enseñanza media. Además, se autorizó a profesionales universitarios sin formación pedagógica a enseñar en los colegios. Esta apertura generó una bifurcación histórica: la secundaria ganó en erudición disciplinar, pero se fue distanciando de la teoría, la investigación y la reflexión pedagógica de la que la Escuela Normal había sido depositaria exclusiva.

El debilitamiento de la dimensión reflexiva, del pensar pedagógico, no fue inmediato: fue creciendo la brecha entre las nuevas carreras estrechamente relacionadas con la educación, como pedagogía y psicología, y el antiguo normalismo. Ante estos desafíos, se diseñaron nuevos programas complementarios de formación para los normalistas, pero tal misión, finalmente, no se cumplió, y universidad y normalismo transitaron caminos paralelos hasta el final del ciclo normalista.

LOS NUDOS CRÍTICOS

Un balance amplio nos invita también a pensar en los límites del concepto de lo “normal”. El proyecto normalista nació con la vocación de homogeneizar, civilizar y unificar, por lo cual imponía un modelo único que dejaba escaso margen para la inclusión de sectores postergados históricamente.

Su expresión más dolorosa fue la exclusión lingüística: el normalismo formó parte de la exclusión cultural del idioma guaraní, considerado por cierta élite el “enemigo más poderoso de nuestra cultura”. Su prohibición y castigo en las aulas convirtió a la escuela en un espacio alienante para los guaranihablantes, siendo quizás la principal causa del fracaso y la deserción escolar rural.

Asimismo, es ineludible reflexionar sobre la actitud ambivalente de la formación normalista ante el autoritarismo militarista. Durante el largo periodo militarista (1940-1972), la docencia fue obligada a una adaptación dócil al estricto control ideológico y a la partidización obligatoria del magisterio. Esta sumisión entró en contradicción directa con los antiguos ideales emancipadores, priorizando la disciplina impuesta desde el Estado autoritario por sobre la formación del pensamiento crítico, obligando al magisterio al silencio o a negociaciones sigilosas de espacios de alguna libertad.

El normalismo cerró su ciclo institucional a principios de la década de 1970, pero sus paradigmas no han desaparecido por completo; siguen siendo una superposición viva en nuestra identidad. Comprender sus aportes, tensiones y contradicciones es una herramienta indispensable para nuestro presente.

Por ello, la historia nos invita a cerrar este recorrido con una interpelación dirigida a cada maestro y maestra: ¿Qué aspectos del normalismo considero vigentes en mis actitudes, saberes y prácticas de aula, y en mi visión de la institución educativa?

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