En esta edición del programa “Expresso”, del canal GEN/Nación Media, Augusto dos Santos recibe al filósofo José Fernando Duarte y al economista Jorge Daniel Duarte, rector de la Universidad Tecnológica Taiwán Paraguay. Estos dos profesionales del ámbito académico reflexionan sobre la encíclica del papa León XIV, “Magnifica humanitas”, relativa a la inteligencia artificial y los desafíos que plantea a las sociedades contemporáneas en todos los ámbitos.

  • Fotos: Pánfilo Leguizamón

En estos días de la encíclica, se recordó mucho que el León XIII sus­cribió “Rerum novarum” y es un poco una mirada respecto de la Revolución Industrial y sus grandes desafíos. ¿Esto de la inteli­gencia artificial les parece a ustedes que tiene una dimensión parecida a un cambio de época tan pro­fundo?

–JFD: Sí, sin lugar a dudas es un cambio de época, una irrupción muy fuerte. La “Rerum novarum” crista­liza la doctrina social de la Iglesia católica. Es un docu­mento muy importante, que ha inspirado no solamente a la Iglesia. Ha inspirado, a mi juicio, la doctrina social del Partido Colorado, por ejem­plo, en el siglo XX y de tan­tas otras fuerzas políticas, porque ahí se planteaba una posición social muy clara, que desafiaba las dicotomías ideológicas de la época y se mostraba con claridad que la cuestión social podría ser pensada de un modo alter­nativo a las propuestas, en ese momento, emergentes del totalitarismo, del libera­lismo a ultranza que sacra­liza al individuo por encima del bien común, y también del colectivismo que lo oprime. Esta irrupción pone en tela de juicio aspectos no sola­mente relacionados a lo social, el trabajo, el vínculo, la dinámica de la producti­vidad, la eficiencia, sino que pone en tela de juicio la condi­ción humana. ¿Qué quedará o qué puede seguir siendo o qué debe ser el ser humano a la luz de la tradición de la Iglesia católica y sus linea­mientos?

–JDD: Efectivamente esta­mos en un cambio de época y para la Iglesia genera una advertencia importante, por­que la Iglesia se plantó de una manera muy firme frente a los totalitarismos del siglo pasado, donde esos totalita­rismos eran fruto un poco de una concepción de qué es el ser humano y cuál es su rela­ción con dios. Hoy en día hay un cambio con la inteligen­cia artificial, ya no hay una voluntad como superior del ser humano, sino hoy en día hay una inteligencia que le supera al ser humano. Enton­ces, como que las dos poten­cias, inteligencia y voluntad, de alguna manera están en juego. La absolutización de la voluntad humana en el siglo pasado y hoy en día con la inte­ligencia artificial una absolu­tización de la inteligencia de la máquina. Entonces, ambos extremos llaman a un examen de lo que es el ser humano. La inteligencia artificial puede ir en contra mismo del ser humano porque es una inte­ligencia superadora.

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HERRAMIENTA NO NEUTRA

–¿La Iglesia, dentro de todo, sigue siendo una orga­nización que puede plan­tear un tema con la fuerza que no tendrían las Nacio­nes Unidas u otras organi­zaciones supranacionales?

–JFD: Sin lugar a dudas. Y es una tradición de la Iglesia, hay que ver también todos los documentos anteriores del papa Francisco, con lo que yo creo que hay una continui­dad, sobre todo, con “Laudato si”, que también es una crítica muy fuerte a la tecnocracia respecto a toda la gestión medioambiental, como eso es retomado por la encíclica actual, porque finalmente hay también, más que una ilusión, un no advertir que la inteli­gencia artificial no es una cuestión mágica, como se dice en la encíclica, descansa en bases materiales bien concre­tas. La explotación de minera­les raros, los recursos hídri­cos, el etiquetado de datos, la gente que trabaja en estas tareas tiene remuneracionesbajas. Hay un mundo y hay una casa común, como dice la encíclica, que no puede ser olvidada. La inteligencia arti­ficial, como señala el papa, no tiene ninguna neutralidad, porque hay corporaciones, conglomerados y toda la dis­cusión es en torno a eso, qué entretelones, qué juegos de poder sostienen esto y cómo la Iglesia se posiciona anteesto y cómo las naciones se posicionan.

–JDD: Si bien estamos hablando de corporaciones, también estamos hablando de una cosmovisión y una antropología. Y me quiero remontar más a la geopolí­tica actual. Hoy en día los dos grandes bloques que compi­ten tecnológicamente son China Popular y Estados Unidos. Son bloques fuertí­simos, donde la concepción antropológica es diametral­mente opuesta. Una China que lo que busca es un control total de su población, donde el individuo como tal es infe­rior a la colectividad y donde el Estado tiene la potestad de cercenar todo tipo de liberta­des individuales en vistas a un ethos colectivo superador. Y del otro lado, los Estados Unidos, que tiene una cos­movisión más liberal, donde hay una serie de consensos respecto a la voluntad indi­vidual, la libertad.

¿Cómo se ubica Paraguay en este escenario?

–JDD: Si nosotros pensamos en una inteligencia artificial que sea útil para Paraguay y para el sector productivo, hay muchísimo margen de mirar de manera esperan­zadora todo el trabajo que podemos hacer a través de la inteligencia artificial para nuestro sector productivo. Para nosotros es una opor­tunidad muy grande usar la inteligencia artificial para mejorar nuestra competiti­vidad en esa área donde no somos competitivos, pero incluso en las áreas que son competitivas, como el agro, la pecuaria. Podemos digi­talizar esos sectores de una manera muy superior a lo que tenemos hoy y meter inteli­gencia artificial para dar todavía mayor productivi­dad y mayor competitividad internacional y mejorar en nuestra nuestra producción. El Gobierno firmó un acuerdo con Taiwán para el desarrollo de un centro de inteligencia artificial, una base de datos. Esto nos va a permitir que nosotros podamos digitali­zar nuestros sectores produc­tivos y poner esa capacidad de procesamiento de datos con inteligencia artificial y aplicaciones mejorar nuestra productividad, siendo noso­tros soberanos de esos datos.

DESAFÍOS

–¿Cuáles son los desafíos de este prodigio que genera valoración e incertidum­bre para la política?

–JFD: Uno de los puntos cla­ves de la encíclica es que hay un eje programático y una defini­ción política que quizás no esté sumamente desarrollada, pero resuena. Cuando la encíclica, justamente, se posiciona ni a favor de la exaltación del indi­viduo sacralizado ni la absor­ción completa del individuo en un régimen totalitario. ¿Qué significa el principio de sub­sidiariedad? Que el Estado tiene que ser capaz de dejar a los cuerpos intermedios cierta libertad de organización local, pero eso no puede significar indiferencia hacia la suerte de los desvalidos, de los enfermos, de los que están en condicio­nes de explotación. Tiene que haber una conjunción con un principio de solidaridad. Ahí tenemos una definición clara del Estado y además hay un lla­mado a ejercer la responsabili­dad política y a no dejar el des­tino de los pueblos en manos de la razón algorítmica, en manos de Babel, que es la figura de la dispersión, de la fragmenta­ción. Y pensar una política que, contrariamente a la fragmen­tación, a la dispersión de Babel, tenga que ver con la comunión, con la construcción de consen­sos, de acuerdos, pero siem­pre bajo un horizonte del bien común.

–Hoy en día estamos con un asunto de concentración de poder y cómo adminis­trar eso a partir de esta industria de la inteligen­cia artificial, ¿no?

–JDD: Hay un principio que claramente lo subraya el papa al hablar del destino univer­sal de los bienes. O sea, hay un principio de la doctrina social de la Iglesia donde todo lo creado, finalmente, está des­tinado al ser humano como en su totalidad. Entonces, apro­piaciones de estos recursos naturales, pero también hoy León habla de que los bienes también estamos hablando de los algoritmos, estamos hablando de los datos, de la capacidad de procesamiento de datos, que tiene que estar al servicio de la comunidad. Entonces, apropiaciones de usar estos algoritmos y estos datos en contra, justamente, de la comunidad humana, atendiendo a intereses corpo­rativos, atendiendo a intere­ses autocráticos, atenta con­tra la dignidad humana.

LA CUESTIÓN DEL BIEN COMÚN

–¿Pero qué es el bien común en esta materia?

–JDD: El bien común res­pecto a la inteligencia artifi­cial y a las nuevas tecnologías es que tienen que estar al ser­vicio de la libertad humana, de la solidaridad humana y de la construcción de comu­nidad y la capacidad también de pensar libremente. Si la inteligencia artificial nos va a condicionar nuestras prefe­rencias, nuestras libertades, nuestras maneras de pensar y nos va a fragmentar las comu­nidades, porque finalmente la inteligencia artificial tam­bién lo que hace es generar una falsa sensación de que uno es un ser humano autó­nomo, libre y si querés inde­pendiente de la comunidad. Y eso te fragmenta la cohesión social y lo que hace es generar unas sociedades tan indivi­dualistas que colapsa el ser humano. Y solamente en la interrelación personal el ser humano entiende quién es y se hace libre.

–JFD: Hay una historia y una genealogía del bien común que se remonta al concepto central de la defi­nición clásica de la política. Esa definición tan conocida del zoon politikón en reali­dad, más que significar ani­mal político, significa ani­mal social, inseparable de la polis, del lugar donde deli­bera con otros y toma deci­siones con otros. Entonces, no puede haber realización individual si no hay un pre­supuesto. Ese presupuesto es la vida en común y esa comu­nidad no es el efecto de una construcción interindivi­dual, es el presupuesto para que existan individuos que vivan libremente. Es urgente retomar esta concepción si queremos pensar la política más allá de la simple lógica de enfrentamiento de inte­reses.

–Otra crisis que me parece importante tiene relación con el individuo y las comu­nidades, que es el asunto del trabajo. ¿Cómo analizan?

–JDD: Con el advenimiento de la sociedad moderna y la especialización del trabajo, uno hace una sola función superespecializada, donde se fragmenta tanto y esa per­sona se pierde, se atomiza en la colectividad. Con la inteli­gencia artificial se fragmenta todavía 0más y el valor del individuo que le da un esta­tus frente a la comunidad se pierde, colapsa. Entonces, ¿qué hacemos con eso? Es una pregunta que tengo que resolver.

–¿Qué hacemos con eso?

–JFD: Hay una cuestión totalmente abierta respecto al futuro del trabajo, de las relaciones laborales y el impacto que la inteligencia artificial puede tener. Hay grandes utopías que plan­tean un mundo finalmente soñado desde la izquierda por (Karl) Marx, que escribía en “La ideología alemana” que el sueño de la realización de su propio proyecto era traba­jar unas horas a la mañana, pescar de tarde, escribir unos versos y leer de noche. Si esto sale bien, y si esto produce una liberación del tiempo y una posibilidad de que haga­mos lo que nos complace y contemplemos el mundo, esa es la salida ideal, pero está la salida de terror con la IA pro­fundizando las brechas, las diferencias, que sea objeto de una apropiación de una élite tecnocrática, que tiene una visión transhumanista, transhumanismo para unos, miseria, explotación, sobre­explotación para otros, ese es el peligro y es yo creo el miedo más fuerte al que se reacciona.

EL PAPEL DE LA EDUCACIÓN

–¿Qué hace la educación frente a estos nuevos desa­fíos?

–JDD: Paraguay está muy desprotegido, aunque hay una crisis mundial en tér­minos de educación. Noso­tros teníamos un sistema familiar donde las relacio­nes primarias eran muy fuer­tes y quizá no teníamos esa educación formal, pero esas relaciones primarias hacían que se transmitan valores, el sentido comunitario era muy fuerte. Yo creo que, a partir del 2000, lo fuimos fragmentando como familia, como sociedad, con fenóme­nos migratorios se fue des­membrando la familia. Y yo creo que hoy estamos en un proceso de cambio social muy fuerte, donde lo que antes nos servía de sostén cultural, que era la familia, quizá hoy se va fragmentando por cuestiones de migración urbana, incluso internacionales. Y eso con­comitante viene con la cri­sis nuestra de la educación básica inicial, básica media, que nos genera una vulnera­bilidad a ser víctimas de todo este proceso de influencias ideológicas y políticas a tra­vés de las redes sociales.

–JFD: La encíclica tiene un programa educativo claro. Hay una frase que a mí que me parece totalmente rela­cionada con esto de la encí­clica, que es impulsar una higiene de la atención. La reflexión, la lectura, el pen­samiento crítico no se da en cualquier contexto. Nece­sita un tiempo, una dispo­sición, necesita detenerse, necesita concentrarse. O sea, necesita toda una habi­tualidad y una serie de prác­ticas a contracorriente del mundo que tenemos hoy. Y yo soy muy crítico de los paradigmas dominantes en materia de aprendizaje, que se fueron consolidando como un mainstream, como un consenso a lo largo de estos años. Me refiero al pedago­gismo, al vaciamiento de los contenidos, a la supremacía de las fórmulas, a esta idea de que ciertas competencias a adquirir como habilidades pueden desprenderse de con­tenidos fundamentales para orientar la vida y dar sentido a la existencia. Debemos volver a las grandes lectu­ras, debemos reivindicar de vuelta la memoria, tan des­calificada en la época.

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