Tras consolidarse en la capital, el normalismo demostró ser un rotundo éxito institucional y, a partir de la segunda década del siglo XX, comenzó su expansión progresiva hacia los principales núcleos poblacionales del interior del país.

  • Por David Velázquez Seiferlhel
  • Historiador
  • Fotos: Gentileza

Se fundaron escue­las normales en ciu­dades estratégicas como Villarrica, Concepción, Encarnación, San Juan Bau­tista y Barrero Grande. Este impulso modernizador dio un salto histórico sin precedentes en 1921, cuando el Estado logró extender el modelo a la forma­ción de docentes de nivel secun­dario mediante la creación de la Escuela Normal de Profesores.

Sin embargo, la gran prueba de fuego para la sociedad para­guaya y sus instituciones educa­tivas llegaría con el estallido de la guerra del Chaco (1932-1935). Durante el conflicto bélico, las prioridades de la nación se alte­raron dramáticamente y las ins­tituciones educativas debieron redireccionar sus fines. Loca­les emblemáticos, como la pro­pia Escuela Normal de Profe­sores, tuvieron que suspender sus actividades académicas habituales debido a la movili­zación de sus docentes y alum­nos, siendo convertidos rápida­mente en “hospitales de sangre” para atender a los heridos que regresaban del frente de batalla.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

La guerra también forzó una inmediata movilidad sociola­boral. Ante la ausencia masiva de varones, las mujeres debie­ron ocupar puestos de oficina, comercio y administración pública. Para dar una respuesta rápida y técnica a esta urgen­cia, el ministro Justo Prieto, su esposa Beatriz Mernes y el director de la Escuela Normal, Manuel Riquelme, promovie­ron la creación de la Primera Escuela de Secretariado de Señoritas, que funcionó como un curso libre anexo a la Escuela Normal. Este secretariado impartía materias como dac­tilografía, taquigrafía e inglés, y tenía el noble propósito de “dotar a la mujer de una profe­sión que le permita encarar con honestidad la lucha por la exis­tencia, bastándose a sí misma”. Riquelme justificó esta inno­vación señalando que, ante la destrucción de los hogares por la guerra, muchos queda­rían “librados a la protección exclusiva de la mujer”, y su pro­fesionalización no solo traería ingresos económicos, sino que arraigaría “modernos hábi­tos de confort e higiene” en las familias.

El Maestro fue una revista publicada por el maestro normalista José Purificación Montiel, villarriqueño, entre 1941 y 1947

ESCUELAS AGRÍCOLAS

El normalismo se abrió paso a nuevos ámbitos cuando en 1938 fueron creadas las escue­las normales rurales con la finalidad de formar docentes rurales e idóneos en activida­des propias del agro. El ciclo de las escuelas normales rurales finalizó cuando comenzaron a incrementarse las escuelas agrícolas en todo el país. Con el paso de las décadas, y tras el fin de la guerra civil de 1947, el paradigma del “docente-trans­misor” normalista comenzó a convivir y a ser permeado por nuevas influencias. A partir de 1940, con la llegada de la coo­peración estadounidense a tra­vés del SCIDE (Servicio Coo­perativo Interamericano de Educación), se introdujo en el país la lógica de la eficiencia y la estandarización, dando ori­gen al estrato del “docente-téc­nico”. En este nuevo modelo, el maestro pasó a ser visto como un ejecutor mecánico de pla­nes operativos diseñados por expertos externos, volviéndose la planificación educativa un fin en sí mismo. La creación, en 1943, de la Escuela de Huma­nidades significó también el inicio de la universitarización del profesorado secundario, ya que se asignó a la nueva institu­ción la formación docente para dicho nivel.

Igualmente, en la década de 1940, se autorizó a profesionales universitarios a enseñar en las aulas secundarias, trasladando a las instituciones de educación media el modelo magisterial vigente en la Universidad Nacio­nal desde su creación, en 1889.

Foto del “Álbum de actividades” de Pabla Rojas Moreno, alumna de la Escuela Profesional Femenina de María F. de Casati. Esta fue una normalista que formó a numerosas profesionales del corte y la confección a través de su conocido sistema (Colección Museo Mbo’e de Historia de la Educación Paraguaya)

BIFURCACIÓN

Esta reforma también signi­ficó, en perspectiva histórica, el inicio de la separación entre la reflexión pedagógica y la práctica docente. La universi­dad no llegó a proporcionar al magisterio normalista los ele­mentos de la teoría y la inves­tigación pedagógica (de la que antes había sido depositaria la Escuela Normal), y cada ámbito siguió su curso inercialmente, sin volver a encontrarse, pri­vándose así a la docencia del ele­mento reflexivo que la caracte­rizó durante décadas.

El ciclo histórico del norma­lismo paraguayo, que había dominado y estructurado el sistema educativo nacional durante más de setenta años, encontró su ocaso definitivo en el cruce de las décadas de 1960 y 1970. El principio del fin se materializó en 1968, cuando mediante el Decreto N.º 31.003 abrió sus puertas el Instituto Superior de Edu­cación (ISE). Esta nueva y moderna institución acaparó rápidamente la centralidad y el liderazgo en materia de for­mación docente en el país. El final se produjo con la reforma de 1972, la cual intentó siste­matizar la formación docente institucionalizando el nuevo paradigma técnico. Con esta reforma, se clausuraron ofi­cialmente las últimas escue­las normales. El histórico modelo normalista fue sus­tituido por los institutos de formación docente, muchos de los cuales se integraron a los centros regionales de edu­cación, mientras que los anti­guos locales de las escuelas normales fueron destinados a albergar colegios de ense­ñanza media diversificada.

No obstante, en la geología de la educación paraguaya, los paradigmas pasados no mueren ni desaparecen por completo. Nuestra identidad docente actual sigue siendo una superposición viva. Cuando en nuestras aulas con­temporáneas priorizamos el silencio absoluto, la disciplina rígida del cuerpo o la simple repetición enciclopédica, es el antiguo estrato higienista y positivista del normalismo el que aflora desde las profun­didades, demostrando que aquella gesta iniciada por las hermanas Speratti en 1896 sigue latiendo en la matriz del magisterio paraguayo.

Déjanos tus comentarios en Voiz