• Paulo César López
  • paulo.lopez@nacionmedia.com
  • Fotos: Gentileza

Esta reseña nace de una nostalgia concreta: el ciclo de cine de los lunes de la Manzana de la Rivera, para mí el rincón más bello de Asunción. En este ciclo –que continúa con ciertas intermitencias, por lo que vale la pena asomarse cada tanto a su programa de actividades– vi por primera vez hace más de 20 años la película que motiva este comentario, “Ser o no ser”, del director judeoalemán Ernst Lubitsch.

“Ser o no ser” es una de las comedias más audaces del cine clásico, además de la única con guion original de Lubitsch, ya que el resto de su obra está compuesta de adaptaciones, fundamentalmente de piezas teatrales. Radicado y naturalizado en EE. UU. antes de la guerra, este versátil cineasta fue el inventor del toque Lubitsch para evitar la censura, por lo que su obra dice mucho más de lo que muestra.

El año es 1942. EE. UU. aún no ha entrado a la guerra y, al igual que pasó con Charles Chaplin, la comedia sobre nazis “Ser o no ser” enfrentó una fuerte resistencia. Además del alegado deber de “neutralidad”, cierto público se ofendió debido a que no consideraba motivo de broma lo que estaba ocurriendo, en tanto que otro sector de la industria temía un veto al ingreso de las películas de Hollywood en general al mercado alemán.

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Varsovia bombardeada y ocupada. Un elenco de teatro liderado por un actor mediocre casado con una bellísima actriz de la misma compañía que pacta citas subrepticias con admiradores durante el famoso monólogo “To be or not to be”, del “Hamlet” de William Shakespeare, interpretado por su esposo Josef Tura (Jack Benny).

La señora María Cora (Carole Lombard, quien moriría poco antes del estreno en un accidente de avión durante una actividad de colecta de fondos para víctimas de la guerra), se ve envuelta en una operación encubierta luego de aceptar flores y recibir a solas en su camerino –¡vaya descaro para la época!– a un joven aviador interpretado por Robert Stack (el protagónico Eddie en “La casa de bambú” (1955), “Y dónde está el piloto” (1980), así como la recordada serie “Misterios sin resolver” (1987), que nos hizo cagar en las patas a los pendejos de los noventa.

OPERACIÓN SIMULACRO

Una lista robada por un espía nazi encubierto como un falso profesor polaco que no debe llegar a manos de la Gestapo. Allí se pone en marcha un operativo tan hilarante como desesperado que catapulta al centro de la acción al frustrado actor secundario Greenberg (Felix Bressart), que lleva años empuñando la misma lanza de utilería y sacando la basura al término de cada función.

El papel de sus sueños es interpretar el monólogo de Shylock en el “El mercader de Venecia”: “¿El judío no tiene ojos, no tiene manos, ni órganos, ni alma, ni sentidos, ni pasiones? ¿No se alimenta de los mismos manjares, no recibe las mismas heridas, no padece las mismas enfermedades y se cura con iguales medicinas, no tiene calor en verano y frío en invierno, lo mismo que el cristiano? Si le pican, ¿no sangra? ¿No se ríe si le hacen cosquillas? ¿No se muere si le envenenan?”.

De esta interpretación depende el futuro de Polonia e incluso si esta es ejecutada con éxito no hay garantías de que pueda alterar la posición del enemigo. Greenberg se infiltra junto con Tura en una función en homenaje al Führer y se hace atrapar saliendo del baño de mujeres con ropa de civil. Allí se inicia un diálogo que no tiene desperdicios entre él y su compañero de operación para abandonar el país en un avión alemán.

–“¿Cómo ha llegado aquí?

–Nací aquí.

–¿Y qué le hizo decidir morir aquí?

–Él (dice en referencia a Hitler).

–¿Qué quiere del Führer?

–¿Qué quiere él de nosotros? ¿Qué quiere él de Polonia? ¿Por qué nos ataca? ¿No somos humanos?, ¿Es que no tenemos ojos?, ¿es que no tenemos órganos?, ¿sentidos, proporciones, afectos, pasiones, nutridos con la misma comida, heridos con las mismas armas, sujetos a las mismas enfermedades, curados por los mismos medios, calentados y enfriados por el mismo invierno y verano? Si nos pincháis, ¿no sangramos?; si nos hacéis cosquillas, ¿no nos reímos?; si nos envenenáis, ¿no nos morimos?; si nos ofendéis, ¿no debemos vengarnos?”.

¿CHISTE DE MAL GUSTO?

En una de las escenas más ácidas, el ególatra actor inquiere a un alto oficial de las fuerzas invasoras sobre su fama entre el público alemán.

–“¿Usted conoce al gran actor polaco Josef Tura?

–Oh, sí que lo vi en ‘Hamlet’, cuando hizo con Shakespeare lo mismo que estamos haciendo ahora con Polonia”.

Su propia esposa y un escritor amigo le solicitaron a Lubitsch suprimir este pasaje e incluso un músico se negó a componer la banda sonora. Sin embargo, el director rechazó categóricamente que haya incurrido en un chiste de mal gusto y (afortunadamente) conservó la escena.

Más allá del enredo, lo que persiste es la certeza de que la risa también puede ser un acto de resistencia. A más de ochenta años de su estreno, la película no solo invita a burlarnos del horror: nos recuerda que, incluso en su forma más feroz, el poder teme al ridículo. Y que, a veces, reír no es evadir la tragedia, sino enfrentarla en sus propios términos.

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