La calidad del tiempo de ocio es un problema de primer orden que muy pocos individuos y sociedades se plantean seriamente. Asesinatos, accidentes de tránsito, percances callejeros son el cuadro que se repite los fines de semana. ¿Qué hacemos y cómo aprovechamos nuestro tiempo libre?, ¿nos pertenece a nosotros o es una mercancía más del mercado? “Filosofía para nada. Reflexiones en torno al ocio” es una feliz aparición editorial que invita a problematizar estas cuestiones.

  • Por Paulo César López
  • Foto: Gentileza

El inicio de la década pasada celebraba el mundo feliz de la sociedad hiperconectada, donde los ciudadanos serían capaces de ejercer una liber­tad absoluta y no habría tirano de ninguna parte del planeta capaz de imponer una censura total.

Los movimientos de la Pri­mavera Árabe fueron pre­sentados como acciones de grupos de autoconvocados a través de las redes socia­les para luchar por socieda­des más democráticas. Las viejas dictaduras que impo­nían estabilidad a través del uso de fuerza fueron supli­das en algunos países por grupos radicales islamistas que impusieron el caos por el mismo método.

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Del otro lado, la utopía pronto trocó en pesadilla: adicción, depresión, insomnio, injeren­cia electoral, control, vigilan­cia. Para definir este estado se ha creado el muy atinado con­cepto de podredumbre cere­bral o brainrot, un término que se hizo mundialmente famoso cuando la academia Oxford la eligió en 2024 como su palabra del año.

El término hace referencia a un “presunto deterioro del estado mental o intelec­tual de una persona, especialmente visto como resul­tado del consumo excesivo de material (actualmente sobre todo contenido en línea) con­siderado trivial o poco esti­mulante. También algo que se caracteriza por provocar dicho deterioro”.

DIVERSIDAD DE REGISTROS

Ahora bien, todo esto y mucho más es lo que plantean los 16 autores más el compilador del libro, Federico Gonzá­lez, a lo largo de poco más de 150 páginas de artículos de diversa extensión, profundi­dad y estilo, desde el discurso ensayístico, el de tipo confe­rencia y relatos en primera persona.

En lo que pretende ser ape­nas una reseña sumaria que busca más invitar a la lectura que ofrecer un comentario crítico, me referiré apenas a un puñado de textos que me interpelaron en lo particular.

En “Filosofía para nada”, el compilador, entre otros fenó­menos muy actuales, ana­liza la uberización del mer­cado laboral. Esto provoca una reducción del trabajo estable y la precarización de la mano de “las platafor­mas digitales, que regulan la explotación laboral disfra­zándola de trabajo indepen­diente”. El trabajador asume el coste de su instrumento de trabajo, sin seguro médico ni aporte jubilatorio para fir­mas que no están sometidas a la jurisdicción del país y no enfrentan ninguna respon­sabilidad en caso de acciden­tes y siniestros laborales en general.

El libro avanza con “El ocio y la bruja”, de Raquel Samu­dio, quien aporta una mirada histórica sobre la caza de bru­jas. Citando a Silvia Federici, sostiene que aquellos even­tos no fueron producto de una histeria religiosa, “sino de un proceso tan crucial para el nuevo orden como la esclavitud y la conquista de América”. En la actualidad, la distribución desigual de las labores de cuidado, funda­mentalmente, termina siendo una forma más de colonizar el cuerpo y el tiempo libre de las mujeres.

UN ESTADO PRIVILEGIADO DEL ESPÍRITU

Vivianna Insaurralde, “En la rebelión del ocio”, reivindica desde su orientación literaria y filosófica las raíces etimoló­gicas e históricas del término, que “lejos de ser un simple intervalo entre tareas labo­rales, el ocio –el otium latino o la skholè griega ha sido con­siderado por las culturas clá­sicas como un estado privile­giado del espíritu, un tiempo fértil para la contemplación, la creación y la sabiduría”.

Por su parte, el doctor Gui­llermo Sequera apunta que la calidad del ocio es una cuestión de salud pública y subraya el valor del silencio como un recurso ambiental que debe ser tratado como el agua o el aire, pues incluso en el goce de este bien hay un acceso diferencial por razo­nes socioeconómicas. En este sentido, escribe que “los barrios con más poder adqui­sitivo tienen niveles de ruido 20-30 % menores; los barrios populares están expuestos a tráfico pesado, ruido de fábricas, bocinas, escapes de motos, música a volumen potente y más”.

En tanto, desde el enfoque de la salud mental, el psiquiatra Carlos Portillo advierte que “la negación del ocio tiene consecuencias profundas. En primer lugar, genera un individuo atrapado en un ciclo ininterrumpido de pro­ducción y consumo, sin espa­cio para la reflexión crítica o la creatividad autónoma. En segundo lugar, perpetúa una forma de alienación: el tiempo libre, en lugar de ser liberador, se convierte en extensión de las lógicas del mercado. Finalmente, debilita el tejido comunita­rio, pues el ocio compartido –festividades, rituales, con­versación– es sustituido por experiencias individualiza­das y mediadas por el con­sumo tecnológico”.

De su lado, desde la perspec­tiva del psicoanálisis laca­niano, Carolina Roa afirma que cuando el tiempo libre se convierte en una mercancía más “surge la angustia propia del sujeto que testimonia la ruptura del vínculo con el otro social (...). Se exhibe el fracaso de esa búsqueda de completud a través de los objetos que el mismo sujeto produce. El sujeto barrado (dividido, incompleto), pro­ductor de objetos de con­sumo, termina consumién­dose a sí mismo”.

DIALÉCTICA

Desde una visión política, Najeeb Amado plantea la alegría de la lucha en “Una felicidad conspiradora y bus­capleitos”. Desde la dialéc­tica de las cosas, propone entender la felicidad como un estado que es imposible que exista sin su opuesto, la tristeza, que de ahí avanza hacia una síntesis supera­dora. Por extensión, pro­pone una visión de la lucha que va más allá de la acep­ción negativa como esfuerzo y desgaste.

En un pasaje cita al artista venezolano residente en nuestro país Gilberto Padrón, quien sostiene que “el arte es la respuesta lúdica y sensible del ser ante el enigma de la existencia”. Entonces, enten­der este misterio tiene sus momentos de felicidad, pero también de angustia y vacío. De este estado de insatisfac­ción surge, pues, la búsqueda de algo mejor.

Por último, Darío Sarah, en “El ocio en los tiempos de su precarización”, lo aborda como una construcción social y como forma de crear subje­tividades. Por ello advierte contra la pérdida de una vida propia más allá de la entre­gada a la enajenación del tra­bajo, que solo permite repro­ducir el ciclo de la vida para seguir trabajando.

El libro cierra con un cuento de Chester Swann y propone un interesante juego de mesa para matar el tiempo, por lo que de por sí ya cumple su objetivo más allá de ganar o perder la partida.

Cabe preguntarse, final­mente, qué hacer ante este cuadro descrito. Sin duda se trata de una solución no solo individual, sino de pro­funda política pública. El empleo del tiempo de ocio es un hábito que surge por imitación y aprendizaje. Menos pantallas y más libros, museos, conciertos, espacios al aire libre, etc., son algunas de las alternativas que ofrece ese jardín de los senderos que se bifurcan que es el mundo del entretenimiento.

O, simplemente, darse a veces y con más frecuencia momen­tos de callar sin hacer ni escu­char nada, sin comprar ni consumir. Si me permiten un lugar común para concluir, las cosas gratuitas que ofrece la vida son, en definitiva, las más importantes.

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