La historia de la cerveza es mucho más extensa y atrapante que reseñar datos de consumo. De hecho, quienes todo lo investigan verifican que desde unos 4 mil años antes de Nuestra Era –7 mil años atrás– en la Mesopotamia del Medio Oriente, entre los ríos Tigris y Éufrates –en llamas desde los últimos veinte días– se tomaba cerveza.

  • Por Ricardo Rivas
  • Periodista
  • X: @RtrivasRivas

El martes pasado, en las cervecerías de Buenos Aires, NYC, Dublin y muchos otros luga­res se celebró San Patricio. Con más o menos inten­sidad que otros años, por cierto, pero hubo celebra­ción. Estoy tentado de decir que en la Argentina fue “de baja intensidad”. El costo de vida no pocas veces conspira contra los deseos de brindar con amigos y amigas. Pero, aun así, muchas y muchos (me incluyo) celebramos. Rubia, negra, roja... celebra­mos. Brindamos en amistad y deseándonos reiteradamente salud. “Cheers, sköll, gān­bēi, prosit, À ta santé, salute, chin...” no faltaron lenguas en ese atardecer. Tampoco el verde en todas sus gamas. Soy cervecero. Parte de mi for­mación educativa la hice en una escuela alemana. Pre­fiero la stout. Pero no discri­mino cuando de birra se trata. Mis amigos-hermanos y cole­gas periodistas y escritores lo saben. En mi querida Asun­ción, Augusto, Arturo, Paulo, JM, Vivian, Silvia, Claudio, Pepe, por solo mencionar a algunos y algunas, no se que­dan atrás... ni me dejan solo cuando coincidimos en torno de una mesa o sobre la barra de un bar. La stout Guineness me puede. La Pilsen, también.

Alguien me comentó, tiempo atrás en Nueva York, que un 17 de marzo en 1914 fue allí donde se inició la costum­bre de teñir de verde la birra para adherir a la efeméride. Al parecer fue idea e inicia­tiva de un forense nacido y criado en NYC, Thomas H. Curtin. Puede ser que haya sido así y me encanta que se haya multiplicado esa prác­tica celebrativa. También es un buen negocio, más allá (y más acá) del santísimo Patricio. De hecho, cuando recién se iniciaba febrero en este año, Kirin Holdings reportó que, en 2025, “el con­sumo mundial de cerveza ha alcanzado más de 194.000 millones de litros”. Repú­blica Checa lidera con un pro­medio de 143 litros por año y por persona. Detrás se ubica Alemania (110 litros); Austria (108); Polonia (105); Irlanda (103); Rumanía (101); Esto­nia (99); Lituania (98); Bél­gica (95); y España (94). En mi querido Paraguay, ubicado en el puesto 3 del ranking latinoamericano, cuando fina­lizó 2024, el consumo cerve­cero se ubicó en poco más de 74 litros por persona. Argen­tina, bastante más atrás, en la onceava posición, se acerca a los 44 litros.

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El verde, color de Irlanda, también se simboliza en la cerveza que, en NYC –desde el 17 de marzo de 1914– por iniciativa de un forense neoyorquino, Thomas H. Curtin, deja atrás los colores tradicionales

7 MIL AÑOS ATRÁS

Aunque –hay que decirlo– la historia de la cerveza es mucho más extensa y atra­pante que reseñar datos de consumo. De hecho, quie­nes todo lo investigan veri­fican que desde unos 4 mil años antes de Nuestra Era (aNE) –7 mil años atrás– en la Mesopotamia del Medio Oriente, entre los ríos Tigris y Éufrates –en llamas desde los últimos veinte días– se tomaba cerveza. Y quienes lo hacían la compartían en un mismo recipiente. “¿El sabor del encuentro” desde siempre? ¿Por qué no? No eran tiempos de estabilidad los del 370 de Nuestra Era (dNE). El Imperio Romano trepidaba. Los hunos –luego de cruzar el Volga– presiona­ban a los germanos que deja­ban atrás el Danubio y sus tie­rras ancestrales en procura de paz y mejores condiciones de habitabilidad. Migraban. Huían de la guerra. Escapa­ban de las violencias. Se des­plazaban. Eran vulnerables.

Los visigodos viajaron (avanzaron) hacia el este. Sin embargo, las fronteras roma­nas obstaculizaban muchos de aquellos desplazamientos. El emperador Valente va con­tra los germánicos. Quiere evitar que los bárbaros inva­dan y arrasen. En aquel con­texto nació Maewyn Succat, en Britania. En Gales o en Escocia. Algunos historiado­res sostienen que dejó la vida intrauterina en el 385, año más año menos. ¿Importa acaso esta precisión? Era hijo de un diácono cristiano que también ejercía como decu­rión, un cargo militar. Su padre se llamó Calpurino. Su abuelo, Potito, también reli­gioso y, según algunos his­toriadores, alcanzó el grado de presbítero. Su mamá, al parecer, era Concessa. Pero todos coinciden en que en su adolescencia (tal vez a los 16) fue capturado por trafi­cantes de esclavos (quizás piratas escotos) que en poco tiempo lo vendieron a terra­tenientes para que trabajara en el campo. Por su juventud y fortaleza física era valioso. Esclavizado y en cautive­rio en Irlanda aseguran que comenzó a tener visiones en las que se le indujo a predi­car el cristianismo. Media docena de años fue cautivo. Aun así, comenzó a evangeli­zar. Esa fue su misión. Y justa­mente por ella, escapó. Aun­que perseguido logró cruzar el Oceanus Britannicus –también mencionado como Mare Britannicum– hoy mencionado como canal de la Mancha, para llegar a la Galia y esconderse en un monaste­rio donde comenzó a estudiar en procura de convertirse en sacerdote. Las visiones no lo abandonaban. La oración y las lecturas sagradas eran su única razón de ser hasta el momento de peregrinar para misionar y evangeli­zar en su pueblo natal. Fue creado en el sacerdocio como Padrig, Pádraig, “padre del pueblo” para que, con el paso del tiempo, fuera conocido y mencionado como Patrick.

Desde hace unos 7 mil años, en la Mesopotamia de Medio Oriente, entre los ríos Tigris y Éufrates, se bebía cerveza que se producía en Egipto

Eran tiempos de ignorancias. Quienes eran llamados nobles o plebeyos coincidían, mayo­ritariamente, en el desconoci­miento de la lectura y la escri­tura. Con un poco más de 20 años trashumó entre Britania y las Galias. Se sabe de su paso por Tours, Lerins y Auxerre, donde formalmente fue cura. Las visiones continuaban. Se dice que cuando estaba a poco de partir en busca de nuevos horizontes, en una de esas apariciones, recibió el man­dato de permanecer en el pueblo donde había nacido. Canceló su partida. Desde entonces comenzó a mencio­nárselo como el apóstol de Irlanda donde permaneció para siempre. Con las cosas de todos los días que encon­traba a su paso y al alcance de su mano predicaba el cris­tianismo y aleccionaba para producir sentido común... y religiosidad. Religare. “Vol­ver a ligar”, “reunir”, “vincu­lar estrechamente” a la huma­nidad con la trascendencia. Ese era el deseo (su deseo) y la misión divina de Maewyn... que también era Patrig, Pátraic y que hasta nuestros días –aunque escasamente se lo recuerde– también es Patrick que se multiplicaba en acciones para catequizar y popularizar su fe.

EL TRÉBOL

De hecho, para celebrar cada año la Pascua de Resurrec­ción, encendía hogueras para empatizar con las prácticas ancestrales de las y los Tua­tha Dé Danann (“el pueblo de la diosa Danu”), como se conocía por entonces a las y los irlandeses. El sincretismo de Patrick hizo que con cada hoguera popular para home­najear a El Dagda (el “dios bueno” y padre protector); a Lugh (“dios de las habilidades múltiples y la luz”); a Morri­gan (“diosa de la guerra y la muerte”); y, a Brigid (“diosa de la poesía, de la curación y portadora del fuego sagrado”) –deidades anteriores a la pre­sencia humana sobre la Tie­rra– el pueblo de Irlanda, por su intercesión, se religara al Dios del catolicismo. Al Dios del “acontecimiento”, como gustan decir los biblistas por estos tiempos.

Pero Pádraic no se quedó allí con su misión. No. Caminante de las campi­ñas irlandesas descubrió y adoptó los tréboles de tres hojas para ejemplificar la idea conceptual de la San­tísima Trinidad. Su cate­quesis prendió fuerte en el espíritu irlandés. Cada una de las hojas de aquellos tré­boles simbolizaba al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, me dijo enfáticamente un parroquiano en un PUB de Dublin, allá por los años 90. “El cristianismo triunfó sobre el paganismo”, añadió un bebedor cercano que no bebía con nosotros cuando los relojes marcaron las 10 de la noche. No finalizaba un día más. Era 17 de marzo. Habría juerga hasta tarde. Muy tarde. Supe luego que ese día, en procesión cien­tos de peregrinos y peregri­nas, en Donegal, condado donde se asegura que Patri­cio tuvo una visión, mar­charon a Station Island.

Peregriné con ellos y ellas.

La fe popular sostiene que Dios le dijo a San Patrick “todo aquel que llegue hasta aquí, estará libre de pecado”. La tradición se mantiene a pesar del paso del tiempo. El cine la ha mos­trado una y otra vez. En el transcurso de la trilogía de “El padrino”, Francis Ford Coppola recrea una proce­sión que las y los migrantes irlandés realizan en Boston, Estados Unidos desde 1737. En Peaky Blinders, el direc­tor Tom Harper le marca al clan Shelby y al mismí­simo Tommy Shelby (Cillian Morphy) esa enraizada tra­dición. Patrick da para todo en las creencias populares. Hasta se asegura –como hazaña y leyenda– que en su tiempo condujo a todas las serpientes que habitaban la isla hasta el mar para que se ahoguen. Mito. Cientos de publicaciones prestigiosas especializadas consignan que “en Irlanda nunca hubo serpientes” desde que fina­lizó la última glaciación. De esto también se trata la fe. Y la cerveza, ¿por qué?, ¿qué tiene que ver con todo esto?, pregunté una y otra vez hasta que alguien –después de intentar repetidamente saber– una de aquellas per­sonas de las que quise tener respuestas fue tan clara como sintética. “Cuando niños, durante la Cua­resma, no podíamos comer dulces, pero durante el Día de San Patricio nos indulta­ban y podíamos hacerlo. Los adultos, por su parte, (como nosotros con los dulces) no podían beber cerveza en el mismo período. De allí que, nuestros mayores, nues­tros padres y abuelos, en la misma efeméride, homologaron aquello que nos bene­ficiaba a las y los pequeños y, como anuencia de los obis­pos fueron dispensados y, desde entonces, la Cua­resma no les impide tomar cerveza”.

Daimiel, Ciudad Real, comunidad autónoma de Castilla-La Mancha. Cada primer viernes de agosto, desde el inicio del milenio que corre, es el epicentro del Día Internacional de la Cerveza. Con apenas 17.722 habitantes, a la alegría de beber entre amigos y amigas, se le agrega debatir sobre texturas, sabores, colores, aromas y matices

VÍNCULO CON LA CERVEZA

Nada dice la historia de que San Patricio tuviera vin­culación alguna con la cer­veza. Algunos y algunas, sin embargo, insisten y asegu­ran que fue el santo quien enseñó a fermentar y des­tilar malta para producirla. Ninguna investigación sólida que pueda mencio­narse va en ese sentido. “Es una tradición popular”, me explicaron en Dublin. ¿Y la cerveza verde?, pregunté con insistencia. “No es nues­tra. Se inició en los Estados Unidos. Es marketing”. De hecho, en poco más de medio centenar de países el Día Internacional de la Cerveza se celebra el primer viernes de cada mes de agosto año tras año desde el inicio del milenio que corre.

Todo se inició en Daimiel, Ciudad Real, en la comuni­dad autónoma de Castilla-La Mancha, a unos 170 kilóme­tros de Madrid, donde habi­tan –según se verificó en 2025– 17.722 personas. Allí, en 2000, un grupo de buenos amigos festejaron por vez pri­mera. Una y otra vez brinda­ron con “cañitas”, como lla­man en España a la cerveza. Y, desde entonces, acordaron que repetirían ese encuentro en los años siguientes cada primer fin de semana de agosto. ¡Es una gran fiesta! Circulan y se degustan cer­vezas de todo tipo y proce­dencia. Temas para debatir: texturas, aromas, colores y transparencias. Preside el “maestro Birrote”, coro­nado con una jarra. Su mandato se extiende hasta el año siguiente. En 2007, cuatro amigos –Jesse Avs­halomov, Evan Hamilton, Aaron Araki y Richard Hernández– instituye­ron aquella creciente reu­nión de amistad manchega celebrada con cerveza en efeméride global. De allí que junto con los “cheers, sköll, gānbēi, prosit, À ta santé, salute y chin chin” ya mencionados se añaden otras lenguas y, con cada brindis, se desea “Osasuna… salut… saúde…” con cerveza.

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