“Paraguay superó todas nuestras expectativas: los miedos no se confirmaron y las esperanzas se cumplieron”, dice el artista Axander “Suricoma” Babich, mostrando la alegría de saber confirmada la intuición que tuvieron con su compañera, Anastasia Alforova, de que este rincón sudamericano al que arribaron en 2024, sería un sitio de bienestar. Sus dibujos y grabados sorprenden en redes sociales, muestras y galerías por la precisión de su técnica, por la aprehensión del espacio paraguayo con un afecto especial.

Hoy, todavía lidiando con las dificultades del español y aventu­rándose al guaraní, Alexan­der “Suricoma” Babich ya disfruta de “la tradición del tereré” y cuenta que antes de venir “leía que la mayo­ría de la gente siempre lleva un termo y guampa consigo, pero no lo creía hasta verlo”.

En sus redes sociales posteó su ranking de temas paragua­yos: “Sí, realmente me gusta la música y el gusto musi­cal de los paraguayos. Como complemento, por supuesto, está la cocina y la parrilla con la mejor carne del mundo y la tradición de que casi todas las casas están equipadas para el asado. Me encantan la chipa y el mbeyú”, reseña.

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Con su esposa hacen un equipo artístico que va teniendo alta repercusión en medios digitales, mues­tras y galerías locales. “En esto me ayuda mi esposa Anastasia que es videógrafa y una verdadera estratega de marketing, porque este se ha convertido en una parte importante del trabajo del artista. Ella crea contenido para Instagram, promueve mi trabajo y ayuda a cons­truir un diálogo con el espec­tador. Trabajamos como un equipo: yo creo mundos y ella hace que se vuelvan visibles y comprensibles”, destaca.

Alexander Babich posa con una de sus obras

“HUYAMOS DE LA GUERRA”

Pero todo tuvo un proceso de gestación: “La noche antes de nuestra boda, mi futura esposa y yo nos despertamos por un ataque con lanzagra­nadas, uno de los primeros actos de sabotaje militar, en 2014. Hoy en Járkov eso ya es algo cotidiano: bombardeos de artillería, el zumbido de drones y la oscuridad total por la noche. Pero en ese momento, fue un verdadero shock”, cuenta de aquellos tiempos de los inicios de las hostilidades en su Ucrania natal.

“Nos dimos cuenta de que no somos árboles, porque la evo­lución nos dio la capacidad de movernos y decidimos cons­truir nuestra vida juntos lejos de la guerra”, explica.

“Después de nuestra pri­mera emigración espontá­nea a Polonia, nos tomamos muy en serio la elección del siguiente país: establecimos criterios, ‘señales de alerta’ y pusimos la libertad como lo más importante. Entendimos que solo la libertad da verda­dera seguridad a las personas y que solo un país libre puede ofrecer condiciones para ser feliz”, sigue narrando de ese momento tan especial.

Lo curioso del caso, la conclu­sión: “Según nuestro propio ranking, el país más libre del mundo resultó ser Paraguay y hacia aquí vinimos”.

También tuvo otras seña­les: “Incluso cuando vivía en Polonia, las estadísticas de Spotify mostraron que mi gusto musical coincidía más con la ciudad de Asunción. Ese fue también un aliciente para elegir el país. La gente mala no escucha buena música, y lo que más me gusta son las personas que escuchan y la interpretan”, destaca.

Pero la historia no termina ahí, “por aquel entonces, tenía sueños todas las noches sobre un país fantástico y caluroso. Parte del paisaje inusual eran unos majestuosos tótems que al despertarme dibujé. Incluso diseñé un juego de ajedrez inspirado en ellos. Hoy me parece que esos sue­ños eran sobre Paraguay. Y esos tótems los representé en mi obra ASU-2316”, cuenta.

Una nave espacial sobre el Palacio de López

TEMAS FAVORITOS

Apasionado del dibujo, lo coti­diano y lo fantástico conviven en su obra. “Me gusta crear mundos, en cualquier forma: diseño industrial, escultura, cómics y ahora gráfica. Para mí lo más importante es el mundo en sí, no la forma en que se presenta”, define.

“Actualmente trabajo simul­táneamente en tres series: ‘Vedutas del Paraguay’, ‘Rohayhu Paraguay’ y ‘Para­guay Futurista’. En esencia, es un solo mundo, solo que varían el tiempo y el enfoque: lo cotidiano y lo futurista”, agrega.

“De niño me inspiraba Julio Verne: al estudiarlo, entendí que las ideas de las obras artísticas tarde o temprano se hacen realidad, de una forma u otra. Cuanto más popular es una obra, más gente sueña con ella y empieza a pensar en cómo llevarla a la realidad”, apunta.

Políptico “Libertad a lo coreano”

En “Vedutas…” registra haciendo gala de ductilidad en el “vedutismo”, género pic­tórico italiano del Settecento (siglo XVIII) donde el artista representa al detalle un pai­saje urbano, edificios, etc.

Suricoma comenta sobre su versión de la Iglesia de la Can­delaria de Areguá: “A veces, como autor, me gusta experi­mentar e introducir un poco más de estilización, como en esta obra. Los árboles aquí son más arquitectónicos lo que los hace lucir un poco más mágicos, algo que, en mi opinión, encaja muy bien con este paisaje… Estoy muy agra­decido con mis amigos para­guayos que me llevaron y me mostraron este lugar: nos sen­tamos allí, tomamos tereré y observamos cómo los últi­mos rayos del sol caían sobre el lago Ypacaraí. Por cierto, mis amigos se esconden en la gráfica detrás de los árboles”, concluye bromeando.

En la serie “Rohayhu…” hay pequeños grabados numera­dos que comercializa a 100 mil guaraníes. “Cada ilustra­ción está hecha con cuidado, numerada, firmada y lista para encontrar su lugar en tu hogar. Se puede pagar por transferencia, y coordinamos entrega o retiro en Asunción”, dice recordando su número telefónico (0987) 202-065. La misma tiene homenajes a las chiperas, al verano, los cope­tines, la danza de la botella, el campo y la guarania, aun­que promete abordar nuevas temáticas.

Suricoma y sus grabados

En la mirada “Futurista…” se pueden apreciar “algunos elementos que me aparecie­ron en sueños hace mucho tiempo, cuando ni siquiera pensaba en mudarme a Para­guay. Otros se me ocurrieron después de emigrar. Creo que los trenes volverán a circu­lar en Asunción muy pronto, mucho antes del año 2316. Y creo que en Paraguay siempre habrá lugar para los pastiza­les del ganado, incluso si toda la tierra estuviera completa­mente urbanizada”, comenta.

LA ANARKIOGRAFÍA

Suricoma desarrolló un con­cepto particular: la Anarkio­grafía. Así la define: “es más una filosofía que una técnica. Se suele creer que cuanto más compleja es la técnica, más valor tiene la obra. Pero yo pienso que si la idea es mala, es mala, y las decenas de horas dedicadas a preparar una plancha para un grabado a media tinta (mezzotinta) no mejorarán la obra”.

“Rohayhu verano paraguayo”

Explica entonces que “la idea principal es la libertad frente a la autoridad de la técnica. Puedes hacer lo que quieras, como quieras y con lo que quieras. Es arte porque tú lo consideras así, y eso es sufi­ciente. Anarkiografía: tu arte, tus reglas, tu libertad con uso libre para todos. Para expre­sar mi posición, inventé el tér­mino. La palabra es hermosa por sí misma, y proviene de Anarkio (anarquía en espe­ranto) y de grafia (del griego graphía “escritura”, “dibujo”, “modo de representación”).

Alexander, de 41 años, estu­dió y fue profesor en Acade­mia Estatal de Diseño y Artes de Járkov. Fundada en 1921, es una de las más destacadas de su región en diseño gráfico; diseño industrial y ambien­tal; multimedia; diseño de ropa y calzado, bellas artes, escultura, pintura, arquitec­tura, restauración y peritaje artístico, animación, foto­grafía, comunicación visual y estudios culturales.

Detalle de un edifico asunceno

Desde esa formación nos cuenta que a los artistas digitales “les resulta más difícil entrar en un museo, mientras que al mencio­nar la técnica de grabado de “punta seca” muchos entran en éxtasis. Pero la verdad es que todas estas técnicas fueron original­mente formas de simplifi­car y abaratar la produc­ción, hasta que artistas concretos las elevaron a arte, como Andy Warhol con la serigrafía”, historia.

MIRAR Y SER MIRADO

Insiste entonces en que “en el mundo contemporáneo, el arte no es solo creación, sino también la capacidad de ser visto. El marketing”.

Desarrolla la idea comen­tando que “antes a un artista le bastaba con tener un solo mecenas, por ejem­plo Leonardo da Vinci tra­bajó en la corte de Ludo­vico Sforza y de Francisco I; Velázquez fue pintor de corte de Felipe IV, y Jan Vermeer pintaba para su coleccionista Pieter van Ruijven”, recuerda.

Las series en las que encuentra trabajando el artista actualmente

“Más tarde ese papel lo asumieron los museos, las galerías y los galeristas. Así, Picasso trabajó con el mar­chante Kahnweiler; Jackson Pollock con Peggy Guggen­heim, y las obras de Mar­cel Duchamp son práctica­mente impensables fuera del contexto galerístico. Sin embargo, hoy estamos viviendo una nueva etapa: el artista puede comunicarse directamente con el mundo a través de las redes sociales. Y poco a poco esto deja de ser solo una posibilidad para convertirse en una necesi­dad, incluso en una obliga­ción”, concluye.

Alexander y su esposa Anastasia Alforova

Un “marcante” casual

Cuenta Alexander que su primera experiencia en el internet fue en un sitio de citas: “Fue allí donde por primera vez conocí el con­cepto de los apodos (nic­knames). ¿Cómo inventar algo único? Mi apellido, Babich, es muy común en Ucrania, y hay muchísi­mos, miles, con mi mismo nombre y apellido, enton­ces simplemente cerré los ojos y golpeé el teclado. El resultado me sorprendió: Suricoma”, cuenta.

“¿Qué probabilidad había de que, usando ese método de tecleo, cada vocal estu­viera seguida de una con­sonante? En fin, muchos no me creen, pero fue así que salió y desde entonces he usado este nick en otros sitios, y más tarde se con­virtió en mi pseudónimo artístico”, relata.

Ya con el aprendizaje del español, “mi seudónimo cobró nuevos colores. Aso­ciativamente, para mí Suri­coma ahora es un sueño de un país del sur, una fan­tasía, una ensoñación con un país fantástico del sur a través de su creatividad”, arriesga.

Un llamado a la paz

“Lo que más extraño es mi trabajo como pro­fesor en la Academia en Járkov, para mí era valioso e importante”, cuenta Alexander Suri­coma Babich con nostalgia y algún dolor.

Resulta que “muchos de mis profesores, que luego se convirtieron en colegas, fallecie­ron durante los 12 años de guerra. Doce años es mucho tiempo. Se trata principalmente de consecuencias indirectas de la guerra: no murieron por disparos ni explosiones, sino, por ejemplo, por un infarto mientras corrían a un refugio antiaéreo. La mayoría no eran jóvenes, aunque entre ellos había también algunos de mi edad (41 años). Más de la mitad de mis docentes falleció en ese período. Extraño la comunicación con ellos. Podríamos haber seguido en contacto al menos otros veinte años…”, lamenta.

A la hora de analizar cómo llegar a la paz reflexiona: “Hay un viejo anime ‘Un viento llamado amnesia’ (A Wind Named Amne­sia/1990). En él, el viento borra toda la memoria de la humanidad, y la trama gira en torno a una pregunta filosófica: ¿merece la humanidad sus recuerdos perdi­dos o debería desaparecer para siempre?”. Entiende que “la mayoría de los políticos europeos no quieren la paz, y mucho menos el líder del país agresor (Vladimir Putin). Quieren un 1984 al estilo Orwell. Y, lamenta­blemente, se están acercando a su objetivo con gran éxito. No creo en la estupidez de los políticos ni en la debilidad de los países aliados. Los aliados tienen todos los medios para detener la guerra. Lo más fácil hubiera sido hacerlo en 2014, más difícil en 2022, y ahora aún es más difícil, pero todavía posible. Así que a los políticos simplemente les falta fuerza de voluntad y deseo”, desarrolla.

“Por eso solo nos queda soñar con que un viento de amnesia se lleve la memoria de todos los líderes y altos funcionarios. Que por un instante olviden ambiciones, lemas y juegos de poder, los pseudointereses nacio­nales, y finalmente vean cómo es el mundo real, sin sus máscaras habituales y sin reglas ilusorias. Entonces, quizá quede claro qué es lo que la humanidad realmente merece o no”, imagina.

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