Cumplir con el sueño de la casa propia nos permite vivir momentos de película. En el cine, como en la vida real, una casa nunca es solo un conjunto de paredes: es memoria, origen y destino.
- Por César Palacios
- Comunicador y docente
- @cespala
- Fotos Gentileza
En “Valor sentimental” (disponible en MUBI), la aclamada película noruega de Joachim Trier, la casa familiar adquiere un rol casi humano desde su primera escena: un hogar que “siente”, “observa” y guarda las marcas de generaciones enteras, y funciona como un testigo silencioso del amor, el trauma y la reconciliación de la familia Borg. Críticos de Roger Ebert describen cómo la historia comienza con un ensayo infantil que imagina la casa como un ser vivo, lo que plantea la idea de que ese espacio respira junto con sus habitantes. Remarcan que la casa “actúa como un personaje en sí mismo”, revelando grietas físicas que reflejan las emocionales de la familia.
Algo similar ocurre, aunque desde otro ángulo, en “Sueño de trenes”, película dramática estadounidense de 2025, disponible en Netflix, dirigida por Clint Bentley, nominada al Óscar de la mejor película y con una canasta de premios ya cosechados, en el cual una humilde cabaña construida al borde del río se transforma en el corazón de un proyecto familiar. Ahí, en ese pequeño refugio, el protagonista y su esposa empiezan a levantar su futuro, literalmente piedra por piedra. Alerta: spoiler. Cuando el incendio destruye la casa y se lleva consigo a su esposa y a su hija, el personaje vuelve al mismo lugar para reconstruirla, no por necesidad práctica, sino por fidelidad emocional: en la esperanza de que ellas regresen, reconstruir se convierte en un acto de amor, duelo y resistencia.
Ambas historias, cada una desde su geografía emocional, nos recuerdan que una casa no es solo un techo: es la historia que una familia escribe con su propio cuerpo. Y en sociedades como las nuestras, donde miles de familias empiezan su vida sobre “piedras al borde del río”, el acceso a una vivienda digna no solo mejora las condiciones materiales, sino que también devuelve dignidad, seguridad, pertenencia y futuro.
CUANDO EL ESTADO TAMBIÉN RECONSTRUYE FUTURO
Ese mismo significado profundo que el cine atribuye a las casas es el que hoy busca materializar Che Róga Porã, una de las prioridades estratégicas del Gobierno del Paraguay. Porque garantizar una vivienda digna es garantizar que cada familia pueda tener un lugar desde donde empezar –o recomenzar– su historia. Y Paraguay, con visión y decisión, está dando pasos firmes en esa dirección.
El programa no solo avanza en términos de cantidad, sino también en transformación urbana. La construcción del primer edificio de viviendas en el Centro Histórico de Asunción, como parte del camino hacia la celebración de los 500 años de la ciudad en 2037, es un gesto simbólico poderoso: repoblar el corazón de la capital es devolverle vida, identidad y horizonte. Lo mismo ocurre con el proyecto habitacional en la populosa avenida Artigas, que busca convertir un gran corredor urbano en un espacio de integración, comunidad y oportunidades.
El ministro del MUVH, Juan Carlos Baruja, lo resume con claridad y determinación: “Hemos culminado 43.000 soluciones habitacionales a diciembre de 2025. Queremos superar las 55.000 viviendas para diciembre de 2026. Entre 55.000 y 60.000 viviendas es nuestra expectativa y estamos en condiciones de lograrlo”.
Cada una de esas soluciones habitacionales no es solo una llave, es un nuevo capítulo posible. Es una familia que deja de vivir en la intemperie emocional y entra en el territorio de la esperanza. Es un país que, como los protagonistas del cine, entiende que las casas no se construyen solo con materiales, sino con la convicción de que todos merecemos un lugar que nos sostenga.
Por eso, en cada entrega de una llave, no se otorga únicamente una casa: se otorga la posibilidad de construir historia, lazos y recuerdos. Muchas de estas familias han pasado décadas pagando alquiler, viendo cómo su esfuerzo mensual se desvanecía sin dejar patrimonio.
Otras han vivido en carpas precarias, expuestas a la intemperie y a la incertidumbre cotidiana. Cuando por fin reciben una vivienda digna, no están recibiendo solo un techo: están recibiendo un punto de partida, un espacio donde podrá nacer un cumpleaños, un primer día de clases, una mesa compartida, un jardín improvisado, un futuro propio. Cada casa entregada es el fin de una vida en tránsito y el inicio de una vida arraigada.
Cuando el cine nos recuerda lo que un país puede construir. En el fondo, tanto “Valor sentimental” como “Sueño de trenes” nos hablan de lo mismo: del poder que tiene una casa para sostener una vida, contener un duelo, permitir un reencuentro o volver a empezar desde las cenizas. Las casas de estas historias –una en Oslo, otra en la ribera del río Moyie, en Idaho, EE. UU.– respiran con sus dueños, se quiebran con ellos y se vuelven a levantar cuando estos también necesitan levantarse. No son edificios: son biografías de madera, de memoria y de esperanza.
Y esa es exactamente la misión de Che Róga Porã: hacer que las familias paraguayas también puedan tener ese lugar que el cine retrata con tanta humanidad. Un lugar donde una madre pueda ver crecer a sus hijos, donde un padre pueda reinventarse, donde los recuerdos encuentren techo. Cuando el Estado entrega una llave, no entrega ladrillos: entrega posibilidades. Posibilidades para quienes vivieron pagando alquiler toda la vida sin poder proyectarse; posibilidades para quienes levantaron carpas de lona en terrenos inseguros; posibilidades para quienes nunca habían tenido un espacio propio donde guardar sus historias o un “baño moderno” y agua potable.
Así como en “Valor sentimental” la casa guarda generaciones, y como en “Sueño de trenes” la casa reconstruida se convierte en un acto de amor y de fe, cada vivienda construida por Che Róga Porã también es un gesto de confianza en el futuro del Paraguay. Es el reconocimiento de que las familias merecen un hogar que no sea transitorio, sino definitivo; que no sea prestado, sino propio; que no sea un refugio de emergencia, sino el escenario donde puedan escribir, con dignidad, la historia de sus vidas.
Porque un país que construye casas no solo construye paredes: construye ciudadanía, arraigo, estabilidad y memoria. Y en ese sentido, el Gobierno del Paraguay hoy está haciendo algo profundamente cinematográfico: está construyendo finales posibles… y, sobre todo, nuevos comienzos.

