Considerado uno de los últimos grandes ilustradores del siglo XIX, el genio francés creó en la mente de millones de personas imágenes concretas de las abstractas construcciones teológicas del mundo occidental. Este talento extraordinario de los trazos sigue influyendo hasta hoy en las representaciones visuales sobre íconos culturales como el Quijote de la Mancha, “La divina comedia”, los textos bíblicos, entre muchos otros.

  • Por Gonzalo Cáceres
  • Periodista
  • Fotos Gentileza

La descripción del infierno en los tex­tos bíblicos y en otras fuentes canónicas es más completa de lo que se cree. En su forma original, el infierno es menos un lugar físico de tortura y más un estado de muerte o separación de Dios.

La concepción de un vasto reino subterráneo de fuego, horror y sufrimiento eterno es una idea posterior que combina la influencia bíblica con la tradi­ción judía tardía, más la filoso­fía griega aristotélica, literatura apocalíptica y algo de astrono­mía medieval.

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En las escrituras hebreas, la palabra infierno no aparece como tal. El concepto más cer­cano es Sheol (“el lugar de los muertos” o “fosa”), que no se concibe como el sitio de cas­tigo por excelencia, sino como la morada común de todos los muertos, justos e injustos (pro­fundo, oscuro y silencioso; Job 10:21–22, Salmos 88:3–6), un estado de sombra, separación de la vida y ausencia de luz. Solo polvo y olvido, sin fuego ni demonios torturadores.

Hasta que llegó Doré.

EL VISIONARIO DE LA CONDENA

Más de un siglo después, sus imágenes siguen vivas, copia­das, deformadas, citadas sin que muchos sepan su nombre. Gustave Doré (1832–1883) fue un ilustrador, grabador y pin­tor francés que dejó su marca en el arte del siglo XIX. Si bien nació en el seno de una familia de clase media (relativamente acomodada para la época), lo que le permitió tener acceso a una educación completa, su inclinación artística fue el resultado de un talento auto­didacta (no de la instrucción académica).

Se cuenta que desde los 5 años dibujó compulsivamente, como lo atestiguan sus cua­dernos escolares, que estaban a rebosar de caricaturas y esce­nas imaginarias. Doré asistió al Liceo de Estrasburgo, pero nunca ingresó a una escuela de arte, gozando así de la libertad para desarrollar un estilo per­sonal (también significó que su técnica inicial fuera intuitiva).

Gustave Doré (1832–1883), ilustrador, grabador y pintor

Fue muy precoz en la faceta profesional. A los 15 años ya trabajaba como caricaturista para publicaciones parisinas, al tiempo de publicar viñetas humorísticas en Le Journal pour Rire, desarrollando rapi­dez y precisión. Con apenas 16 años tomó el desafío de ilus­trar “Les Travaux d’Hercule” (1847). Doré alteró su reperto­rio satírico con ilustraciones más serias y detalladas para las grandes revistas y editoriales. A los 22 ya era considerado como un auténtico prodigio en toda Europa.

EL LEGADO

En 1854 firmó con la presti­giosa editorial Hachette para ilustrar obras clásicas. El con­trato arrancó con “La divina comedia”. La obra cumbre de Dante Alighieri encierra un viaje espiritual, moral y poé­tico desde la desesperación (Infierno), pasando por la esperanza (Purgatorio), hasta la plenitud (Paraíso). Es, al mismo tiempo, una suerte de tratado de teología medieval y una sátira política, que marcó la imaginación occidental durante más de 700 años. En este punto, Doré produjo un total de 136 grabados para dar vida al Infierno de Dante, defi­niendo la topografía del abismo: círculos concéntricos, paisajes rocosos colosales, precipicios interminables, puentes que­brados, lagos de hielo y/o fuego.

También dio escala y proporción al entender a los condena­dos como pequeños ante enor­mes paredes o frente a Lucifer mismo, reforzando la sensación de insignificancia humana.

Entre sus más icónicas inter­pretaciones están las apari­ciones de Caronte en su barca entre aguas negras, el Mino­tauro (custodiando un círculo) y los traidores congelados en el lago Cocito.

DIFUSIÓN

Las ediciones de “La divina comedia” ilustradas por Doré se imprimieron en grandes tirajes y fueron distribuidas por toda Europa y América, en pleno auge del libro ilustrado (barato). Así, Doré pasó a ser referenciado principalmente por fusionar la precisión téc­nica con una imaginación des­bordante, convirtiendo letras en postales icónicas de fuerza emocional que, en muchos casos, se volvieron tan famo­sas como las obras mismas, logrando que fueran asociadas de forma casi inseparable. Hizo suyo el contraste lumínico con magistrales claroscuros que acentuaron la atmósfera, espe­cialmente en representaciones nocturnas o sobrenaturales. Su narrativa visual significó la his­toria por sí misma, con detalles que amplían el texto que ilustra.

El “Infierno” de Doré estimuló la creatividad de generaciones enteras de ilustradores, escul­tores, pintores, escenógrafos y cineastas (especialmente en el cine mudo y en películas de terror y fantasía). Muchas ale­gorías modernas –en novelas gráficas, videojuegos y/o pelí­culas– toman directamente la paleta de Doré para formar pai­sajes imposibles, figuras gro­tescas y composiciones dramá­ticas, lo que también llegaría a ser emulado por directores del calibre de Terry Gilliam, Peter Jackson o Guillermo del Toro.

PROYECTOS MÁS ICÓNICOS

La producción de Doré abarca importantes proyectos como La Biblia ilustrada de 1866 (200 grabados con escenas del Antiguo y Nuevo Testamento; la creación del mundo, el diluvio universal, el éxodo y profetas, y la vida de Jesús), el Quijote de la Mancha (1863) de Miguel de Cervantes (370 ilustraciones en las que definió visualmente a don Quijote y Sancho Panza: altos, flacos y desproporcio­nados frente a un mundo que parece inmenso), “El paraíso perdido” (1866) de John Mil­ton (ángeles y demonios), “El cuervo”, de Edgar Allan Poe (atmósferas sombrías y góticas), “La balada del viejo marinero”, de Samuel Taylor Coleridge (escenas marinas sobrenaturales, con espec­tros y olas monumentales) o “Gargantúa y Pantagruel”, de François Rabelais (persona­jes desmesurados), “Los cuen­tos de Mamá Ganso” (1867) de Charles Perrault (“Caperucita roja”, “El gato con botas” y “La bella durmiente”), entre tan­tos otros. También trabajó en ilustraciones de humor, viajes y retratos sociales.

Doré no fue simplemente un ilustrador con buena técnica: fue un hombre que aprendió a mirar los libros como si fueran ventanas a otras realidades. Sus grabados no acompañaban las historias, las explotaban en toda su dimensión. Después de él, el Infierno de Dante, el andar flaco y obstinado de don Quijote o la majestad terrible de las escenas bíblicas quedaron grabados en la memoria con sus formas y sus sombras.

Doré entendió que un dibujo puede ser más que un adorno: puede convertirse en la forma misma en que recordamos una historia.

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