“¿Qué estamos enseñando a nuestros jóvenes cuando convertimos la humillación en entretenimiento?”. La pregunta fue planteada por el pediatra Robert Núñez, quien advirtió sobre el impacto que pueden tener determinados modelos de popularidad en una generación que crece expuesta permanentemente a las redes sociales y a contenidos que privilegian la viralidad por encima de los valores.

Núñez cuestionó que algunos personajes hayan convertido el insulto en un estilo, la burla en contenido y la humillación en una herramienta para conseguir audiencia. Frases despectivas sobre el cuerpo, la situación económica o la vida de otras personas pueden terminar presentándose como simples bromas, mientras que los excesos, las borracheras, la sexualización y las conductas provocadoras también encuentran un espacio importante en las plataformas digitales.

El problema, según planteó, aparece cuando los jóvenes terminan convirtiendo a esas figuras en sus ídolos.

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Popularidad no es sinónimo de ejemplo

Para el pediatra, una de las principales tareas de los padres es ayudar a los adolescentes a diferenciar entre un personaje de entretenimiento y un verdadero modelo de vida. Tener miles o millones de seguidores no significa necesariamente tener valores que merezcan ser imitados. Del mismo modo, alcanzar notoriedad o convertirse en tendencia no convierte automáticamente a una persona en un referente positivo.

Ser viral no significa ser un ejemplo”, es la idea central que Núñez plantea al llamar a los adultos a revisar qué tipo de contenidos están consumiendo sus hijos y, especialmente, qué lugar ocupan determinadas figuras dentro de su escala de admiración. La discusión no pasa necesariamente por prohibir o censurar contenidos, sino por enseñar a los jóvenes a cuestionar lo que ven y a desarrollar criterio propio.

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El pediatra Robert Núñez, quien advirtió sobre el impacto que pueden tener determinados modelos de popularidad. Foto: Archivo

El talento que no necesita humillar

En contrapartida, Núñez puso como ejemplo a los jóvenes que construyen sus capacidades a partir del esfuerzo y la disciplina. En Paraguay existen chicos y chicas que llevan años preparándose en danza, entrenando, estudiando, compitiendo y convirtiendo el baile en una verdadera disciplina artística.

También hay jóvenes dedicados al deporte, la música, la ciencia, la tecnología y otras áreas que demandan constancia y sacrificio. El planteamiento es entonces inevitable: ¿qué estamos premiando como sociedad?

Mientras el talento y la disciplina pueden requerir años de preparación para conseguir reconocimiento, una provocación o una humillación puede alcanzar miles de reproducciones en cuestión de horas. Para Núñez, es necesario empezar a mirar también hacia aquellos jóvenes que representan esfuerzo, creatividad, superación y compromiso.

El papel de los padres

En este escenario, el pediatra hizo especial énfasis en la responsabilidad de madres y padres. No alcanza con controlar qué miran los hijos. También es necesario hablar con ellos, preguntarles quiénes son sus referentes y, sobre todo, por qué los admiran.

¿Qué encuentran en esa persona? ¿Qué conductas consideran admirables? ¿Qué mensajes están recibiendo? ¿Qué cosas les generan presión, inseguridad o necesidad de aprobación?

Son preguntas que pueden abrir conversaciones necesarias dentro de la familia. “Una cosa es un personaje y otra muy distinta es un modelo de vida”, plantea Núñez.

Septiembre Amarillo y la responsabilidad de escuchar

En el marco de Septiembre Amarillo, el llamado también apunta a prestar atención a las palabras, las burlas, la humillación, la presión social y los modelos de conducta a los que están expuestos los adolescentes.

Una burla que para quien la pronuncia puede parecer insignificante puede tener un impacto profundo en quien la recibe. Por eso, hablar de bienestar emocional también implica enseñar a los jóvenes a reconocer situaciones de violencia verbal, presión y exposición que pueden afectar su autoestima.

La propuesta del pediatra no es aislar a los adolescentes del mundo digital, sino acompañarlos para que puedan desenvolverse en él con mayor criterio.

Porque nuestros hijos no necesitan solamente que controlemos sus pantallas. Necesitan adultos que los ayuden a reconocer qué merece realmente su admiración. Y esa conversación comienza en casa, concluye.

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