- Por David Sánchez, desde Toulouse (Francia), X: @tegustamuchoelc (*).
El cineasta español Alberto Vázquez presentó su nueva obra en el prestigioso festival francés de Annecy. En entrevista exclusiva, desmenuzó su particular universo donde animales tiernos esconden crisis sociales, sarcasmo y una visión del mundo que no busca la condescendencia de los Óscar, sino la emoción genuina a través del contraste.
El Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy es, por derecho propio, la meca de los creadores que mueven los hilos de la ilusión fotograma a fotograma. Allí, entre los pinos y las aguas del lago francés, volvió a brillar el universo mordaz y conmovedor de Alberto Vázquez. Con su película ya estrenada en España hace ocho meses y preparándose para su desembarco en Francia y Estados Unidos, el cineasta disfruta de lo que él mismo define como “una tercera vida” de su obra.
Pero más allá del foco de atención que impone el festival, Vázquez se tomó un momento para desgranar su filosofía creativa. La suya es una obra donde la ternura es solo un caballo de Troya para hablar de las miserias humanas, un espacio donde la animación demuestra estar lejos de ser un género infantil para consolidarse como un lienzo infinito para la crítica social.
El caballo de Troya de los “animalitos”
Cuando se le consulta sobre si la animación posee un pasaporte más fácil para la internacionalización que el live action, Vázquez lo tiene claro. Su estética, que bebe de las fábulas clásicas y del anime más “cute”, esconde una estrategia narrativa deliberada.
“Yo trabajo con esta estética cartoon un poco universal, de animalitos. Me recuerda un poco a los inicios del Disney más clásico, recuerdo un poco las fábulas. Entonces, ese tipo de personajes no tienen un tiempo ni un lugar definido. O sea, es como pertenece un poco a la universalidad", explica el director. Y añade: “Tú si ves esta peli, decorado, no sabes bien de dónde es, no sabes bien si es española. O sea, no tiene nada que digas tú, es en español, igual es sentido del humor. O no sabes si es francesa, o americana, o japonesa”.
Sin embargo, detrás de esos ojos grandes y cabezones hay una intención mucho más profunda y contrastante. “Son figuras aparentemente dulces. Son animales bonitos para contar historias tristes, por así decirlo. Entonces, me interesa ese contraste entre lo cómico y lo triste. Personajes que hagan reír y llorar al mismo tiempo”, confiesa.
Esta dualidad funciona como una trampa para el espectador desprevenido: “También funciona un poco como un caballo de Troya”, en el sentido de que mucha gente, muchas familias, niños, adolescentes, o chavales, van a ver estas películas, pensando que son una película de humor gamborro... y luego se encuentran con una película bastante triste.
Megacorporaciones, máscaras sociales y la “antimoraleja”
Lejos de los bosques idílicos, el mundo que pinta Vázquez es un reflejo distópico de nuestra contemporaneidad. “Las temáticas que trata son bastante contemporáneas. Megacorporaciones controlan nuestra vida, superficialidad en las relaciones”, señala.
La crítica a la sociedad del espectáculo y la precariedad económica están presentes en cada trazo. “Muchas veces la película habla de eso. La sensación de que estamos todos los días actuando, ¿no? O tenemos un rol en nuestra familia, con nuestros amigos. El trabajo se ve muy claramente. La máscara que llevas, social”, reflexiona.
El retrato que hace de sus protagonistas es despiadado pero empático. Por todo ello, Vázquez no duda en calificar su obra como una “antifábula”. “Sabes que las fábulas tienen moraleja. Bueno, pues esta tiene una antimoraleja. Crea al espectador un mensaje que puede ser contradictorio o puede ser no positivo para él. O sea, al final es una película bastante cínica y bastante sarcástica, irónica, un sentido del humor un poco negro”, sentencia.
Los animadores como actores y un proceso de 12 años
Trasladar este mundo irreal y abstracto a la pantalla requiere de un equipo monumental. “Al final, si juntas todo el equipo, son 200 personas”, revela. El tiempo de producción suele ser de cuatro años, pero la gestación de esta historia en particular ha sido una maratón de 12 años.
“En el año 2012, yo hice una serie de historias cortas de cómic que publiqué en varias revistas. Y luego la salteó al cortometraje. Hice un cortometraje en el 2016-2017, y también estuvo aquí [en Annecy]. Unos años después, conocí al coguionista de esta película, se llama Xavi Manuel, y juntos empezamos a desarrollar un proyecto de serie de animación para adultos... Eso no fue adelante, y entonces dijimos, si llevamos trabajando en esto un año, todas estas ideas las hacemos en un largo. Al final, esta película tiene un proceso de 12 años“, rememora.
En este largo camino, el personaje de Arnaud, a quien “vimos en un corto, y ahora está en el largo”, se convierte en el hilo conductor. Y para darle vida, Vázquez tiene una premisa inquebrantable sobre su equipo: “Los animadores son los actores”.
Lejos de los Óscar
La entrevista deriva inevitablemente hacia el elefante (o el unicornio) en la habitación: la industria y los premios. Sus películas, marcadas por un humor negro y una crudeza visual, parecen estar diseñadas para ser “anti-Óscar”.
“Las películas estas son unas películas un poco anti-Oscar a veces. Son muy sarcásticas, muy oscuras, muy crueles a veces. No son películas familiares, son películas muy oscuras. A mí me gusta la oscuridad”, defiende el cineasta.
“La gente paga por ser asustada. Tiene un público, la oscuridad”, argumenta. “No son películas fáciles. Son películas un poco crueles. Unicorn Wars es una película muy violenta. Ultra violenta, yo diría. Son películas que no son para todos los públicos, pero tienen su público".
Para Vázquez, cambiar de registro sería traicionar su propia esencia artística. “Yo hago lo que hago, lo he hecho siempre. Es una visión artística del mundo”, subraya, lanzando una comparación con Lars von Trier.
Mientras la comunidad internacional de animación lo abraza en las calles de Annecy, Vázquez reafirma su compromiso con una visión intransferible. “La animación es un medio maduro. Se puede contar todo tipo de historias”, concluye.
Lejos de buscar la condescendencia de los premios mainstream, el español sigue demostrando que el dibujo animado es, en sus manos, un bisturí perfecto para diseccionar las sombras del alma humana.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.

