Hay películas que llegan a un mercado o a un laboratorio para buscar financiación, alianzas o visibilidad. Y hay otras que llegan también para recordar que el cine sigue siendo una herramienta de memoria frente a aquello que desaparece. En Qumra 2026, uno de los proyectos que mejor encarnó esa segunda posibilidad fue Language of Water”, del realizador venezolano Jeissy Trompiz, una propuesta que parte de un hecho tan concreto como devastador: la existencia del último hablante de una lengua indígena en Venezuela.

La fuerza de la presentación de Trompiz no estuvo solo en el tema, sino en la manera de formularlo. “Solemos hablar de animales o plantas en peligro, pero no de lenguas en peligro. Y las lenguas también están desapareciendo”, dijo durante la rueda de prensa. Esa frase bastó para situar su película en un territorio singular: uno donde la pérdida no es solo lingüística, sino también histórica, cultural y política.

Qumra volvió a celebrarse en formato online, con ruedas de prensa virtuales en lugar de encuentros presenciales en Doha. El contexto condicionó el tono de las sesiones: tiempos ajustados, moderación estricta, respuestas en inglés o árabe según el idioma de cada intervención, y una sensación general de que el encuentro se sostenía a distancia pero no por ello con menor intensidad. Lejos de vaciar el sentido del evento, el formato confirmó la capacidad del programa para seguir siendo un espacio de acompañamiento a películas en desarrollo y de diálogo entre cineastas, prensa e industria.

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En ese marco, Trompiz —cineasta venezolano afincado en República Dominicana— presentó Language of Water como una película que trabaja simultáneamente con la memoria, la percepción del mundo a través del lenguaje y la soledad del último hablante. Pero también quiso precisar que no se trata de una aproximación cerrada o puramente observacional. “Buscamos explorar los límites entre ficción y documental, tanto narrativa como cinematográficamente”, explicó.

Lo más interesante de su intervención fue la insistencia en desmontar cualquier lectura reduccionista del proyecto como si se tratara de un problema aislado o local. Ante la duda de si un tema así podía resultar lejano para públicos de Doha o del mundo árabe, Trompiz fue tajante: “Sí, es un tema universal”. Y desarrolló esa idea en una dirección muy clara: “La película trata sobre minorías, periferia, globalización”. La desaparición de una lengua no aparece entonces solo como una tragedia patrimonial, sino como una forma concreta en que se manifiestan la exclusión y la erosión de mundos culturales enteros.

Esa dimensión política del film apareció también cuando habló de las dificultades para levantarlo. “Es un acto de resistencia”, afirmó al referirse al equilibrio entre la libertad creativa y las exigencias del mercado global. Según explicó, se trata de un tipo de cine que no suele entrar fácilmente en las lógicas de rentabilidad ni de visibilidad inmediata. “Pasamos años sin financiación, pero es necesario seguir”, resumió. La frase no se limita a describir una dificultad productiva; funciona también como una definición ética de lo que significa sostener un proyecto cuando el sistema parece no estar hecho para él.

En términos estéticos, Trompiz describió su mirada desde la noción de periferia. “Mi enfoque está ligado a la idea de ‘periferia’”, dijo. De ahí deriva una mezcla de materiales y registros en los que lo real convive con lo onírico y lo espiritual. “La película mezcla lo real, lo onírico, lo espiritual”, añadió. En ese punto, Language of Water se perfila no solo como una película sobre una lengua en extinción, sino sobre un modo de experimentar la realidad que no puede separarse del sueño, la visión y la memoria.

A su lado, la sesión reunió otros proyectos que, aunque formal y temáticamente distintos, dialogaban con esa misma sensación de urgencia.

Uno de ellos fue When The News Breaks You, de Hamad Al Hajri, centrado en periodistas de Oriente Medio y en las condiciones extremas en las que trabajan. El director definió su film a partir de varias capas: “los riesgos del sistema en el que trabajan”, “el hecho de convertirse en objetivos”, “el impacto en sus vidas personales” y “el sacrificio que implica informar desde el terreno”. Más allá de la actualidad inmediata, Al Hajri insistió en que su película no fue concebida para seguir una coyuntura. “La película no nació para seguir una moda ni un trend”, explicó. Lo que quería era mostrar “la profesionalidad de los periodistas árabes y el sufrimiento que soportan para cubrir las noticias”.

La dimensión material del proyecto resultó igualmente reveladora. Al Hajri habló de los altos costes de producción y de la imposibilidad de filmar en Gaza, lo que obligó a redistribuir parte del trabajo entre Líbano, Turquía y Egipto. “Como cineasta, tienes que adaptarte a la realidad, trabajar con lo que tienes y tener múltiples planes”, dijo. También reveló que DFI fue la única institución que le dio apoyo financiero, algo especialmente significativo en una película atravesada por un contenido político tan frontal. Su proyecto, además, carga con una herida concreta: la pérdida de un personaje central al inicio del film, en referencia a Shireen Abu Akleh.

Si Al Hajri se movía en el terreno del presente y del riesgo, Mohanad Yaqubi proponía con Revolutionaries Never Die un diálogo entre archivo y convicción política. El director palestino, afincado en Bruselas, recordó que la película nació a partir de un correo recibido de Jocelyne Saab en 2018: “Recibí un email suyo en 2018 pidiéndome una colaboración. En ese momento no sabía quién era y no respondí. Dos meses después falleció”. A partir de ese gesto suspendido comenzó una investigación de seis años sobre la obra de Saab, especialmente las 16 películas que filmó entre 1973 y 1983 sobre luchas del mundo árabe.

En su caso, el proyecto se fue volviendo también una pregunta sobre el sentido mismo de hacer cine político. Yaqubi evocó el impacto de ver Beirut, My City poco después de que la casa de su familia en Gaza hubiera sido bombardeada. Desde ahí, Revolutionaries Never Die dejó de ser solo un trabajo sobre materiales de archivo para convertirse en una reflexión sobre la persistencia de las imágenes, la violencia que regresa y la necesidad de seguir filmando incluso cuando el presente parece negar toda eficacia al gesto cinematográfico.

También estuvo Jehad Hallaq, que presentó Until the Rain Stops con una formulación tan sencilla como contundente: se trata de una película “sobre una mujer palestina en Jerusalén que intenta salvar su casa en medio del aumento de la tensión en la región”. En una sesión dominada por temas de memoria, desaparición y archivo, esa frase devolvía la discusión a una realidad material ineludible: la casa como territorio de resistencia, el hogar como última forma concreta de permanencia.

Por su parte, Yassine Ouahrani aportó otro registro con Where the Sun Never Sets, definida como “una especie de romance distópico ambientado en una ciudad árabe futurista”. La película sigue a dos trabajadores que sueñan con escapar de una ciudad gobernada por la lógica fabril hacia “un lugar donde el sol nunca se pone”. El conflicto surge cuando uno decide perseguir el sueño y el otro opta por borrar su recuerdo. La película abre así una vía menos frecuente en el panorama regional: la de una imaginación futurista árabe, no desligada del presente, sino construida a partir de sus tensiones.

Ouahrani fue también uno de los realizadores que mejor sintetizó el valor del propio Qumra. Señaló que no es solo una plataforma para mostrar un proyecto, sino también un espacio donde la cultura gana espesor en “circunstancias difíciles”. Su idea de fondo era clara: incluso cuando la región no encuentra suficiente voz en otros ámbitos, sí la encuentra a través del arte y del relato cinematográfico.

El propio formato online fue comentado por los participantes con una mezcla de resignación y reconocimiento. Trompiz admitió: “Al principio fue frustrante”, porque quería estar físicamente en Doha, pero enseguida destacó el esfuerzo del equipo por mantener “la energía y el espacio de encuentro”. Al Hajri coincidió al decir que “la comunicación humana es muy importante”, aunque valoró la manera en que el evento consiguió preservar reuniones, conversaciones y encuentros útiles.

Visto en perspectiva, el paso de Jeissy Trompiz por Qumra no fue solo la presentación de una película prometedora. Fue también la irrupción de una pregunta incómoda y necesaria: qué significa perder una lengua, quién queda fuera cuando desaparece una forma de nombrar el mundo y qué puede hacer el cine ante esa desaparición. Si a eso se suman los periodistas que arriesgan su vida en When The News Breaks You, el archivo convertido en crisis ética de Revolutionaries Never Die, la casa amenazada de Until the Rain Stops y la ciudad futura de Where the Sun Never Sets, lo que queda es una constelación muy precisa de preocupaciones contemporáneas.

En ese conjunto, Language of Water se impone como un proyecto particularmente poderoso para la mirada hispana, no solo por su procedencia venezolana, sino porque recuerda algo que el discurso público rara vez mira de frente: que la desaparición de una lengua es también la desaparición de una memoria, de una comunidad y de una forma irrepetible de entender la realidad. Y que filmar eso, en palabras de Trompiz, sigue siendo “un acto de resistencia”.

* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.

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