El derrumbe de ueno bank puso al Paraguay frente a una dura prueba de su democracia reciente. En pocos días, el país pasó del shock financiero provocado por la caída a una crisis política: la Cámara de Diputados aprobó por unanimidad, con 78 votos, el juicio político al presidente Santiago Peña; el mandatario presentó su renuncia en plena sesión, y el Congreso, reunido en sesión de ambas cámaras para estudiarla, terminó sin resolverlo.
En medio de ese torbellino, un sector de legisladores planteó una salida sensata y que está acorde con los tiempos expeditivos que reclama la gente: aceptar la renuncia, cerrar el capítulo de la sucesión y concentrar toda la energía del Estado en lo urgente. Peña había dicho que daba un paso al costado “pensando en la estabilidad de nuestro país, en la paz social”.
Es así que la lógica se torna simple: con la transmisión de mando resuelta bajo términos de lo que manda la Constitución Nacional, el vicepresidente Pedro Alliana asumiría con plenas facultades y el Ejecutivo podría dedicarse sin distracciones a devolver la tranquilidad a casi tres millones de clientes del banco intervenido. Son tres millones de cuentas, no 3 millones de personas físicas.
Esto, lamentablemente no ocurrió. En la sesión bicameral, la oposición, con el apoyo de votos disidentes, inclinó la balanza en el Senado para rechazar la renuncia, y la sesión terminó cayéndose por falta de cuórum. El resultado es un país con un presidente que anunció su salida, pero que formalmente sigue en funciones, y con un juicio político en marcha: el Senado escuchó el libelo acusatorio y resolvió citar a Peña, quien aseguró que se presentará a ejercer su defensa.
Los argumentos de quienes empujaron ese desenlace no son menores. Sostienen que aceptar la renuncia podría dejar al exmandatario a resguardo de una sanción política y de los privilegios del cargo. Es una preocupación atendible. Pero el castigo a quienes vaciaron un banco no depende de una votación en el Congreso: depende de la Justicia, en este caso del Ministerio Público y de los tribunales. El temor de los legisladores de la oposición que –como siempre– dicen actuar en nombre del pueblo es insostenible. Y la muestra es el actuar de la Fiscalía y de los jueces que actuaron procesando e imputando a los responsables de este vaciamiento. En el frente judicial ya hay 27 personas que fueron imputadas, el Ministerio Público pidió prisión preventiva para el fundador de la entidad y la Justicia ordenó embargos por 70 millones de dólares sobre bienes de la cúpula directiva. Evitar el latrocinio, que el saqueo quede impune y que sus responsables se queden con lo ajeno, exige fiscales firmes y jueces independientes, y eso está ocurriendo.
Pero mientras la clase política demora y discute la forma en que saldrá Peña, la urgencia está en otro lado. Hay comerciantes, trabajadores y familias que guardaban en el banco el fruto de años de esfuerzo. La Ley 7745 habilitó un adelanto de hasta 40 salarios mínimos por ahorrista desde el Fondo de Garantía de Depósitos, y el Banco Central del Paraguay recalca que entre el 97 y el 98 % de los pequeños depositantes recuperará la totalidad de su dinero. Esos pagos necesitan un Estado que funcione, con autoridades firmes y un horizonte claro. No necesita retraso ni dilaciones de ningún tipo que lastimosamente no es el criterio de la oposición.
El pago a los ahorristas no puede quedar pendiente del desenlace del juicio político porque la tranquilidad social no se decreta: se construye con señales concretas. La primera, que el dinero llegue a quienes corresponde, en tiempo y forma. La segunda, que el sistema financiero vuelva a tener un árbitro creíble, con un Banco Central completo y respaldado. La tercera, que la sucesión institucional deje de ser el campo de batalla. Todo esto se solucionaba con un trámite expeditivo, rápido, institucional que iba a darse ya ayer con la asunción de Pedro Alliana, el vicepresidente, el reemplazante constitucional del ayer renunciante jefe de Estado.
Cada día de incertidumbre se traduce en desconfianza, y la desconfianza es el peor enemigo de un sistema financiero que –aunque fuerte y sólido– recibió un golpe esta semana. La prueba es doble: proteger el ahorro de la gente y castigar a quienes lo pusieron en riesgo, sin que una cosa quede rehén de la otra.
Restaurar la institucionalidad no es un capricho de un sector político, de ninguna manera. Representa la condición para que el ahorrista vuelva a confiar, para que el Estado pague lo que debe y para que la Justicia haga su trabajo sin presiones. Lo demás puede esperar, pero eso no lo entendieron algunos legisladores opositores que se rinden ante las cámaras de televisión.

