No es que no sepamos de los tentáculos de este fenómeno de descomposición moral; lo que asombra es la facilidad con que fue extendiéndose hasta áreas tan sensibles donde se supone que la honestidad y la excelencia deberían constituirse en cualidades indispensables para ejercer tan delicadas funciones.

Esta situación evidencia que también ha fracasado el método de selección de las personas que tienen a su cargo la validación de los dudosos diplomas expedidos por establecimientos con rótulos educativos, pero sin credenciales de calidad y seriedad.

En reiteradas oportunidades ya nos habíamos pronunciado sobre las denominadas universidades de garaje que no cumplían con los mínimos requisitos para el desarrollo de carreras de alta complejidad, especialmente en las áreas del derecho, la medicina y las ciencias de la educación.

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Así es como, en los últimos años, el mercado laboral se saturó de “doctores” sin que contemos con un mecanismo adecuado y eficiente para comprobar la competencia de estos titulados de profesionales.

A este decadente panorama ahora debemos sumar la proliferación de universidades fantasma, que solo fueron creadas a efectos de lograr rápidos negociados con estudiantes que ni siquiera asistían a clases y –mucho menos– sin ser sometidos a un riguroso proceso de examinación. En el caso de los que practican el derecho, es lisa y llanamente una estafa (tanto por la deficiente formación como por ser simplemente fraudulentos).

Y en estas condiciones asumen casos judiciales sin estar académicamente preparados para ejercer una defensa o formular una acusación. Por lo general, es la gente humilde la que solicita sus servicios por su bajo costo que, al final, resulta altamente oneroso por sus malos resultados.

En cuanto a los titulados de médicos no hace falta exponer demasiado por resultar altamente obvias las consecuencias que pueden sufrir sus eventuales pacientes. Y, por último, los graduados –siempre supuestamente– en ciencias de la educación se suman a un sistema que, desde hace décadas, viene arrastrando muchas deficiencias, a razón de que la educación nunca fue una prioridad para las sucesivas autoridades de turno, que preferían invertir en obras que reditúan más rápidamente en la mejora de su propia imagen política.

Donde más han pululado las personas con títulos de turbia procedencia es en la administración pública. Paradójicamente, muchas de ellas se encuentran en dependencias del Ministerio de Educación y Ciencias. ¿La razón de esta multiplicación de diplomas de manifiesto dolo? La explicación es muy sencilla, aunque poco difundida al conglomerado social: se paga un apetecible plus por “título” en concepto de bonificación académica.

De modo que muchos eligieron el camino más corto entre el ingreso y la colación. Sencillamente, superaron todos los obstáculos sin necesidad de sortear valla alguna.

El daño se extiende irremediablemente a toda la sociedad al exponerse a la incompetencia, a la deshonestidad y al fraude. Y, también, se proyecta a la familia, pues, al descubrirse la estafa, el escarnio sacude a todo el entorno, afectando con mayor intensidad a los hijos, en caso de quienes los tienen.

Tarde o temprano todo sale a luz. No existe el crimen perfecto. Aunque, a veces, los protagonistas de la corrupción (en todos los ámbitos) puedan evadir el castigo de la justicia mediante mañosas estrategias o sobornos, el peso de la sanción social hará que tengan un futuro de reprobación ciudadana.

Escándalos de este tipo se han repetido a lo largo de las últimas décadas. Recordamos uno que se produjo en la década de los ochenta y que tuvo una gran repercusión en la opinión pública. Fue cuando descubrieron que decenas de títulos del nivel secundario eran falsificados.

Solo que el hallazgo ocurrió varios años después de que se procediera a la fabricación de notas en los certificados de estudios y muchos de aquellos “egresados” ya estaban cursando carreras universitarias e, incluso, uno de ellos se encontraba en puertas de concluir la carrera de Derecho, en la Universidad Nacional de Asunción (UNA), y con buenas notas. Haber “pasado” fraudulentamente el quinto y sexto cursos del sistema de aquella época truncó su porvenir.

Era una persona muy mediática, con certeras opiniones, que hoy desapareció completamente. Este hecho nos deja una lección muy clara, casi una moraleja: La formación académica no puede improvisarse y, mucho menos, comprarse. La práctica, irremediablemente, desnuda el maquillaje.

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