Una de las condiciones del positivismo científico es la posibilidad de observar, medir y verificar los hechos. Aunque estamos convencidos de que no es el único camino para desalojar dudas, superar errores y construir certezas para llegar a la verdad, aquel método es pertinente en el caso particular que nos ocupa.
Porque vamos a definir y demostrar una situación que muchos pretenden negar, desvirtuar o interpretar conforme con sus visiones sesgadas por el prejuicio o la mala fe.
Tratan de rebatir lo que ellos mismos se encargan de ratificar cotidianamente a través de los medios de comunicación –o desde los propios medios de comunicación– mediante escritos, voces o imágenes de sus periodistas.
Son, precisamente, esas opiniones de los hombres y mujeres de la prensa y las declaraciones de parlamentarios, dirigentes varios y analistas las que confirman que, indudablemente, dentro de nuestra sociedad es la Asociación Nacional Republicana la que mide la temperatura, marca el pulso y determina la orientación del debate político.
Ninguna institución partidaria, social o de cualquier otra índole consigue disparar el termómetro como lo hace el Partido Colorado. No solo porque administra el Poder Ejecutivo, sino, sobre todo, porque es una fuerza que, a pesar de los años, sigue manteniendo una presencia envolvente mediante la renovación constante de sus liderazgos.
Sin embargo, no podemos ignorar que algunos viejos armatostes continúan constituyendo un lastre para su despegue definitivo hacia una modernización del Partido Colorado, sin que eso implique abdicar de sus principios y valores originarios y, principalmente, la completa recuperación de sus fundamentos éticos, programáticos y doctrinarios. Los que en la jerga política se conocen como “escombros” no paran en su afán de mamar de las ubres del Estado, sin más propósito que aumentar sus fortunas amasadas al margen de la ley.
En cada nuevo gobierno se mimetizan cambiando de piel de acuerdo con la ocasión, sin convicciones, sin amor propio y sin dignidad. A pesar de esta pesada rémora, con fragmentos de su historia y su tradición, el coloradismo no ha perdido su vigencia ni su vitalidad en el escenario del poder. Y nos remitimos a las pruebas, como apuntamos al inicio de nuestro editorial.
Si dentro de la comunidad política, la Asociación Nacional Republicana es la que ejerce una incuestionable influencia, es, también, innegable que, dentro de esta organización partidaria, el movimiento Honor Colorado es el que tiene una irrebatible hegemonía, incluso, en el momento de transformar en noticias lo que ocurre al interior de este sector del coloradismo.
Y así seguirá siendo hasta que el exmandatario Horacio Cartes decida retirarse de los campos de batalla electorales. Aquí no hay ceguera ni fanatismo.
Solo hay que observar cuidadosamente las informaciones de los últimos días para medir y verificar cuanto decimos. Cuando algunos buscan exponer un supuesto declive de su liderazgo, sus propios adversarios políticos –disidentes y opositores– sostienen la tesis de que mantiene inalterable su poder dentro del movimiento que él lidera, así como en la presidencia de la Junta de Gobierno de la ANR.
Aunque su carrera política todavía no cumplió dos décadas –lo que refuerza más aún su mérito–, Cartes fue el hombre que devolvió al poder al Partido Colorado en 2013, después de una parada desértica de cinco años.
Una controversia al interior de Honor Colorado –que es normal en todo sistema democrático– fue noticia de tapa, lugar común para las más diversas opiniones –algunas realmente disparatadas– y para el anuncio de una inminente catástrofe política. Es decir, aquellos que procuran desesperadamente desterrar a Cartes de la escena pública son los mismos que, contradictoriamente, le están dando cada vez mayor identidad, una existencia política irrefutable.
Así está demostrado en los hechos, tal como reclama el positivismo científico. Se equivocan, por tanto, quienes buscan desplazarlo del centro del poder partidario. Nadie patea a un muerto, como refiere una conocida expresión popular.
Como muestra de su liderazgo podemos señalar que, de su mano, llegaron a la presidencia de la Junta de Gobierno el actual vicepresidente, Pedro Alliana, y a la Presidencia de la República, Santiago Peña.
Sin restarles méritos propios a ambos. Y hoy también el candidato de su movimiento, Camilo Pérez, hasta hace poco desconocido políticamente, está en una envidiable posición en la preferencia ciudadana para disputar el 4 de octubre próximo por el cargo de nuevo intendente de nuestra ciudad de Asunción.
Por último, evidentemente, Cartes siempre ha demostrado una conducta coherente y uniforme con el legado del último caudillo republicano, el doctor Luis María Argaña, quien afirmaba que “el Partido Colorado no concede cheques en blanco a quienes gobiernan en su nombre”. Está todo dicho.

