Hubo intendentes buenos, regulares, incompetentes y corruptos dentro de todos los partidos políticos paraguayos. Ocurrió dentro de los liberales, cuando todavía no se habían unificado bajo el radicalismo auténtico, el único sobreviviente de todas las ramificaciones que tuvo en nuestro país esta asociación política identificada con el color azul, para que la explicación sea completa. Lo mismo pasó con los colorados, representado por el color rojo.
En este proceso democrático que estamos viviendo, los jefes comunales fueron y son electos mediante el voto directo, ya no es una imposición arbitraria del Poder Ejecutivo.
Aunque uno llegue al cargo ostentando una determinada divisa partidaria, cada uno es responsables de sus actos. Las hilachas de un mal administrador no pueden ser cargadas a la institución, que está por encima de los hombres y sus acciones. Ella, la institución, deberá ser preservada desde su raíz fundacional: los principios, valores y ejes programáticos.
Cae, no obstante, bajo la jurisdicción de estas instituciones partidarias sancionar a los militantes con cargos que se desbordan en el ejercicio de sus funciones al apropiarse de los recursos públicos, mientras las ciudades que les fueron encomendadas para orientarse hacia el progreso –sin exclusiones– siguen en pésimas condiciones. Y, algunas, hasta con retroceso.
En ese panorama que los opositores –de los viejos y de los nuevos– no quieren ver se desarrollarán las elecciones municipales el próximo 4 de octubre. No todos son beatos a punto de ser santificados, ni pecadores en puertas de la excomunión.
Repetimos, los partidos y movimientos políticos no pueden cargar con la culpa de quienes deshonraron sus denominaciones de representación popular, pero, tampoco, pueden convertirse en cómplices, callando o apañando las fechorías y delitos de sus afiliados.
La identificación de los colores que representan a los dos partidos tradicionales de nuestro país no fue al azar. Solo el rojo de la Asociación Nacional Republicana (ANR) permanece en todos los distritos electorales del Paraguay.
El Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA), que se declara heredero del antiguo Centro Democrático fundado el 10 julio de 1887, ha cedido candidaturas, por ejemplo, en Asunción y el Ciudad del Este.
Una vez más ha desteñido su bandera bajo una alianza de diversas fuentes ideológicas, donde la derecha más rancia convive –es un decir– con sectores de una izquierda variopinta. Sin más propuestas ni consignas que derrotar al Partido Colorado. Y no encuentran mejor estrategia que apuntar y disparar al bulto, sin siquiera evaluar o medir los méritos del individuo que tienen enfrente.
En 2008, el coloradismo cayó por sus propios errores. Fernando Lugo llegó a la Presidencia de la República aliado al PLRA. Desde el primer momento se notó que estábamos ante una cohabitación imposible. Empezaron a roerse sus propias entrañas. El penoso resultado fue un juicio político y un vicepresidente liberal que llegó a la Presidencia mediante ese mecanismo constitucional.
En ese contexto precedentemente descrito, la ANR volvió al poder en cinco años, cuando que le dieron, prácticamente, carta de defunción. En ese pesimismo sin retorno se apuntaron algunos dirigentes del coloradismo. Es más, el entonces jefe de Estado, Mario Abdo Benítez, había afirmado que el partido hubiera estado un tiempo más en la llanura para una mayor depuración.
Con eso demostraba su odio visceral a su antecesor, Horacio Cartes, de cuyas manos los colorados se instalaron nuevamente en el Palacio de López. Sin ese pedestal que tuvo como antecedente, Mario jamás hubiera sido presidente.
Volvamos al tema central. El próximo 4 de octubre, especialmente en Asunción, el electorado deberá analizar la gestión de los candidatos. Tanto Soledad Núñez –las damas primero– de Juntos por Asunción, como Camilo Pérez, del Partido Colorado, serán escrutados por la mirada ciudadana atendiendo a sus antecedentes de gestión.
Por las explicaciones que dimos al iniciar este editorial, se juzga a las personas, no a las instituciones a las cuales representen. Salvo, claro está, que sea un partido que promueva la xenofobia, el autoritarismo, la discriminación y la negación de los derechos fundamentales a las minorías. No es este el caso. En una democracia, como suele decirse en las calles, debería ganar el mejor. Aunque no siempre, pero a ese norte debemos apuntar.

