La desesperación por fabricar un liderazgo que pueda derrotar a la Asociación Nacional Republicana en cada elección general se ha convertido en un torneo de tiro al blanco donde la puntería es la que menos sobresale, porque el pulso está centrado en supuestos y en prejuicios que desvirtúan los análisis y los alejan de cualquier aproximación a la veracidad. La más cercana es la de abril de 2028, cuya fecha exacta será fijada después de los comicios municipales del próximo 4 de octubre. Las reflexiones carecen de coherencia y lógica para que, al menos, resulten verosímiles, o sea, creíbles, para que la sociedad pueda aceptarlas como válidas. Aquí comienzan a pilotear periodistas, comentaristas de diarios, políticos de la oposición y algunos colorados que ambicionan acarrear agua para su provecho en medio del molino de la confusión. Confusión que estos últimos se encargan de agrandar para erigirse en los propietarios de los juicios asertivos con la petulancia de los dogmáticos. Pero son, al mismo tiempo, los que nunca aciertan o, dicho de otro modo, siempre se equivocan por falta de robustez y solvencia intelectual.
Son los que años atrás decretaron con la infalibilidad de los antiguos pontífices la defunción del liderazgo de Horacio Cartes y la extinción del movimiento Honor Colorado. Según estos agoreros de la política, tanto el actual titular del Partido Colorado como su sector interno de la ANR estaban “viviendo sus horas más oscuras ante el desbande generalizado de sus fuerzas”. Estas afirmaciones son de 2021, en pleno gobierno de Mario Abdo Benítez. Pero la realidad les dio una bofetada: el delfín del expresidente de la República, Santiago Peña, ganó las internas partidarias y, luego, triunfó en las elecciones generales de 2023 para instalarse en el Palacio de López. Y el propio Cartes se quedó con la titularidad de la Junta de Gobierno, autoridad institucional del coloradismo.
Estos repetidamente fracasados en el oficio de pronosticar escenarios políticos son, también, los recurrentemente convocados por los medios de comunicación, aspirando influenciar en la opinión ciudadana desde el sesgo manipulador, la falsedad premeditada y la flatulencia verbal. Desde hace un tiempo, a toda costa, intentan con afán exacerbado instalar la figura del exintendente de Ciudad del Este y actual procesado por gruesos hechos de corrupción, Miguel Prieto. Ahora resulta que, cuando la Fiscalía investiga y la Justicia procede, son errores que elevaron a este personaje a la categoría de “líder nacional”. Lo que intencionalmente callan es que su movimiento Yo Creo ni siquiera pudo triunfar en el departamento de Alto Paraná, quedando la gobernación en manos del Partido Colorado. Razonando medianamente, sin requerir mucha profundidad ni aristas varias, ya lo ubican prácticamente como el único que puede desalojar del poder al Partido Colorado, cuando que ni siquiera alcanzó a consolidarse como líder departamental.
La otra falacia que vanamente intentan construir es que las elecciones municipales marcarán la tendencia de las próximas elecciones presidenciales. Decimos vanamente, porque reiteradamente estas opiniones –que nada tienen que ver con el método científico– se despedazan contra la realidad por falta de coherencia interna en su estructura argumentativa. Fernando Lugo administraba el Poder Ejecutivo cuando el colorado Arnaldo Samaniego se convirtió en intendente de la ciudad de Asunción. Mario Abdo Benítez era jefe de Estado cuando justamente Prieto ganó la intendencia de CDE. Durante ese mismo periodo, el opositor Luis Yd fue reelecto en la ciudad de Encarnación. Eso no impidió que Santiago Peña llegara al poder central el 15 de agosto de 2023. Se evitan ex profeso estos indicadores o datos –para que quede más claro– con el propósito de que los aventureros de las predicciones puedan rodearse de un aire de superioridad intelectual y credibilidad. En el fondo, demuestran lo contrario: la absoluta falta de conciencia ética y rigurosidad crítica para formular sus afirmaciones. Lo que abunda, en todo caso, es el devaneo prosaico sin gracia alguna, por más que se esfuercen sus propaladores, y la entronización de la estulticia, evidenciando la decadencia intelectual y la irresponsabilidad moral de quienes tratan de llegar al poder o sobrevivir a costa del Estado, sin más fundamentos que sus angurrientos intereses y desaforadas alucinaciones.

