Para que los buenos programas del actual gobierno puedan tener continuidad en el tiempo será imprescindible que en 2028 asuma la presidencia de la República una persona afín a esta administración.

Afín en el sentido de compartir la misma visión en cuanto al alcance de aquellas gestiones que apuntan a obtener mayores beneficios para el país y para la gente.

Y que no solo sean un conjunto de proyectos estratégicos para el afianzamiento de la macroeconomía, sino que tengan la capacidad de desbordar hacia los sectores populares, aquellos que siguen postergados en la satisfacción de sus necesidades más básicas.

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El siguiente jefe de Estado y su equipo tendrán que priorizar una política social que consagre el cumplimiento de esenciales derechos humanos, como la seguridad alimentaria, es decir, el consumo de alimentos suficientes y nutritivos para la población, que permita, a su vez, una vida activa y sana. Se debe avanzar sobre lo que ya se ha iniciado. La peor decisión sería empezar todo de nuevo, como está sucediendo desde hace varias décadas. Esto ocurre porque las políticas públicas no tienen sentido de Estado, sino que dependen de la voluntad discrecional de los gobernantes de turno.

El que paga las consecuencias de las malquerencias políticas y las improvisaciones es el pueblo humilde, que, muchas veces, ni siquiera encuentra una voz que lo represente y defienda.

Por ejemplo, el Programa de Alimentación Escolar (PAE), que tiene el nombre genérico de Hambre Cero en las Escuelas, tiene que proyectarse más allá de las aulas y alcanzar a las familias en situación de vulnerabilidad.

Ni siquiera hará falta inventar nada. Solo hay que replicar las experiencias exitosas, como la de México, por ejemplo, donde la cobertura social es amplia y diversa, afectando positivamente a bien identificadas áreas que, por lo tanto, pueden ser medibles y cuantificables.

El otro tema capital es el déficit que seguimos teniendo en materia de infraestructura. Que, como venimos repitiendo con insistencia, no se agota en la construcción de rutas y puentes, sino que incluye escuelas, hospitales, redes de agua potable, alcantarillados, plazas y espacios públicos de recreación.

Incorpora, además, las plantas generadoras de electricidad y las respectivas líneas de distribución. En todos estos aspectos que estamos detallando aún hay mucho por hacer.

Cada inicio del periodo escolar salta a la luz las precarias condiciones en que se encuentran numerosos locales escolares.

Lo mismo pasa con los hospitales. Si es un problema recurrente, es hora de que el mandatario que asuma el 15 de agosto de 2028 llegue al poder con un plan de contingencia –de aplicación inmediata– y con un programa de largo alcance, que tenga las características de una política de Estado, de manera que el siguiente titular del Poder Ejecutivo no pueda desecharlo por mezquindad o simple aversión personal a quien le antecedió en el cargo.

Citemos como muestra el metrobús, una obra que iba a beneficiar a miles de conductores y pasajeros de ómnibus, porque no solo habría permitido agilizar el tráfico, sino también ayudar a mejorar la calidad de vida de esas personas al evitar los engorrosos embotellamientos que alteran los nervios y provocan estrés, ansiedad e impaciencia, entre otras situaciones molestas.

Ninguna de esas valederas razones impidió que el entonces presidente de la República, Mario Abdo Benítez, y su ministro de Obras Públicas y Comunicaciones, Arnoldo Wiens, destruyeran los trabajos iniciados durante el mandato de Horacio Cartes.

También ya lo dijimos en ocasiones anteriores: tarde o temprano, algún jefe de Estado con coraje habrá de reiniciar este proyecto cada vez más imprescindible, como podemos comprobarlo por la agudización de este problema de muy larga data.

Porque, aparte de desmantelar lo realizado en lo concerniente al metrobús, el anterior gobierno no ofreció ninguna alternativa de solución. De hecho, no había en ese equipo alguien con suficiente inteligencia y creatividad para tal menester. Porque la maldad y la mediocridad se equilibraban en la administración de Abdo Benítez.

Es por ello urgente que los precandidatos a la presidencia de la República elaboren un sólido programa de gobierno, de materialización técnica posible y con financiamiento asegurado. Y que los debates se centren en esas propuestas concretas y no en las descalificaciones que hartaron a una sociedad que espera respuestas en vez de agravios.

En ese sentido, quien representará a la Asociación Nacional Republicana deberá conocer el marco ideológico y programático del partido, su fuerte inclinación social y su rica histórica en la lucha por reivindicar a las clases populares.

Y, con estas armas, combatir los inaceptables privilegios de los círculos del poder político y económico. Ya no es tiempo de gobernar por inercia. Se debe hacer por la fuerza de las ideas y de la coherencia con los principios ideológicos del partido al que pertenecen.

Cuando el norte se centra en el bienestar colectivo, las políticas de Estado tendrán más fácil el camino para su perfeccionamiento y realización.

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