Se ha vuelto costumbre –aunque ya a nadie asombra– que algunas corporaciones periodísticas, referentes políticos de la oposición y la disidencia interna del Partido Colorado se declaren “perseguidos” cuando la Justicia se pone los pantalones largos y no se deja intimidar por el poder fáctico que pretende construir el Estado oculto o paralelo, amparados por una larga impunidad, recursos económicos y medios de comunicación que se han convertido en herramientas de extorsión y amedrentamiento.
La diosa Temis de los romanos es para ellos, como mínimo, tuerta o con vendaje inclinado para mirar picaronamente a quienes deberían ser absueltos o condenados.
No solo habría de mantener el equilibrio y la equidad, sino que tendría que inclinarse por el peso desleal del dinero. Y, para terminar, estaría tan dañado el filo de la espada que no serviría para hacer cumplir las leyes, cortando los crímenes de toda laya y, en el caso que nos ocupa, la corrupción que contaminó las estructuras públicas y carcome los cimientos de la democracia.
Esta repetida estrategia contiene otro componente: se ignoran o minimizan las denuncias en contra de los que delinquieron en contra del Tesoro, apropiándose de recursos que deberían destinarse al bienestar de la gente, al desarrollo material del país, a disminuir los índices de la pobreza, generar empleo y mejorar la calidad de la salud y el sistema nacional de educación.
Y, en contrapartida, se amplifican las supuestas campañas de cobro de facturas y venganza en contra de los adversarios políticos. Lo que categóricamente se ambiciona es fácil de distinguir y calificar: impunidad. Que aquellos crímenes perpetrados en contra del Estado queden sin castigo.
Que las atrocidades cometidas por quienes desviaron el erario hacia sus dominios particulares puedan gozar de las riquezas malhabidas sin que nadie les moleste, mientras el pueblo sufre las graves consecuencias del inmundo latrocinio.
Los que ayer, amparados en el poder, abusaron de su investidura para apropiarse de bienes públicos hoy se presentan –y son presentados por sus medios de comunicación cómplices– con el hábito de los monjes tibetanos, curtidos por la virtud, la disciplina y la vida austera.
Nada más diametralmente opuesto a la realidad. Consagran al hedonismo como fuente de toda inspiración y el placer como fin último de sus existencias. Y para satisfacer su concupiscencia, no se cansaron de meter la mano en el presupuesto y los fondos sociales de las hidroeléctricas de carácter binacional.
El exintendente de Ciudad de Este Miguel Prieto está formalmente acusado por lesión de confianza y asociación criminal. En uno solo de los casos se ha demostrado un perjuicio patrimonial de 2.900 millones de guaraníes.
El otro que asume investidura de santo es el exministro de Obras Públicas y Comunicaciones y también expastor evangélico Arnoldo Wiens, por un daño patrimonial de casi 15.000 millones de guaraníes. Ninguno es nene de pecho, por utilizar una expresión muy popular para definir la codicia de estos personajes de triste memoria y poca monta.
Las investigaciones que involucran al banco Atlas, de la familia Zuccolillo (propietaria de una cadena de medios), están relacionadas con lavado de dinero. En un giro rocambolesco, pretenden presentar esta acusación como un “atentado” en contra de la libertad de expresión y un “mecanismo de censura”. Nada que ver. Sus medios pueden seguir publicando lo que quieran, incluso difamando y denigrando honras ajenas sin ningún respeto a la ética que exige esta profesión.
La entidad financiera deberá demostrar su inocencia en los estrados judiciales y no pretender distraer la atención de las documentadas denuncias agrediendo a sus enemigos políticos. Un recurso infantil y sin impacto en la sociedad que hace rato descubrió que algunas corporaciones mediáticas dejaron de preocuparse por el derecho al pueblo a estar bien informado para priorizar sus bastardos intereses.
Han perdido toda credibilidad y solo sus propietarios y algunos periodistas que han optado por el sicariato mediático y no por el compromiso ético de informar con la verdad viven en una burbuja de onanismo permanente creyendo que siguen influenciando y manejando la opinión ciudadana.
Y que, sobre todo, son las voces de los dioses para torcer elecciones y hacer ganar a sus candidatos. Lo concreto es que, últimamente, fueron derrotados en todos los frentes y les cuesta rumiar sus fracasos. Y, para peor, se ponen en el papel de “víctimas”.
No son capaces siquiera, ni ellos ni sus aliados políticos, de asumir sus responsabilidades con dignidad y coraje. ¡Una vergüenza nacional que está recibiendo el repudio de los buenos y honestos ciudadanos!

