Por fin se estrenó la película que todos estaban esperando, aunque con expectativas divididas: de un lado, aquellos que nunca perdieron la fe en la verdad, la justicia y la consecuente reparación de los daños causados a la imagen, el honor y el patrimonio personal y familiar de la víctima, y del otro, quienes se frotaban las manos y babeaban con cruel malicia, deseando lo peor que se pueda imaginar, incluso, lo más inhumano –como la muerte– y un destino trágico para quien consideraban su enemigo más odiado.

Los primeros entendieron que todo se había fraguado y orquestado por un gobierno putrefacto y despreciable que, sin miramiento alguno, dejó un saldo de 20.000 fallecidos durante la pandemia del covid-19, en tanto los bolsillos de su entorno impúdico se llenaban de dinero sucio proveniente de créditos para amortiguar el impacto del virus fatal.

Se prestaron para esta miserable maniobra los miembros del Partido Democrático Progresista (PDP), que estaban en los puestos clave para la lucha contra la corrupción, el narcotráfico y el lavado de dinero. Sin embargo, nunca hubo evidencias contundentes ni verificables de las rimbombantes denuncias.

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Todo se trataba de suposiciones, de relatos condicionados y de escritos aviesamente sesgados para acusar con vehemencia al objetivo a ser destruido.

Lo dijimos en su momento: era un mamotreto sin fundamento que no resistía el más somero de los análisis. Un collage de disparates que merecía el monumento a la estulticia. Los otros se confabularon con dos cadenas mediáticas, la de los Zuccolillo y la de Antonio J. Vierci, quienes publicaron la información filtrada desde el Poder Ejecutivo con los mismos caracteres, tamaño, espacio y titulares repetidos.

En connivencia con el entonces embajador de los Estados Unidos de América, de triste memoria y gestión, consiguieron una primera sanción dentro de la llamada agenda por la alternancia, ideada por la anterior administración estadounidense en julio de 2022. En medio de la algarabía generalizada de los detractores del protagonista de este recuento periodístico, dieron por muerto al adversario.

Algunos voceros de Mario Abdo Benítez –cuyo nombre pasará a la historia como el más pusilánime de los presidentes de la República de la era democrática– afirmaban a los medios de comunicación cómplices de aquella corrupta administración que Horacio Cartes debería renunciar a su candidatura a la titularidad de la Junta de Gobierno del Partido Colorado.

La campaña buscaba debilitar las pretensiones de Santiago Peña, precandidato a la primera magistratura de la nación bajo el liderazgo de Cartes. Ambos ganaron por amplio margen sus respectivos compromisos electorales.

Es importante insistir puntualmente en estos asuntos por aquello de que nuestro pueblo tiene memoria débil o corta. No debemos permitir que estos atropellos a la decencia política y al buen periodismo queden en el olvido.

En marzo de 2023, a semanas de las elecciones generales, llegó la segunda sanción, esta vez en el orden económico, que apuntó directamente a las empresas del exmandatario en el periodo 2013-2018.

Fue entonces que los sicarios de la prensa y algunos alquilados columnistas de opinión sentenciaron con desesperación el final apocalíptico: la extradición ya es solo mero trámite. Y como clamaba el gaucho Martín Fierro, “de rodillas en el suelo” suplicaron el auxilio de todos los “Santos del Cielo”. Pero los santos no escuchan a los hipócritas.

Uno de los articulistas del diario Última Hora, indiferente a la grosera intromisión en nuestros asuntos internos de parte de una potencia extranjera, casi en tono de ruego escribía que, “si va a haber pedido de extradición, tiene que ser ahora”, antes de las elecciones generales. Otro celebraba la decisión del Departamento de Estado, argumentando que “con los gringos no se jode; cuando la Justicia de nuestro país no funciona, ellos se encargan de poner las cosas en su lugar”. Aquí están los cipayos y legionarios del siglo XXI.

Quien fuera senadora, Desirée Masi, del PDP, anunciaba con memes el inminente “mameluco naranja”. Sabiendo que a Cartes le encanta el fútbol, ironizaban ya sobre su ausencia en el Mundial de Fútbol de la FIFA, que tenía a Estados Unidos como uno de los tres países organizadores del mayor evento mundial del deporte rey.

Bueno, como en las mejores películas de Hollywood, llegó el día del esperado estreno. Sin embargo, los enemigos declarados de Horacio Cartes sufrieron un duro revés, a razón del guion corregido con un final que no esperaban.

No podemos resistir la tentación y, aun a riesgo de que los productores de las peripecias del rey de Zamunda en la Gran Manzana lleguen a denunciarnos por plagio, muy bien cabría como título: “Cartes en Nueva York”. Y nada más y nada menos que para ver la final del Mundial de Fútbol de la FIFA.

Pero no se preocupen, amables lectores. Sus enemigos ya encontrarán –como siempre– nuevos materiales para indigestarse de odio y morbo, ya sea por su lugar de ubicación en el estadio o por quienes estuvieron a su lado.

Porque tienen la inteligencia limitada, la imaginación gangrenada y, en contrapartida, la morbosidad exacerbada y la mala fe enquistada en el cerebro. Pero, contra esto, ya nada podemos hacer porque, simplemente, son incurables. Y sin ninguna credibilidad.

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