La política dejó de convertirse en un espacio para intercambiar o contrastar ideas con el propó­sito de acceder a la verdad por el método del razonamiento y la reflexión lógica. Y, por el contrario, se ha transfor­mado en un territorio de denostaciones, ofensas y manipulación de los hechos, donde la infamia y la ruindad se impusie­ron a la decencia y la integridad intelectual, que evita los maliciosos sesgos, asumiendo errores y exponiendo los acontecimientos con la requerida imparcialidad. En nuestro ambiente, hace años que el fanatismo –que obnubila y entorpece el ejercicio democrá­tico del debate sereno y honesto– ha mar­cado el rumbo de las discusiones. Nadie ve más allá de la punta de su propia nariz ni escucha más voces que las que surgen de su interior.

En esas condiciones, el panorama que tenemos en la gestión del Estado es simi­lar a dos bueyes que estiran la carrera cada uno por su lado, en vez de hacia adelante y de manera rítmica y sincronizada. A esta situación debemos añadir la agravante de que la dispersión inútil de las fuerzas ocu­rre dentro de un mismo partido político, un lugar –se supone– donde los militantes deberían estar unidos en los fundamen­tos ideológicos que promueven y defienden, y no en los personalismos tan mezquinos como estériles. Por eso, desde hace tiempo venimos observando que los hombres sellan con su marca personal a las organiza­ciones partidarias, alejándose de los prin­cipios doctrinarios que forjaron durante su itinerario de luchas, reivindicaciones y formulaciones programáticas acordes con las conquistas sociales que reclamaba cada época. Conquistas sociales que no estaban subordinadas a los objetivos de los grupos poderosos que históricamente pretendie­ron someter a nuestro pueblo a la explota­ción y el vasallaje.

Y en esas batallas, los representantes más ilustres del Partido Nacional Republicano inauguraron por primera vez en el Para­guay, al decir de Roberto L. Petit, las cru­zadas por la justicia social. Levantaron las banderas de los desheredados de la tierra, los obreros, los campesinos, los jóvenes y las mujeres, dejando un legado honroso para las generaciones que habrían de venir después. Lo hicieron con gallardía y pundo­nor. No retrocedieron ante las arbitrarieda­des del poder de turno –a veces, del mismo partido– ni pudieron ser intimidados por las amenazas, las prisiones y el exilio. Hoy, en la distancia, hay que escudriñar no sola­mente el comportamiento y las lecciones de coraje de estos antiguos líderes, sino, también, hurgar nuevamente en los papeles originales que dieron nacimiento y anda­miaje a este partido: el Manifiesto del 11 de setiembre de 1887 y la Declaración de Prin­cipios del 23 de febrero de 1947.

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A partir del 4 de mayo de 1954, fue des­viándose la línea ideológica del partido creado por el general Bernardino Caba­llero, lugarteniente del mariscal Francisco Solano López y sobreviviente del genoci­dio de la Guerra Grande. Su programa de nacimiento es de meridiana claridad. No admite interpretaciones liberalizantes que beneficien a la rancia oligarquía, la mino­ría privilegiada, en detrimento de las clases populares. En sus párrafos puede leerse esa consigna que determina a fuego su proyec­ción programática: “Leyes sabias y pro­tectoras” para los más débiles. Si todos los integrantes de la representación popu­lar –Poder Ejecutivo, senadores, diputa­dos, gobernadores e intendentes– enten­dieran la profundidad de este mensaje, no estarían disputando el poder por el torcido camino de la intolerancia, la maledicencia, la calumnia y la indisimulada ojeriza para destruir al otro. Aniquilarlo políticamente. No se ofrecen virtudes propias al electo­rado, sino el vicio –real o falso– de los “ene­migos”. Porque a este extremo de gravedad hemos llegado: los adversarios pasaron a llamarse enemigos.

Con el resabio maniqueísta de los buenos y los malos, la luz y la oscuridad, las disiden­cias se afanan en dividir a la sociedad bajo argumentos emocionales, generando sen­tido de pertenencia, por un lado, y aversión, por el otro. Y así, cada buey va tirando la carreta hacia los costados, impidiendo que el país pueda avanzar hacia una meta de prosperidad y bienestar general, sin exclu­siones odiosas ni irritantes privilegios.

Hemos alcanzado este punto crítico, por­que fueron escasos los gobiernos de la tran­sición democrática que realmente se preo­cuparon por la promoción y el fomento de la cultura. Y el resto, aun peor, porque nunca pudo entender que, sin ese telón de fondo, ninguna transformación o cambio impor­tante en la sociedad tendrá sostenibilidad ni durabilidad en el tiempo y, simplemente, se limitará a su ejecución efímera el tiempo de cinco años que dura un gobierno, para, luego, volver a empezar todo de nuevo.

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