En una sociedad ganada por la incredulidad y la desconfianza, el simple discurso ya no convence. Tampoco tiene mucho apego a la especulación filosófica para la formulación de teorías sobre la realidad desde los fundamentos de la razón y la lógica, despejando dudas y construyendo certezas. Fracasan, igualmente, los relatos fabricados desde la esquina sesgada por el fanatismo o la mala fe.
Es la manipulación grosera expuesta con el ropaje de una narrativa que pretende presentarse con la categoría de verdad. Pero la intención de engañar desde la falacia, buscando persuadir con mentiras, lejos de desaparecer ante la contundencia de los hechos, se ha multiplicado para continuar martillando sobre el deliberado error argumentativo. Hasta pareciera que los repetidos fracasos de sus promotores fueran el motor que les motiva a seguir desparramando bilis con la perversa intención de que sus patrañas puedan inficionar la mente y orientar la acción de la ciudadanía.
Son conscientes de que sus fines son ruines y bastardos. Sin embargo, nada les importa, porque nunca fueron ni el país ni los sectores más vulnerables de nuestro ecosistema los hilos que movían sus comportamientos, sino la codicia o el deseo vehemente de adquirir o aumentar sus riquezas particulares. Riquezas que disfrutarán hasta las siguientes generaciones de familiares, pero cuyo impacto catastrófico sufrirá el pueblo, sin distinción de ninguna laya.
Estos representantes de la antipatria se alimentan del odio, del rencor y la desenfrenada pasión por el revanchismo. No les gusta la democracia, aunque ellos denuncien “autoritarismo” hasta en la sopa, cuando que, en realidad, son los que cotidianamente –políticos y medios de comunicación– socavan impunemente los pilares de la República, el Estado de derecho, y restringen la libertad de expresión a la voluntad de sus amos empresarios.
Porque hay que decirlo, parlamentarios y dirigentes de la disidencia colorada y de la oposición bailan la conga al ritmo payasesco y servil que imponen los engendros periodísticos que han perdido la brújula, la vergüenza y la ética. Se dejan extorsionar por ganarse espacios en estos medios. Para que eso ocurra se debe memorizar las líneas del apuntador y así merecer el aplauso de la claque.
No obstante, de ahí no pasan sus influencias. La lealtad ya no es con el público, sino con los patrones. Chillan desde el micrófono, ponen cara de indignados en las pantallas y escupen exabruptos en sus escritos, pero son absolutamente incapaces de cuestionar la línea editorial que sin ningún pudor –según los casos– distorsionan, cercenan y censuran la información para acomodarla a sus deshonestas ambiciones e inmorales objetivos.
Felizmente, son innumerables las ventanas que dejan abiertas para que la verdad pueda filtrarse y exhibirse lúcidamente ante la sociedad. Ejemplos tenemos a diario.
A propósito, hemos dejado pasar por dos semanas las lecciones que dejaron las últimas internas partidarias para elegir a quienes los representarán en las municipales del próximo 4 de octubre. En primer lugar, la indiscutible vigencia del liderazgo de Horacio Cartes, presidente de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana, Partido Colorado, al ganar en casi todos los distritos del Paraguay.
Desde el más emblemático, Asunción, hasta en las comunidades más pequeñas. En segundo término, la absoluta orfandad dentro de la oposición interna del coloradismo que ni con una alianza pudo triunfar en la capital de la República.
De nada sirvieron las sucias campañas –con aspiraciones destructoras– que desplegaron en contra de quien también es líder del movimiento Honor Colorado, precisamente el que arrasó en estos recientes comicios.
En tercer lugar, el casi nulo entusiasmo en las filas de la principal asociación política de la oposición, el Partido Liberal Radical Auténtico, que cedió lugares estratégicos por la falta de personalidad de sus dirigentes.
El grado de participación fue bajísimo, y eso que también estaban renovando a las autoridades de su Directorio a nivel nacional. Mas, ese panorama desolador nadie se animó a describir dentro de las corporaciones mediáticas donde los intereses empresariales prostituyen la misión del periodismo bajo el mandato dictatorial de sus propietarios.
Queda demostrado que los relatos y las narrativas que se articulan entre cuatro paredes, apartados de la realidad de la gente, no han tenido los efectos deseados, porque, en cada elección, la derrota de sus elegidos es cada vez más catastrófica, enterrando los pronósticos apocalípticos de periodistas y políticos aferrados a sus propias mentiras.

