El patriotismo volvió a palpitar en el corazón de nuestro pueblo. Cuando muchas veces criticamos a una juventud aparentemente indolente ante las graves crisis de la sociedad, hoy debemos percatarnos de que es el sistema el que está impidiendo crear espacios de conciencia y reflexión ciudadanas.
Y la urgente necesidad de retornar la mirada hacia el humanismo en las escuelas, a modo de pacificar y domesticar esta agresiva invasión tecnológica que amenaza con aislarnos y someternos a sus perturbadoras condiciones de un exacerbado y egoísta individualismo que apunta a la masificación del pensamiento.
Un futuro donde hombres y máquinas tendrán un mismo valor de uso utilitario. Y hasta con graves indicios de que el ser humano podría ser desplazado por los productos de su propia invención. Por eso debemos resaltar que hemos visto en los últimos días a una juventud fervorosa que aprendió las canciones patrióticas que nos hablan de nuestra soberanía, nuestra identidad y nuestro orgullo de paraguayos, sin que nadie le enseñe ni mueva a entonarlas.
Estamos en presencia de una juventud que se formó en las calles, en los estadios, en los conciertos y en los grupos y rondas de amigos. Pero que, reunida en lugares públicos, tiene una voz que contagia y estremece los espíritus.
Una juventud que está más viva que nunca y con ganas de dar lecciones a los mayores que han claudicado en sus convicciones, ante la contundencia de una realidad que no pudieron transformar.
Esa unidad generacional podría remover los cimientos de una situación de pobreza y mediocridad intelectual al que nos condenó un “infortunio enamorado” de nuestro país, al decir del máximo escritor nacional, Augusto Roa Bastos, inspirado, a su vez, en una obra olvidada, pero que cada estudiante debería leer al menos una vez en su vida: “El infortunio del Paraguay”, de Teodosio González, junto a “Migraciones”, otro clásico, de Eligio Ayala.
Pero lejos de contribuir a ese despertar, penosamente, se percibe una estructura de poder, sobre todo político y económico, a la que le conviene e interesa que todo siga igual, desde la óptica de una mezquindad de acumulación unilateral que en nada aporta para el desarrollo social y el crecimiento económico que empieza desde abajo. Estamos hablando de una política integral, con perspectiva de Estado, que priorice el riego abundante de las raíces sin la falsa expectativa de que el derrame vendrá desde arriba. Ya se ha demostrado en varios fallidos experimentos que nunca ocurrirá de esta manera.
¿Una razón especial para este análisis? Definitivamente, sí. Así como en 1911, cuando el entonces presidente de la República, coronel Albino Jara, pretendió trasladar la celebración del Centenario de la Independencia Nacional a 1913 –por razones exclusivamente políticas–, el pueblo volvió a convertirse en el protagonista de las fiestas del reciente 14 y 15 de mayo.
Hace exactamente un año escribíamos sobre este mismo tema con idéntica apreciación. Solo que esta vez ocurrió un fenómeno nunca visto en las últimas décadas, salvo en la apoteósica conmemoración del Bicentenario, en 2011: la multitud volcada a las calles rebasó todas las expectativas.
El centro histórico de Asunción fue un hervidero de gente de todas las edades. Los locales gastronómicos no dieron abasto. Moverse de un lugar a otro requirió de mucha paciencia. Pero esas miles y miles de personas no tenían apuro. Todas ellas querían rendir tributo a la patria. Algunas permanecieron en arterias y plazas desde bien temprano del jueves 14 hasta la madrugada del viernes 15.
En sus rostros no se percibía cansancio; al contrario, mostraban una amplia sonrisa que denotaba alegría y desatado fervor patriótico. Hasta podría decirse que, con cada grito de júbilo, parecían expulsar frustrantes decepciones para transformarlas en esperanza y optimismo.
Frente al Centro Cultural de la República El Cabildo se había instalado el escenario mayor. La fiesta empezó antes del mediodía con una Feria de Sabores, que cada año congrega a embajadas acreditadas ante nuestro país y colectivas extranjeras. Desde temprano, desfilaron grupos artísticos de naciones vecinas, en un espectáculo muy celebrado por la concurrencia.
A la noche, ocurrió –repetimos– un fenómeno que no se veía desde 2011: las plazas presentaban una imagen de lleno completo. El público empezó a corear a cada instante “Patria querida”, así como las canciones más conocidas de Emiliano R. Fernández y Quemil Yambay. A la medianoche, la apoteosis fue inenarrable: miles de personas ovacionaron a los actores que desfilaban frente a la multitud, representando a los “Próceres de Mayo”.
El Himno Nacional reventó las gargantas de todos los presentes. Solo estamos relatando lo acontecido en un tono de crónica sencilla y sucinta. Aunque el significado de estas fiestas patrias tiene una connotación que todavía no terminamos de entender y ponderar. La “Patria soñada” por el poeta pilarense Carlos Miguel Jiménez es un sueño posibl

