El diario Abc Color fue cómplice encubridor del asesinato del doctor Luis María Argaña. Pasaron apenas horas de aquel fatídico 23 de marzo de 1999, cuando las páginas de este periódico empezaron a desplegar una inmunda campaña que pretendía negar el crimen, antes que buscar la verdad y desenmascarar a los autores morales y materiales del magnicidio.
No tuvieron pudor para mancillar la honra y el recuerdo del fallecido. Todo valía para quitar cualquier responsabilidad al hombre que había amenazado con alinear como velas a los directores de los medios cuando llegara al poder y con ríos de sangre si la Justicia lo condenaba por el intento de golpe de Estado en abril de 1996. Nos referimos a Lino César Oviedo.
Empezaba la era más vergonzante para el periodismo nacional. Su entonces director, Aldo Zuccolillo, dio instrucciones precisas para montar un ruin y grotesco escenario, donde los hechos serían manipulados a su antojo e intereses. Sus esbirros, cumpliendo órdenes, cayeron en la más miserable degradación humana. Mentían, sabiendo que mentían.
Se mostraba de esta manera el rostro más repudiable de esta profesión: los despreciables TS, es decir, los “trabajos sucios”. La muerte de Luis María Argaña fue tapa durante meses, pero no como muestra de indignación por el cobarde atentado, sino para engañar, mentir, difamar y distorsionar alevosamente los acontecimientos, en un ensayo perverso por crear una nueva “verdad” desde sus abyectas perspectivas, en las que el honor y la nobleza que exigen la profesión del periodismo habían sido mancillados.
Para los más jóvenes y para quienes hicieron del olvido un hábito frecuente, les recordamos que la hipótesis más descabellada que ocupó primeras planas argumentaba que el entonces vicepresidente de la República murió en otro lugar y le alzaron en su camioneta para simular un atentado.
De nada sirvieron las explicaciones científicas de uno de los médicos más íntegros de nuestro país, el doctor José Bellasai –de valiente lucha contra la dictadura–, quien, conforme con las evidencias, aseguraba categóricamente que Argaña murió en el atentado. Para confrontarlo, el diario Abc Color contrató a un veterinario brasileño, quien seguía al pie de la letra la estrategia del “dueño de la verdad”.
Jamás se detuvieron los detractores de este crimen a evaluar las contradicciones ni analizar criteriosamente los hechos que se presentaban irrefutables. No les interesó ni las confesiones de uno de los involucrados en el crimen, que fue detenido, juzgado y condenado. Solo había que repartir “palo, palo, palo” contra los que eran considerados “enemigos” del diario y de su propietario.
En realidad, esta prostitución mediática ya había empezado antes, pero no tan agresivamente como entonces. Atacaba licitaciones públicas donde uno de sus parientes políticos no resultaba ganador. A raíz de un emprendimiento inmobiliario empezó una campaña destructiva en contra del lago Ypacaraí, y fustigó sin piedad la construcción de la doble avenida Madame Lynch, de la que hoy disfrutan miles de conductores, porque iba a afectar a una de sus propiedades.
Como a sus herederos les tomó el gusto por la mentira como arma para desprestigiar a sus enemigos montaron una infame campaña en contra del expresidente de la República y sus empresas, Horacio Cartes, en connivencia con uno de los mandatarios más corruptos de nuestra reciente historia, Mario Abdo Benítez, y su genuflexa camarilla del matrimonial Partido Democrático Progresista (PDP), atornillada en cargos clave, desde donde fraguaron un mamotreto que no resistía un mínimo análisis.
No es de extrañar, por tanto, que ni la exsenadora Desirée Masi ni su marido, el actual senador Rafael Filizzola (propietarios del PDP) se inmuten y, mucho menos, condenen los innumerables y graves casos de corrupción que se perpetraron durante la administración de Marito.
Tampoco es de asombrar que defiendan sin mirar a profundidad las acusaciones al presidente del banco Atlas y a varios de sus directivos, tratando de confundir a la sociedad de que solo se trata de un ataque a la “libertad de expresión”. La acusación penal es por lavado de dinero, no por algo que publicó dicho diario.
La abierta intención de manipular la realidad tiene su costo. Ya no estamos ante una ciudadanía apática e influenciable. Sabe discriminar los hechos, separarlos en partes y, luego, calificarlos. Sabe, por tanto, que el diario Abc Color trata de presionar al Ministerio Público y a la Justicia, al tiempo de intentar convencer vanamente al público de que es víctima del garrote político del poder de turno.
En realidad, los que siempre levantaron el garrote de la presión mediática y la extorsión inmisericorde fueron los propietarios de ese medio.
Solo que esta vez no les está funcionando la argucia de siempre. De ahí la desesperación inconsolable, que se grafica en tan seguidas tapas catastróficas diarias, como si enjuiciar a una empresa del grupo Zuccolillo –por sus fechorías denunciadas e imputadas penalmente– implicara la muerte misma de la República. La única difunta que se publica en los obituarios es la credibilidad del diario de marras. Buen provecho.

