“Felicitaciones a Miguel Prieto, nuevo intendente de CDE, elegido en elecciones democráticas. Mucho éxito en sus funciones! Tiene todo nuestro apoyo para su gestión” (sic).
El entonces presidente de la República, Mario Abdo Benítez, congratulando a través de las redes sociales a quien ocuparía el cargo de jefe comunal en Ciudad del Este.
Y esto debe ir en negritas: 5 de mayo de 2019. Es decir, gobierno del “mariscal del odio y la traición”, quien, ni con todas las “turbinas de Itaipú”, como ahora endilga a sus enemigos políticos, pudo evitar la derrota del Partido Colorado.
Para este impresentable, con el rigor que la palabra conlleva, los fracasos electorales varían de adjetivación de acuerdo con quién está en el Poder Ejecutivo en ese momento.
Definitivamente, como ya dijimos en otros editoriales, no solo está enfermo de frustraciones y heridas emocionales mal curadas, sino que también tiene el espíritu segregando permanentemente rencor, que se representa como “resentimiento arraigado y tenaz” (Real Academia Española, RAE), lo que le impide mantener una pizca de cordura, coherencia y racionalidad cuando tiene un micrófono delante.
Marito pierde los frenos mentales, derrapa y, naturalmente, se estrella contra la realidad que le enfrenta con su pasado. Este trastorno grave, que afecta la forma en que una persona piensa, siente y se comporta, tiene un nombre: esquizofrenia.
Por sus repetidas alucinaciones, delirios y el pensamiento desorganizado (pierde el hilo de la lógica al relatar los sucesos), solo podemos colegir que ese diagnóstico es acertado.
Alucina tratando de convencerle a la gente que su gobierno fue una “maravilla”, cuando que tiene un saldo imperdonable de 20.000 fallecidos durante la pandemia ocasionada por el covid-19, que pudieron haberse evitado si los 1.600 millones de dólares adquiridos en préstamo para suavizar su impacto no fueran a parar a bolsillos de los inmorales voraces de su administración, incluyéndose él mismo, que, de manera miserable, desviaron esos recursos para beneficio propio.
¿O cree que la ciudadanía olvidará fácilmente que los pacientes morían en los pasillos de los hospitales públicos por falta de oxígeno? Que muchas familias paraguayas vendieron sus autos, casas y otras pertenencias –en un desesperado intento por mantener vivos a seres queridos– ante la carencia absoluta e impúdica de medicamentos, insumos y equipos hospitalarios esenciales para enfrentar con éxito el combate de este virus.
Marito delira cuando se refiere a sus enemigos políticos dentro de la Asociación Nacional Republicana. Sin embargo, no tiene esa misma actitud ante una oposición que permanentemente quiere la destrucción total del coloradismo.
Hace días nomás, en Ciudad del Este, se olvidó de que Miguel Prieto fue el intendente electo durante su gobierno. En ese tiempo, por lo visto, no sintiéndose colorado, la derrota del partido no era “humillante” para él, porque –según sus propias expresiones– en la “democracia se gana y se pierde”. Evidentemente, su desorden mental le arrastra a decir tantas barrabasadas, incongruencias y disparates de grueso calibre. Al parecer, lo suyo ya es una cuestión genética.
Este personaje sin jerarquía intelectual aplica –como único recurso– lo que las ciencias políticas definen como la estrategia del obstáculo que recorre sobre los rieles de la infamia, las mentiras y los agravios. No tiene otro discurso, porque su objetivo no es construir disenso desde el respeto, sino agredir para destruir.
Ambiciona, hasta hoy sin ninguna suerte, armar el relato de “ellos son los malos y nosotros los buenos”. Apela exclusivamente a la descalificación, pretendiendo barrer con el enemigo a partir de las emociones primarias que puedan permear la conciencia colectiva. Y, en contrapartida, no aporta una sola idea, por más mínima que sea, como oferta electoral centrada en programas concretos y viables, enfocados en satisfacer las necesidades más básicas de nuestro pueblo.
Saldo en contra que dejó su gobierno en el periodo que va de 2018 a 2023, pues, según estadísticas generadas durante su administración, entonces había personas que apenas comían una vez al día. Su caballo para las elecciones internas del Partido Colorado –que tendrán que desarrollarse en diciembre de 2027– dejó un buraco de 350 millones de dólares en el Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC), al haber impulsado obras viales sin garantías de financiación.
Total, la cuestión prioritaria era únicamente que las empresas constructoras de rutas compraran asfalto de la proveedora de su jefe Marito.
La historia presente del Paraguay se escribe también desde la memoria, para que la narrativa tenga su debido y necesario contexto. El gobierno de Mario Abdo Benítez fue el más corrupto de este proceso democrático que se inició en febrero de 1989.
Fecha en que su “único líder”, el dictador Alfredo Stroessner, fue derrocado a cañonazos. Y del cual su padre –con el mismo nombre– fue secretario privado.
Marito, al igual que su padre, siempre reivindicó al sátrapa en todos los actos públicos, sin que ninguno de sus aliados políticos (cómplices de angurria en el reparto del poder), especialmente del Partido Democrático Progresista (PDP), abriera la boca jamás para criticarle. Y eso que varios de sus integrantes fueron alguna vez –hoy ya casi en el olvido– antiguos y tenaces luchadores en contra del tiránico régimen. Felizmente, desde este ángulo, con seguridad, cada lector podrá sacar sus propias conclusiones.

