Si por asombro entendemos el estupor, la sor­presa o la admiración por un hecho impre­visto o una realidad oculta que repentina­mente se abre ante nuestros ojos, debemos admitir, irremediablemente, que nada de lo que ocurre en el ecosistema político llama nuestra aten­ción. Ni siquiera las predecibles e hipócritas muta­ciones de varios referentes de todas las asociaciones partidarias. Callan con un silencio cómplice o cri­tican con un cinismo que rompe todos los decibe­les, de acuerdo con sus intereses o el lugar donde se encuentran en el momento de lanzar sus elogios o anatemas. La inconducta es una moneda corriente, de amplia circulación, que tarde o temprano debe­ría ser devaluada para que la lucha por el poder y la administración del Estado –a través de un gobierno temporal– vuelvan a tener el reluciente prestigio que se gana con talento, honestidad y competencia. Ese famoso “saber hacer”, que inicia el proceso de la idoneidad, pero que no se agota en él, como venimos repitiendo desde hace años, y que se completa con otros dos pilares esenciales: la autonomía moral y la responsabilidad por los resultados.

Ninguna de estas virtudes en el manejo de la cosa pública hemos advertido durante el penoso periodo de cinco años del nefasto personaje llamado Mario Abdo Benítez, quien manejó el país a su antojo, con una ele­vada tasa de corrupción que hizo metástasis en todas las instituciones públicas. Este heredero y reivindica­dor de una de las más sangrientas dictaduras de Amé­rica Latina –la del general Alfredo Stroessner– es el mismo que había declarado durante su mandato que hubiera preferido que el Partido Colorado siguiera un tiempo más fuera del poder, dando a entender que para él era mejor una larga llanura para la Asociación Nacio­nal Republicana antes que Horacio Cartes llegara a la Presidencia de la República.

Fue el mismo Marito quien intentó por todos los medios boicotear la candidatura de Santiago Peña, antes y después de ganar las internas del coloradismo, al punto que, con una expresión que desnuda su alma enferma de resentimiento y rencor, pidió “cerrar los ojos” y votar por el actual mandatario, porque, “si bien no es bueno el candidato que tenemos, no tener sería peor”, repitiendo una conocida frase de un expresi­dente de la Junta de Gobierno de la ANR. Era un guiño evidente para quienes solo esperaban, nuevamente, una leve insinuación para traicionar a su propia organi­zación política que le llevó incluso al poder (2018-2023). Eso en el plano político-partidario. Porque, en cuanto a la administración de la República, el suyo fue, sin duda alguna, el gobierno más corrupto e insensible de todo el proceso de democratización del Paraguay.

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Se robaba en todos los ministerios, entes descentra­lizados y binacionales. Decenas de obras de infraes­tructura fueron sobrefacturadas, como la famosa “pasarela de oro”, que tiene como principal respon­sable a su entonces ministro de Obras Públicas y Comunicaciones, Arnoldo Wiens, quien ahora de nuevo se proclamó precandidato presidencial por el movimiento Colorado Añetete, del cual justamente es cabeza visible Mario Abdo Benítez, cuya desas­trosa gestión pública mereció de la gente el inapela­ble mote de burla “Desastre ko Marito”.

Saquearon sin compasión las arcas públicas, endeu­daron al Estado con obras que no tenían garantiza­das su financiación y dejaron un trágico legado de millones de dólares que no honraron en tiempo y forma. Y, hoy, otra vez, tienen la desfachatez de exigir al actual gobierno que cubra el enorme buraco que ellos mismos provocaron con su pésima y corrupta administración de la cosa pública.

Fuera de las carpas republicanas, la inconducta del único senador que posee el Partido Democrá­tico Progresista (PDP), Rafael Filizzola, es un caso de siquiatría. Que, es bueno decirlo, nada tiene de democrático (porque se alternan en el cargo con su esposa, la exsenadora Desirée Masi, haciendo del PDP un partido conyugal), y mucho menos de pro­gresista, porque fueron absolutamente compla­cientes y funcionales al gobierno más oscuro de las últimas casi cuatro décadas, el de Abdo Benítez, administración en que sirvieron varios representan­tes en cargos clave para, supuestamente, transpa­rentar la gestión y luchar contra la corrupción. Entre todos ellos trataron de armar un caso en contra de Cartes, pero fracasaron rotundamente.

Hasta hoy no hemos escuchado una sola crítica ni de la exsenadora ni del actual senador por el PDP al gobierno anterior. Ni una sola palabra. A pesar de las incontables denuncias de corrupción que se han demostrado de manera fehaciente por medio de varias publicaciones y, especialmente, por las evi­denciadas por nuestro diario con una responsabili­dad que puede ser sostenida en los documentos pro­batorios del latrocinio al que sometieron al Estado durante el quinquenio de 2018 a 2023.

Filizzola, sin ir más lejos, pretende caricaturizar al actual gobierno, pero carece de absoluta autori­dad moral siquiera para realizar cuestionamientos. Ciertamente, la Constitución Nacional garantiza la libertad de expresión. Mas hay que tener sustento ético para que la palabra pueda golpear con dureza el frente adversario. Y el suyo no es el caso. Entonces, él puede decir lo que quiera y, también, callar lo que le convenga. O sea, continuar haciendo lo que hace ahora con una caradurez que no conoce de límites. Pero, mientras siga siendo cómplice de la corrupción de Mario Abdo Benítez, nada de lo que diga de este u otro gobierno tendrá peso ni valor alguno en térmi­nos de credibilidad y confiabilidad ciudadanas. Son casos que, definitivamente, ya ameritan una inter­pretación siquiátrica.

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