Una vez más, el expresidente de la República Mario Abdo Benítez ha demostrado que es un pobre infeliz. Que se merece nuestra lástima y compasión. Porque vive supurando frustración y amargura.
Y es, al mismo tiempo, una persona tan insignificante que necesita recurrir a expresiones soeces, infames y agraviantes para permanecer en cartelera a través de los medios de comunicación que fueron sus cómplices de la corrupción que azotó su gobierno.
Su actitud evidencia su baja estofa, su carencia de valores morales y su imposibilidad de encajar en la sociedad. Es un desclasado con fortuna. Una fortuna amasada por su progenitor del mismo nombre durante la infausta dictadura del general Alfredo Stroessner, de quien fue secretario privado.
Un hombre mediocre que, sin embargo, mediante su abyección y servilismo, logró posicionarse como uno de los hombres más fuertes de aquel régimen despótico y brutal. Y el propio Marito incrementó su herencia manchada con el sudor y la sangre del pueblo paraguayo utilizando igual mecanismo.
Lo hizo aprovechando la desgracia provocada por la pandemia del covid-19, en una acción de la más miserable, porque su codicia e inutilidad causaron el saldo trágico de 20.000 fallecidos. Recursos que debieron utilizarse para mitigar el impacto de este coronavirus depredador fueron desviados hacia cuentas particulares, entre ellos los 1.600 millones de dólares cuyo destino jamás fue explicado con claridad.
En el uso discrecional de ese dinero tiene una responsabilidad inexcusable el entonces ministro de Hacienda, Benigno López, hermano de madre del exmandatario, quien actualmente se pasa dando recomendaciones para una buena gestión del Estado, cuando que, en realidad, debería estar respondiendo ante la Justicia por administración deficiente, despilfarro y latrocinio.
No puede ser que estos crímenes de lesa patria, de alta traición a la gente, queden impunes. Esa impunidad que haría nuestra democracia imperfecta, porque representaría un atentado directo contra las instituciones fundamentales que garantizan el Estado de derecho y la paz social. Hay que subrayar a fuego aquel axioma irrefutable: No puede haber paz sobre la impunidad.
Mario Abdo Benítez arrastra un innegable resentimiento a raíz de una mezcla de situaciones que involucran su pasado familiar. Pero eso no le da derecho a purgar sus desengaños y decepciones injuriando a sus adversarios (enemigos para él) políticos. De manera continua expone públicamente su debilidad de carácter, su pequeñez intelectual y su condición de mala persona.
Anda permanentemente airado, nervioso, verbalmente violento, señales evidentes de su impotencia para enfrentar con inteligencia emocional una realidad adversa a sus caprichos de niño rico y malcriado. Se creyó invencible desde el poder y fue derrotado sin atenuantes en las urnas, por partida doble.
Su caballo –caballo de comisario–, Arnoldo Wiens (otro que tiene deudas que pagar ante la Justicia), fue vapuleado en las internas del Partido Colorado, perdiendo catastróficamente ante Santiago Peña. El propio Marito tuvo que tragar polvo detrás del exjefe de Estado Horacio Cartes, quien se quedó con la presidencia de la Junta de Gobierno de la Asociación Nacional Republicana.
El nuevo ministro de Economía y Finanzas debería hurgar en los papeles de la institución para conocer dónde fue a parar el préstamo de 1.600 millones de dólares, y hacer un cotejo entre las supuestas inversiones y las pruebas reales de los gastos.
Lo mismo debería realizar el Ministerio de Obras Públicas y Comunicaciones (MOPC) para corroborar la correspondencia entre los kilómetros de rutas de las que se ufanaban tanto Marito como Wiens y las que realmente tenemos. Y más que nada, fiscalizar la calidad de las obras que se están deteriorando aceleradamente a pocos años de haberse inaugurado.
No hay que olvidar que Abdo Benítez priorizó la construcción de rutas porque su empresa era la proveedora exclusiva del asfalto utilizado por las empresas vialeras. Y tampoco debemos ignorar que el anterior gobierno dejó una deuda acumulada de 350 millones de dólares, siendo una de las razones principales de este agujero negro al Estado, porque muchos de sus emprendimientos no tenían financiación garantizada. La cuestión solo era recaudar para la corona.
Marito y su entorno, quienes hoy, con un cinismo sin par, exigen eficiencia y honestidad, concluyeron el periodo de cinco años inmensamente millonarios, dejando un legado de corrupción, deudas impagas y el doloroso saldo de 20.000 fallecidos que el pueblo no olvida ni habrá de olvidar.
A cada uno de ellos les cabe la expresión que Marito quiere endilgar a otros: inútiles, mediocres y voraces, que casi se tragaron el país. Ni olvido, para no repetir tragedias, ni perdón, para que la impunidad ya nunca más tenga cabida en nuestra sociedad. Que todo el peso de la ley caiga sobre ellos.

