Aparte de una chorreante soberbia, el expresidente de la República Mario Abdo Benítez sufre de la incontinencia de los histéricos. De los que no pueden dominar sus emociones cargadas de frustraciones, rencores y resentimientos –de índole personal– hacia todos aquellos que le privaron de la vida que estaba llevando durante la dictadura del general Alfredo Stroessner, de quien su padre –del mismo nombre– era secretario privado y uno de los más influyentes personajes del tenebroso régimen. Por eso, cuando accede al poder, el 15 de agosto de 2018, desata una feroz persecución en contra de todos sus adversarios políticos que, para él, ya eran declarados enemigos a muerte, a partir de un espíritu mezquino, miserable y vengativo. Llegó –debemos decirlo– al Palacio de López por errores de sus oponentes y no por sus propios méritos y virtudes, que, definitivamente, no los tiene. Ni los tuvo jamás.
Ni una pizca de liderazgo demostró durante los cinco años que duró su mediocre y corrupto mandato. Eso sí, expuso un absoluto desprecio hacia las demandas de las clases populares, llegando, incluso, a burlarse de quienes les reclamaban una mejor gestión. De ahí las expresiones que se hicieron famosas –es un decir– en el imaginario popular: “¡Uyyy, qué miedo!” y “Moo pio che aikuaáta”. En tiempos de pandemia, por angurria e inutilidad, su administración dejó morir a más de 20.000 personas. Una cuenta que el pueblo le seguirá cobrando en cada elección.
Pero esta vez, el asunto tiene que ver con su intemperancia, que hizo que se adelantara su plan siniestro de deshacerse de sus enemigos, como él mismo los llama. Esta crónica ya la hemos publicado en numerosas ocasiones. Sin embargo, hoy, a la luz de nuevas revelaciones, es importante repetirla: el viernes 27 de mayo de 2022, un destemplado Mario Abdo Benítez, con la soberbia que atropella la prudencia, anticipa su estrategia en contra de sus enemigos políticos. Fue en el polideportivo El Cerrito, de la ciudad de Coronel Oviedo.
Aunque no dio nombres, aquello de que “se ponga el sayo…”, esta vez no corre. Ya veremos por qué. Esa noche, un exaltado presidente de la República afirmaba a su auditorio: “Voy a contar uno por uno, y nada de lo que diga será mentira, va a ser con pruebas y con papeles, para que ustedes sepan la verdad y salgamos a defender juntos el Paraguay (…). Muchas veces me preguntan por qué Marito no contó tal cosa, por qué ahora está contando muchas cosas. Yo soy un hombre institucionalista, yo hice mi parte como Poder Ejecutivo. Está documentado lo que yo hice en mi lucha contra el crimen organizado (…). Mi gobierno ya hizo lo que tenía que hacer, dejemos que las (otras) instituciones hagan su parte”.
Tan institucionalista era que prefirió el linchamiento o escándalo mediático antes que el veredicto de la Justicia. El domingo 29 de mayo, apenas veinticuatro horas después de su descontrolado anuncio, dos diarios ya tenían la “primicia”. “Informe vincula a Cartes (Horacio) con el lavado de dinero”, afirmaba uno (Abc Color); “La Fiscalía recibió un informe que involucra a Horacio Cartes en lavado”, decía el otro (Última Hora). El acto –siempre es necesario remarcar el contexto– se desarrollaba en el marco de la campaña para las elecciones internas de la Asociación Nacional Republicana, señaladas para el 18 de diciembre de ese mismo año. Obviamente, estaban presentes el precandidato a la Presidencia de la República, y también vicepresidente, Hugo Velázquez, y el compañero de fórmula elegido el último día del mes de febrero Juan Manuel Brunetti. Apenas dos meses después, en una conjura maléfica y una grotesca intervención en nuestros asuntos internos, el que fuera embajador de los Estados Unidos de América Marc Ostfield anunciaba aquel 22 de julio de 2022 las sanciones del Departamento de Estado en contra del expresidente de la República Horacio Cartes, utilizando las filtraciones periodísticas como cabecera de puente. Cartes pugnaba en esos momentos por la titularidad de la Junta de Gobierno del Partido Colorado, elecciones que, finalmente, ganó por una notable diferencia. Y fue a Mario Abdo Benítez, quien, siendo jefe de Estado, participó de esas internas violando artículos expresos de la Constitución Nacional. El “virrey” Ostfield, de infame memoria, pretendía tratarnos como si fuéramos una de sus antiguas colonias.
La segunda parte del plan era hacer descabalgar a su propio candidato que, en realidad, nunca fue de su agrado: el entonces vicepresidente de la República, Hugo Velázquez.
El 12 de agosto, el patético Marc Ostfield realiza su nuevo y aparatoso anuncio. Ni siquiera se habían apagado los ecos de su estrafalaria conferencia de prensa, cuando, en un acto en el interior del país, Abdo Benítez ya declaraba que era “insostenible que Velázquez continuara con su candidatura”.
Lo reemplaza quien fue su candidato desde el inicio: su ministro de Obras Públicas y Comunicaciones, Arnoldo Wiens, quien, al tiempo de salir del cargo, dejaba también una deuda histórica en dicha cartera de 350 millones de dólares. Hace días, el energúmeno de Ostfield tuvo espacio en uno de los medios locales, también enemigo de este gobierno, criticando el levantamiento de las sanciones a Cartes. Lo que no logra digerir es que, a pesar de su execrable plan con Abdo Benítez, no pudo evitar que el exmandatario ganara las elecciones para la Junta de Gobierno del Partido Colorado y que su delfín, Santiago Peña, se convierta en presidente de la República. Justicia poética que le dicen. Y una amargura que no terminan de rascarse.

