El ministro de Economía y Finan­zas, Carlos Fernández Valdovi­nos, con la expresa aprobación del presidente de la República, Santiago Peña, sostuvo la necesidad de con­tar con una economía de guerra que en tér­minos de la política económica se entiende como la expresión de austeridad en los gas­tos públicos.

Esto significa encaminar la asignación presu­puestaria con el recorte de gastos innecesarios y superfluos, manteniendo aquellos relaciona­dos a los sectores prioritarios como salud, edu­cación, seguridad y contención social para aco­meter con éxito la reducción del déficit fiscal.

La razón de lo expresado por el ministro se encuentra en que los ingresos no son suficien­tes y en consecuencia se hace necesario ajus­tarse los cinturones. Ante esta situación es absolutamente correcto limitar la ejecución de los gastos gubernamentales. Dicho de otro modo, el gobierno le dice a la población que se cuidará todavía más el dinero de los contribu­yentes destinándolos a las anteriormente cita­das áreas prioritarias.

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Se trata de evitar la suba del déficit para no salir del plan que la actual administración se propuso –siendo uno de los motivos por el que ganó las elecciones– de corregir los desvaríos provocados por el carnaval del dinero público propiciado impunemente desde el gobierno anterior. Pero el gobierno del presidente Peña logró lo que muchos decían parecía impo­sible: Cumplió con su objetivo de reducir el déficit, creció la economía, se obtuvieron dos grados de inversión y bajó el riesgo país. Una vez logrado el crecimiento económico donde seguimos figurando en el ranking entre los primeros de la región y ante los cambios que se vienen dando en la economía global cada vez más interconectada, se hacía necesario eva­luar los elementos que hagan sustentable el crecimiento en el tiempo. Esto es, si se desea seguir creciendo o caer en el estancamiento.

Los últimos meses no han sido fáciles para las economías emergentes como la nuestra. Se redujeron los ingresos estimados por diversas razones, como ocurre con el precio de los com­modities a la baja, la inestabilidad en el tipo del cambio del dólar y la incertidumbre global.

De ahí que había que enfrentar la situación con transparencia y prudencia, como en efecto fueron las declaraciones del ministro de Economía y Finanzas. El motivo no debe­ría escapar a nadie que considere en su aná­lisis como relevante el bienestar de la gente, motivo por el cual el gobierno optó manifes­tando públicamente la necesidad de llevar una política de austeridad.

Este fue el verdadero sentido de las expresio­nes del ministro. Debemos conducirnos como país siguiendo una política económica pru­dente y transparente para seguir por la senda del crecimiento económico y mejores oportu­nidades, dado que la otra alternativa implica falta de capitales, inflación y desempleo.

No obstante y habiéndose expresado lo ante­rior, medios periodísticos juntos con algunos “sesudos” analistas de la economía, empeza­ron a decir que “había sido que el gobierno pin­taba la economía a su antojo” y que “estamos yéndonos hacia lo peor”.

Confundieron de mala fe la diferencia entre economía y finanzas y al hacerlo llegaron a la conclusión de que controlar el déficit y tener un plan de austeridad es malo para la econo­mía y por ende para la población.

Para esos analistas, revaluar el escenario financiero significa cambiar para mal el hori­zonte económico. Se equivocan y grande. El hecho de revaluar la situación diciéndole a la población que el mismo Estado va a ajustar sus gastos significa que la pretensión del gobierno es mantener el crecimiento ajustando el défi­cit a la Ley de Responsabilidad Fiscal. Pero no. Para los sesudos analistas y perifoneros del pesimismo, está mal contar con una política de austeridad y al mismo tiempo bajar el défi­cit fiscal para seguir creciendo. Es al revés de lo que dicen. Está bien y muy bien que el propio gobierno le diga al pueblo que está dispuesto a contener los gastos superfluos para que la eco­nomía siga creciendo.

La obsecuencia de sus pretendidos deseos de ver fracasar al actual gobierno, les hace apelar a la mala fe, tergiversando el verdadero signi­ficado de las expresiones del ministro de Eco­nomía y Finanzas. Ninguno de los “analistas” dijo y ni siquiera se atrevieron a felicitar al gobierno cuando en estos días reitero enfáti­camente de que no se subirán los impuestos. Se callaron. Ni siquiera se animaron a decir que aumentar los impuestos sería llevar al país al infierno.

Tampoco los “analistas” dicen que si se suben los impuestos se estará ocasionado un problema mayor dado que afectará a la merma de la recaudación impositiva por­que –como se sabe de acuerdo a la curva de Laffer– el aumento de las alícuotas imposi­tivas tiende más bien a reducir el ingreso al erario alimentando incluso a la recesión de toda la economía. Nada de esto dicen los ana­listas económicos que desean causar daño. Es notoria su mala fe.

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