Una sociedad democráticamente madura piensa más allá de los liderazgos políticos coyunturales. De los cerrados fanatismos y los egoísmos excluyentes. Supera con ánimo de grandeza los discursos cargados de odios y resentimientos, para instalar un lenguaje que contribuya a la construcción de un futuro compartido, sin anular la diversidad ni las naturales diferencias. Se trata de administrar las crisis y los conflictos con intención de resolverlos y no para utilizarlos como armas en contra de los adversarios. Y, consecuentemente, la clase política reflexiona y actúa por encima de sus cerrados intereses para dedicar sus esfuerzos a la búsqueda incesante del bien común, es decir, el bienestar general a partir de un Estado servidor del pueblo libre, garante de la libertad y de la justicia social.
Un Estado que sea capaz de allanar el camino hacia el progreso individual y colectivo derribando injustas y perversas estructuras que sabotean el derecho a una vida de mejor calidad de todos los habitantes de un país. Parece tan simple de comprender. Y beneficioso para todos, incluso para aquellos que transitan por la otra vereda en su condición de opositores a un determinado gobierno. Pero de manera alguna debe entenderse que para la concreción de esas condiciones necesarias para el crecimiento económico equitativo y el desarrollo humano sostenido habría que transigir ante la deshonestidad y ser tolerantes con la corrupción. Eso sería condenar a nuestra sociedad a la anomia o desintegración moral, sin reglas ni normas que respetar.
Lo complicado resulta poner en práctica este imprescindible manual de convivencia a raíz de unos espíritus que no logran desarmar su belicosidad y que no conocen otra estrategia política que la confrontación permanente de manera de desgastar y anular al contendor por la vía rápida de la impugnación infame, la propaganda inmoral y el relato sesgado de la realidad para manipularla en propio beneficio, en un innegable atentado contra la ética y sinceridad intelectual.
No se razona, se actúa desplegando las pasiones más bajas y atávicos instintos de destrucción, la eliminación del otro mediante gigantescas campañas de repetidas mentiras y bien calculadas distorsiones de los hechos –incluso de aquellos que pueden comprobarse fácilmente– con la vileza de quienes aspiran el poder sin considerar los medios ni medir las consecuencias para los demás.
Como el camino escogido está pavimentado de torcidas intenciones, una vez en el poder se dedican a lo que mejor saben: aprovecharse de los recursos del Tesoro desviándolos hacia sus dominios particulares, engordando, de paso, a familiares y a su entorno más inmediato. Ese desmadre en la cúpula habilita directamente a los demás funcionarios, incluso a los del más bajo nivel, a proceder con el mismo comportamiento, es decir, desatar una descarada carrera de corrupción cultivada y abonada por un alto grado de impunidad.
Entre la descripción ideal que pintamos al inicio de nuestro editorial y la situación real que acabamos de enumerar se abre un territorio propicio para oportunistas, acomodados y cínicos, quienes sin la menor vergüenza pueden cambiar de discurso y de posición con mayor celeridad que sus cotidianas vestimentas. Son los mercenarios de la política que se presentan con la aureola de los redentores de la patria, cuando que son los responsables sin atenuantes de la caótica situación económica y social que hemos heredado de la anterior administración, la que tuvo en el Poder Ejecutivo a Mario Abdo Benítez, rodeado de una larga lista de delincuentes que secuestraron al Estado durante los trágicos días de la pandemia ocasionada por el covid-19 para dedicarse al despilfarro, el latrocinio y el alevoso desvío de los préstamos que fueron contraídos para mitigar el dolor de nuestro pueblo y que concluyó con el desgraciado número de 20.000 fallecidos. Muertes, seguiremos repitiendo hasta el hartazgo, que pudieron ser evitadas con honestidad, patriotismo, empatía y sensibilidad humana.
Como el manto del crimen sin castigo les sigue protegiendo, actualmente se consideran aptos para pontificar sobre honradez administrativa y gestión eficaz, cuando que fueron el mayor desastre, especialmente en materia de corrupción, de toda la transición democrática. Estamos convencidos de que el largo brazo de la Justicia alguna vez hará su trabajo correctamente. Nada es para siempre. Ni las mentiras, ni la hipocresía, ni la impunidad. Ni los fariseos que hoy pretenden vestirse de santos.

