- Por Marcelo Pedroza
- Doctor en Psicología y Magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
En su tratado “Isaac o el Alma”, Ambrosio (340 - 397), consideró al alma como una sustancia dinámica en constante movimiento ascensional. Ese progreso místico exige una purificación radical, por lo que, el alma debe aprender a desprenderse de las demandas del cuerpo, como orientar los sentidos y los deseos hacia los bienes invisibles. Así el alma recobra su belleza original, se manifiesta entre sus enseñanzas.
Aurelio Ambrosio, llamado Ambrosio de Milán y canonizado como san Ambrosio, teólogo, orador y uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia latina o de Occidente, consideraba que la inmortalidad del alma es el pilar que sostiene toda su estructura moral, porque si no sobreviviera al cuerpo, la justicia y la búsqueda de la virtud carecerían de fundamento.
Ambrosio estudió literatura, derecho y retórica. Su legado en textos es numeroso, incluso se le atribuye la composición del himno Te Deum, aunque no hay certeza al respecto. Su pensamiento también ha sido influenciado por el neoplatonismo, es notoria su conexión ejemplificativa con el Fedón platónico. Dentro de esta corriente, las fuentes citan a Plotino, como uno de los referentes que sustentó su pensamiento. Por otra parte, también recurrrió a la exégesis de Orígenes de Alejandría.
A su vez, la antropología cristiana le permitió comprender al ser humano y su tensión sagrada entre lo material y lo eterno, además de desentrañar el misterio del alma, su origen divino, su paso por el mundo y su destino trascendente.
El mito del carro alado de Platón inspiró al obispo milanés para referenciar que la mente actúa como un auriga, experimentando que debe sujetar con mano firme las riendas de los caballos desbocados, que simbolizan los impulsos irracionales; en el escrito “Sobre los deberes de los ministros”, se encuentra una de las máximas de su autoría, que dice: ”No hay nada malo excepto aquello que pervierte la mente y encadena la conciencia”. Para Ambrosio, la verdadera libertad reside en el señorío de la razón sobre los instintos.
En el contexto social de su época, el Imperio romano estaba en decadencia, dominado por la obsesión hacia las riquezas externas y los honores perecederos. En ese marco, acuñó la siguiente frase: “Tu posesión es tu mente, tu oro es tu corazón”.

